Antígona e Ismena (Segunda parte)

Durante la espera al autobús María y Álvaro estuvieron hablando de la fugacidad de la existencia y todo ese misterio que rodeaba a la muerte. Álvaro estaba en plena adolescencia y aprobechaba su vida, y sobre todo sus fines de semana, al máximo. Salía con sus amigos cada tarde, hacía teatro, y acudía a clases de diseño gráfico, su gran pasión. No dejaba ir ni un solo minuto de su vida. A menudo leía en las redes sociales frases sobre la vida. Un explotado carpe diem había cogido las riendas de su vida. No mira atrás, solo exprime hasta la última gota de la vida, sin pensar.

Su madre le daba toda libertad. Era un niño muy aplicado, casi de los primeros de la clase. Pero se había fijado un objetivo: hacer ver a su hijo que en la vida, a veces hay que pararse y pensar. Debía sopesar las decisiones que se toman, porque van a marcar el resto de su vida. Álvaro, como buen adolescente no atendía a razones, y seguía disfrutando cada minuto de su vida como si fuera el último. Además, la reciente perdida de su abuela le había demostrado que cada momento puede ser el último.

Y así llebaban años. La lucha entre la responsabilidad y el instinto se había apoderado de su relación. Álvaro defendia el aquí y el ahora, mientras que su madre le proponía levantar la vista, y pensar en un futuro. Este debate ha acompañado a toda la humanidad durante su historia, y lo seguirá haciendo siempre.

— Benito J. Guerrero —

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