Las navidades de un español en Connecticut

En Estados Unidos las vacaciones de Navidad empezaron el 20 de diciembre. Los estudiantes universitarios no se incorporarán a las clases hasta el próximo día 20 de enero a diferencia de los colegios de la zona donde las clases darán comienzo hoy. El retraso de un día ha sido debido al paso de la tormenta Hércules que nos ha dejado más de dos palmos de nieve. Nunca había pasado las navidades fuera de casa, lejos de mis seres queridos, y he de reconocer que han sido un tanto extrañas, aunque hemos sobrevivido.

El primer choque cultural transoceánico para el españolito de a pie viene derivado de la pátina religiosa que tiene para él el concepto de navidad y que obviamente tiene asumida porque está integrada en el acervo cultural. En España partir de mediados de diciembre y a medida que se acercan las fechas señaladas estás acostumbrado a despedirte en los lugares con dos marcadas expresiones: ¡Feliz Navidad! o ¡Felices fiestas! Aquí hay que tener cuidado con ese tipo de expresiones porque puedes herir susceptibilidades de los no-cristianos (hay quien se mosquea por cualquier cosa). El motivo es la marcada variedad de religiones que se profesan en Norteamérica, y que ha sido motivo de exploración en anteriores entregas que podéis leer aquí. Si no queréis crear un conflicto lo políticamente correcto es decir: Happy hollidays! Que podríamos traducir como: ¡Felices vacaciones! De esta manera evitaréis herir sensibilidades religiosas.

La segunda viene de la mano de la primera marcada festividad, el día de Nochebuena. Nosotros, ingenuos, pensábamos que la íbamos a pasar solos en pareja y no hubiera pasado nada. Dos amigas norteamericanas nos dijeron que no se iban a ir con sus respectivas familias, así que decidimos invitarlas a cenar esa noche tan especial. Nos pusimos manos a la obra y diseñamos un gran menú para la cena de Nochebuena. De entrantes pensamos una ensalada de cangrejo y aguacate con salsa cocktail, acompañada de endivias al roquefort y anchoas y una sepia a la plancha con Ali-Oli. Como plato principal decidimos hacer un solomillo al horno con salsa de champiñones. Todo regado con Ribera del Duero y de postre un pequeño surtido de dulces navideños made in Spain, a saber hojaldrinas y turrones. Hasta aquí todo bien y nuestras amigas más que entusiasmadas.

Como una semana antes, estas amigas quedan con un amigo chino común y este me manda un mensaje de móvil diciendo: “¡Hola Alfredo! me han dicho que estás preparando una cena y voy a estar solo, ¿puedo ir?” Obviamente la respuesta fue automática y le dijimos que sí, porque donde comen cuatro comen cinco, (haciendo honor a la tradición navideña de que en Nochebuena siempre sobra comida). Vamos a hacer la compra y encargamos todo. Ese mismo día, otra pareja de amigos me llama y me dicen: “¿Podemos unirnos a vuestra cena? Sabemos que vuestra casa es pequeña, así que si queréis podéis hacer la cena en nuestra cocina y nosotros ponemos la casa”. Nada más colgar se lo conté a mi marido. Tras pensarlo muy bien decidimos aceptar la propuesta y evidentemente nos tocó comprar más viandas, manteniendo el menú con la responsabilidad que conlleva.

