Exterior / Día

Secuencia 1
Stockholm

Ext. Azotea / Día

(Ana camina de puntillas sobre la cornisa de una azotea de Madrid. Pelo suelto, hace viento y está nublado. A lo lejos se divisa la noria del Parque de Atracciones de Madrid)

ANA

“Sobresiento”, querido Doctor. (Ríe). Y el muy cabrón se rió. Y entendí que aquel señor pertenecía a esa clase de seres que caminan despacio por no tropezar; de los que miran al suelo y no se preguntan por qué las nubes, a veces, tienen forma de corazón o, a veces, forma de brújulas. Una vez vi una nube que tenía la forma de una madre que abrazaba a su hijo recién nacido, y entonces, el mundo me pareció un sitio más amable. ¿Ves aquella noria? Qué manera burda de buscar “sobresentir”.

Se detiene un momento y mira fuera de plano. Sonríe a cámara. Se gira de manera brusca y estira los brazos mientras mira el horizonte.

ANA

Yo sólo quería una puta pastilla para lo mío. Todo el mundo tiene diagnóstico. ¿Depresión? Toma pastillas. ¿Bipolaridad? Toma pastillas. ¿No sientes nada? Toma parque de atracciones: construcciones mastodónticas en las que sentir que el corazón se te va a salir del pecho. Caídas libres, barcas que naufragan en  recorridos predefinidos.

Se deja caer y se sienta en el borde de la cornisa.

ANA

Una vez naufragué en una mirada. Y me ahogué, y sentí todo eso de que los pulmones se te llenan de agua y no puedes respirar. Y también he llegado a sentir que el corazón se puede salir del pecho en un abrazo. Que las costillas son una coraza de mierda; y hay brazos que son más hogar que una casa sin amueblar. He regalado trozos de piel, de los que caen cuando me acarician; y he dejado pestañas en camas que no eran la mía, y sólo he aprendido que  los mejores sueños se sueñan con los ojos abiertos mirando a las estrellas. Hay otros planetas, incluso otros mundos, que sólo se conocen cuando cierras los ojos. Y están llenos de sombras y monstruos. Miedos, los llaman. Yo decidí darlos la mano. Peinarlos. Hablarlos. Quizás entenderlos. Y supe lo que es sentir un temblor cuando se enfadan y gritan, lloran, patalean, arañan. Que te destrocen las entrañas.

Despacio, Ana se tumba. La cámara se acerca. Respira con dificultad y comienza a llorar. Mira al cielo y vuelve a sonreír. Mira a cámara y se limpia las lágrimas. Da la espalda a la cámara y mira el precipicio.

ANA

No me asusta el abismo. Me asustan las personas. Esos seres que caminan sin tocarse, que se esquivan y evitan mirarse. Seres de muecas torcidas, sin sonrisa. Pequeños como hormigas desde este abismo. Como en cualquier atracción siguen viviendo sin salirse de los railes impuestos. Guardan sólo una milésima de la emoción que pueden sentir para esparcir, con cuentagotas, en alguna cama de hostal. Y están graduados en huir.

Suspira. Vuelve a mirar a cámara.

ANA

Lo sé mamá, me dijiste que me hiciera amiga de mis enemigos. Y que nunca tuviera miedo a saltar.

Se levanta. Se vuelve a poner de puntillas mirando al horizonte. Abre los brazos y se deja caer. La cámara se aleja. No hay nadie en la azotea. Se detiene la cámara un rato. Después entra en escena un hombre corriendo.

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