Con todo el equipo

Hoy he cambiado la contraseña de una de mis cuentas en una red social. Como es algo que hago con bastante asiduidad, no me había parado a pensar en la mierda que a veces ese tipo de nimiedades arrastra. Qué te voy a contar. Que si la rutina se puede romper en sólo dos segundos para siempre, que si los jóvenes vamos a lo loco, que si las flores, que si la gente de siempre, que si el mundo por descubrir. Y al final el mundo por descubrir era sentarte frente a un ordenador todos los días y conseguir que, con suerte, te paguen por el tiempo que inviertes ahí. Y lo cierto es que si esto es hacerse mayor, a mí que me devuelvan el dinero.

A propósito de lo de hacernos mayores, hoy he cambiado esa contraseña. Si hace sólo diez años me hubiesen dicho que necesitaría contraseña para cualquier cosa, casi para poder hablar con mis padres, hubiese sentido vértigo. Y, sin embargo, puede que ahora ponga contraseñas diferentes unas quince veces al día. Es curioso, Peter Pan, porque tú jamás las necesitas.

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Eres el primer miedo que recuerdo haber sentido si lo de estar dos meses y medio sin ver a mi madre, incluido el día de mi sexto cumpleaños, no cuenta. Si eso cuenta, fuiste el segundo. No sé si es de valientes o de cobardes sentir miedos tarde, supongo que es más de cobardes. También será de cobardes haber olvidado cómo se rompe a llorar. Es tanto tiempo, Peter Pan, que tendrías que volver del todo para hacer que lo consiguiese. Si más de siete años no es un abismo lo suficientemente poderoso como para impedir que yo esté aquí ahora mismo, -a la una de la madrugada escribiéndote en público-, puedo creerme que vas a volver algún día para volver a reírte del mundo conmigo. O hacerme llorar de nuevo, lo que tú prefieras. Pero de cualquier forma, fuiste y eres aún el miedo atroz a perder algo que creías que ibas a tener para siempre.

No lo sabes, y ni siquiera podrías adivinarlo aunque leyeses estas líneas, pero no sabes cuánto he odiado la velocidad y la gravedad en estos siete años y medio. No puedes hacerte una idea. De hecho, a veces he querido vengarme de la velocidad pisando muy fuerte el acelerador y sujetando con fuerza el volante, pero nunca había piedras de por medio. Sí, Peter Pan. Quería que esas dos fuerzas me explicasen en un segundo lo que es vivir en el país de Nunca Jamás. Yo sería Wendy, sí, pero con eso podría visitarte y de ahí en adelante no sabría qué desear cada vez que soplaba las velas en mis cumpleaños. Estaría en paz con el mundo, conmigo misma y contigo. Pero debe de ser que a Nunca Jamás no se entra en coche ni se entra con dieciocho años. Yo que sé.

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El caso es que nunca he vuelto a mirar igual una moto. Y he aprendido a darle a las piedras el valor que tienen. Porque a ti y a mi lo que nos separa es una piedra, que no nos engañen. Que vale, que la velocidad también, pero que fue esa puñetera piedra la que ha posibilitado toda esta mierda. Ya ves, con la de piedras que tirabas al río para matar a todo ser vivo que se moviese en las orillas. Lástima que esa piedra no hubiese terminado dándome en un tobillo. Y todos felices. Hubiésemos vuelto alrededor de la barbacoa a comer chocolate, o dentro de la tienda de campaña a preguntarnos si la linterna que teníamos mataría a los mosquitos de fuera.