Decidimos cocinar en casa todo lo que pudiéramos para adelantar trabajo y terminar de hacerlos en casa de la pareja anfitriona. Con puntualidad británica llegamos a casa de nuestros amigos. Nos recibió nuestro amigo inglés. Al entrar en el comedor cuál fue nuestra sorpresa al ver a su vecina norteamericana con sus dos hijos adolescentes. En efecto, habían sido invitados por los anfitriones y nadie nos lo había comunicado. En ese momento, decidí relajarme y tomármelo con calma, la noche era larga. Tras saludar educadamente nos fuimos a la cocina y allí nos encontramos con nuestro amigo jamaicano que estaba cocinando y nosotros con todo a medio hacer. Mi señor esposo posee mucha mano izquierda y posee reflejos de acero, pero aquella situación le empezó a superar. Menos mal que nuestro común amigo decidió dejar de hacer lo que estaba trajinando, tomamos la cocina como fortín y nos pusimos a emplatar.  A todo esto nuestro anglosajón amigo despareció de escena. Cuando estábamos poniendo todo sobre la mesa llaman a la puerta. Era una pareja de jóvenes iraníes que obviamente venían a la cena aunque los cocineros no sabíamos nada de ellos. Ella con su pañuelo en la cabeza y él todo formalito. Me giro y veo la cara de pasmo supremo que tenía mi compañero de aventuras. Volvimos a la cocina. Justo cuando estaba a medias entra en escena el británico acompañado de una linda abuelita. ¿Estábamos ya todos? Pues no, porque cuando acabé de hacer la sepia apareció otro amigo norteamericano de los dueños de la casa. Aquello ya se había convertido en lo más parecido al camarote de los hermanos Marx. Lo que iba a ser una cena íntima para seis acabó siendo un banquete para trece sin mediar aviso previo a los cocineros. Lo que más gusto fue la ensalada de aguacate, que menos mal que hicimos para un regimiento. La sepia a la plancha les costó algo más, y las endivias fue lo que menos gustó. Todos se entregaron a las patatas fritas. La carne con la salsa de champiñones les encantó.

La realidad una vez más supera la ficción, y de ser una entrañable cena aquello se convirtió en “El guateque” pero en versión potluck. Acordaros que en el mítico film de Blake Edwards no paraba de llegar gente y todos estaban sentados en una inmensa mesa. Para los que no sepan que significa ese término lo resumiré brevemente. Es un tipo de comida o cena informal con vasos y platos de plástico, donde la gente se suelen sentar desperdigados por la casa y donde cada persona que es invitada lleva algo de comida o bebida. Obviamente lo que sobra al final te lo llevas de nuevo a casa. La mayoría de los comensales trajo bebida, y sólo la madre trajo una inmensa lasaña, si es que aquello se le podía llamar así, porque más bien era un auténtico atentado contra la cocina italiana.

Imaginad, los entrantes los tomamos todos de pie. Bueno no, eso es faltar a la verdad. La madre y sus dos hijos acompañados de la abuelita Paz versión yanqui sí comieron sentados. Tras servir la carne nos acabamos un grupito sentados en el salón de estar comiéndonos el solomillo sentados en un sofá con un plato entre las piernas. Personalmente al igual que el camarero de la comedia norteamericana me entregué tras la cena a los potentes Manhattans que hacía una de nuestras amigas, así que empecé a echar de menos que el iraní trajera un elefante con dibujos psicodélicos.

Cuando nos quisimos dar cuenta la abuelita Paz había desaparecido de escena sin darnos cuenta. Creo que se cogió el teletransportador de Scottie. La mamá, que por cierto trabaja en el BBVA aquí, y sus dos retoños, a eso de las diez y veinte de la noche nos dijeron aquello de “tenemos que ir a acostarnos porque ha sido un día largo y es muy tarde”. Nosotros seguimos entregados a los dulces navideños y a la bebida hardcore. Un poco más tarde (a una hora golfísima para Nochebuena como pueden ser las once de la noche) la pareja de iraníes se despidieron. La cosa no tardó mucho en decaer, y pese a que todo el mundo estaba ya empezándoselo a pasar realmente bien (roto el hielo y haciendo efecto el alcohol), me encontré por primera vez en mi vida acostándome en Nochebuena antes de la medianoche.

