Me bastaban las tormentas

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Me bastaba con que vinieras a decirme que era el caos más bello un atardecer de estos.
Con un libro en la mano, y algo de chocolate, y condones en el bolsillo.
Hay tormentas que se calman a base de besos;
y la paz más pura la encuentro cuando te observo dormir desnudo sobre el colchón.
Doscientas veintitrés tormentas después, apareciste y me hiciste arcoiris en un abrazo.
El verbo “ser” siempre fue el epíteto más valiente de “vivir”
y las cicatrices el epitafio más sincero de “morir”.
Así que:
sé conmigo
y aráñame la espalda.
Que la sangre son las lágrimas de los valientes.
Sé viento. Y enrédame el pelo, que ya tendremos tiempo de peinarnos
y quizás nos sobren algunos minutos para aprender a volar.

Me bastaba con que vinieras a decirme que era el caos más bello dentro de mi desordenada habitación.
Los libros por el suelo, para andar, de puntillas, sobre las letras…
y hacer que cualquiera baile entre el desastre de mi vida;
esquivando ropa, discos, y zapatos.
Tienes algunas nubes en los ojos,
margaritas de primavera en el pelo,
y dientes de león en las pestañas.
Soplo, y te salen sueños.
Yo estoy lloviendo.

Me bastaba con que vinieras a decirme que era el caos más bello que había interrumpido tu vida.
El más ensordecedor de todos los truenos y el más luminoso de todos los relámpagos.
Soplas, parpadeo, y se me caen los miedos a las tormentas.

 

Ilustración: Patossa

— Paloma de la Fuente —

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