Que la noche es sólo para los que sueñan.

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De todas las guerras que nunca gané -nunca perdidas- siempre he vuelto -y muchas veces- al campo de batalla del invierno. A las noches con los pies frios. A la lluvia y las tiriteras. Al besar con el alma corazones caducos de antemano a la noche en que los conocí. A beberme todas las gotas de los botellines de un solo bar. A escuchar: “Qué bala perdida, qué oveja descarriada, qué maneras de bailar. Qué maneras de todo lo demás”.

Y al final, después de tanto frío, de tanto bañarme en las hojas marrones abandonadas por el otoño, de tanto llorar, sonreír, y llorar, y sonreír, y llorar; aprendí que amar y querer solo son verbos antónimos que nos empeñamos en encajar. Ahora solo ven, que desde tu hombro el mundo parece más bonito -las luces de los coches bailan, la gente danza con sus pies y los charcos, nunca de lágrimas se secan a su paso- y por las noches rezo, a quien me quiera escuchar, que quiero quedarme a vivir en tu clavícula. Y que necesito susurrarte verbos y desaprender en tus sabanas que el amor es algo que nos inventamos y que los caballeros de armadura inoxidable los dibujan las hadas -y quien aún cree en ellas- pero es que tus brazos son escudos y creo que eres mi ultima arma para vencer a este último invierno. Abrázame ahora, y no te asustes: que ya venia rota de fabrica.

Y lloro por no temblar. O tiemblo por no llorar.

Y ahora sé, sé muy bien, que la noche es sólo para los que sueñan.

Ilustración: Sara Herranz

Paloma de la Fuente

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