Desde que no me ves he hecho muchas tonterías y creo que algún que otro acierto he ido teniendo. Sigo siendo igual de mala en mates, eso sí, ojalá vieses mi sufrimiento cuando tengo que hacer cuentas de memoria. Pero he aprendido a batallar como nadie, aunque a veces las fuerzas me flaquean. Me has hecho falta en todo este tiempo. Pensaba que ibas a volver para hacer Bachillerato con nosotros, y que íbamos a seguir chocándonos las palmas de las manos, y que harías selectividad y elegirías un módulo o una carrera que te permitiese vivir sin preocuparte ni por notas, ni por asistencia a clase, ni por otra cosa que no fuese vivir felizmente. Pero terminamos todos haciendo esas cosas y echándote de menos en silencio. Luego me matriculé en la carrera y, bueno, eché mucho de menos poder llamarte el primer año cuando sólo veía nubarrones. Pero luego las cosas fueron mejorando,  me saqué el carnet de conducir, fui a muchos conciertos y encontré a gente genial como tú. De alguna manera tendría que mantener vivo tu recuerdo, y qué mejor que en otras personas diferentes pero igual de geniales.

Seguí enamorándome de profesores, no te preocupes. Hay cosas que nunca cambian. Te hubieses reído a carcajadas si los vieses. Me gustaría no haber tenido que usar ese condicional, hay cosas que sí cambian. Y luego no sé, hice millones de estupideces en la universidad. Me hubiese gustado que me vieses enamorada hasta la médula de un tipo que, para empezar, veía una vez cada dos meses. También me siguen arrastrando las causas perdidas, ya ves. Pero era genial, Peter Pan, y ojalá hubiese podido darte todos los detalles. Y sí, como vaticinó en su momento mi profesor de la autoescuela, –algún día llegará alguien, y toda esa esa armadura de tía dura se irá a la mierda. Llegará alguien cuando menos te lo esperes, desmontará todos tus esquemas y te caerás con todo el equipo. Y cuando estés jodida y atrapada, lo tendrás claro, te habrás enamorado como una idiota-, me desplomé entera. Y lo llevé muy dignamente, pero en cualquier caso, si me hubieses visto, te hubieses reído de mi muchísimo. Y en el mejor de los casos me entenderías y quedaríamos para tomarnos algo y reírnos de nosotros.

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Y hasta aquí, Peter Pan. Se me escapan muchas cosas de estos siete años, y de los quince anteriores ni te cuento. Una siempre quiere suponer que va a vivir eternamente con las personas que han estado siempre ahí, como tú. Desde mi primer cumpleaños hasta el cumpleaños número quince, y presente en los deseos que he ido pidiendo, en vano, desde entonces. Pienso todos los días en ti. En cómo hubiese sido tu primera novia, en qué hubieses estudiado, en cuál hubiese sido tu primer coche, en lo mucho que nos hubiésemos reído contando batallas tus primos, tú y yo. Me he ido encargando de que ellos estén más o menos bien siempre, ya sabes, mantenerlos entretenidos hasta que volvieses. A veces creo que es lo único que puedo hacer por ti. Eso y recolectar tapones de plástico. Bueno, y publicar esto, para cuando vuelvas puedas leerlo y retirarme la palabra.

Así es que, a pesar de todos estos años extraños, sigo esperando que vuelvas de Nunca Jamás a este mundo de contraseñas. Fliparías con lo idiotas que nos hemos vuelto. Y yo te juro que sonreiría si me dieses una bofetada a mano abierta por ponerle contraseñas a todo y mirar más pantallas de las que debiera. Ante todo esto, dirías algo así como “Las pantallas si no son para ver porno, no se miran“. Menos mal que tu primo no ha perdido ni un poco de esencia y que me mantiene cerca de ti con todas esas cosas. Que siete años en Nunca Jamás son muchos, Miguel, que vuelvas, joder.

Si a estas alturas prefiero decir Nunca Jamás es porque prefiero eso a ponerme delante de ti y que no me veas, a hablarte y que no me escuches. De ahí esta estupidez que ojalá puedas leer algún día. Y si las lees, cuando termines, lo único que quiero que sepas es que de todas estas líneas, a fin de cuentas, sobran todas las que no estén diciendo que hoy he cambiado la contraseña de una de mis cuentas en una red social.

Estefanía Ramos

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