El día de Navidad, con la consabida resaca, la pasamos con unos amigos norteamericanos que nos invitaron a cenar en su casa. Éstos, que son muy viajados y que agradecen especialmente probar cosas nuevas, nos habían pedido que lleváramos un plato español típico y que fuera vegetariano, así que les llevamos pisto manchego. Esta cena fue más formal: todos sentados cómodamente en una mesa de verdad. El menú consistía en una pierna de jamón cocido asada con sus judías verdes, nuestro pisto manchego y una salsa de arándanos de morirse, todo regado con un vinito blanco muy rico de California. El ambiente era totalmente opuesto a lo vivido la noche anterior, era entrañable y sumamente familiar a la luz de las velas. Con ellos también compartimos nuestro tesoro español, me refiero a nuestros turrones, que por cierto les encantaron. Tras la cena estuvimos todos sentados en el gran salón de estar charlando sobre diversos temas hasta once la noche. Momento en que se creó ese lapsus de tensión que te hacen sentir harto incómodo en el que sabes que es momento de dejar a la familia y largarte a casa. Siempre acabas yéndote de las fiestas con la rara sensación de que ya estás molestando, aunque un segundo antes te estuviesen dando coba con algún tema de conversación.

El día de Nochevieja nos invitó a cenar el jefe de mi esposo, que es belga. Son muy famosas las fiestas que organiza esta familia. Esta cena sí que tenía un marcado carácter de potluck, y nosotros en este caso llevamos bebida. La hora de llegada era las 19 horas. Nosotros llegamos quince minutos tarde, y aún así fuimos los primeros en llegar. Eso nos permitió poder elegir los artículos de fiesta que nos pusimos. Me encantaron unas gafas tipo Rayban con bigote a lo Hercule Poirot. Habilitaron un saloncito como pista de baile con su bola disco y luces estroboscópicas, altavoces con buenos buffers y las paredes decoradas como si estuviéramos en Nueva York. Los invitados fueron llegando en cuenta gotas. Sobre las ocho de la tarde, ya estaba toda la comida sobre la gran mesa y cada uno de los que estábamos en aquel momento comenzamos a picotear. De esta forma el baile y la comida se iban mezclando en una solución de continuidad. El momento más antológico de esa parte de la noche fue cuando todos cantamos a la par que Freddy Mercury el mítico tema “Bohemian Rapsody”, mientras hacíamos una suerte de performance colectiva tan difícil de olvidar como de explicar en estos instantes. Fue la bomba.

Sobre las 23.40 la gente se empezó a poner nerviosa. La gente dejó de comer y bailar. Todo el mundo se puso sus gorritos, matasuegras. Algunos optaron por coger bengalas y otros teníamos cañones de confeti. En el ordenador pusieron la retransmisión en streaming de lo que se vivía en la mítica plaza de Times Square de Nueva York. De esta manera vivimos los últimos segundos del año contando de diez para atrás, y comenzamos el año lanzando confeti al resto de invitados y besando a tu pareja como si estuviéramos en la película “New Year’s Eve” (Garry Marshall, 2011). Tras esos momentos tan intensos, de repente a gran parte de los invitados les entró la prisa y comenzaron a desfilar como alma que lleva el diablo. El resto nos quedamos bailando todos los clásicos habidos y por haber de los 70’s, 80’s y 90’s: Bonnie M, Depeche Mode, etc. De esta manera asistimos a la primera fiesta en la que pudimos bailar. Los invitados poco a poco se fueron, de esta manera tan tonta nos convertimos los primeros en llegar e irnos. No penséis que nos fuimos a las 6 de la mañana, eran tan sólo las dos. Récord también en esta ocasión: quizá la Nochevieja menos golfa de mi vida.

Roscon De Reyes hecho en EEUU

Así es como acabaron las fiestas navideñas norteamericanas, pero no las españolas. Porque a nosotros nos quedaba la gran fiesta, la de los “Reyes Magos” o de los “Wise Men” como se les conoce por aquí, aunque nadie se acuerde de ellos ni les deje vasos de leche. Obviamente para los norteamericanos es un día laboral más, porque ellos son más de Santa Claus. No hay día de Reyes sin el consabido Roscón, por ese motivo con la receta que nos envió una amiga hicimos el tradicional bollo. De esta manera nuestra pequeña morada se llenó de ese olor familiar que nos inundó el alma y nos transportó a lo mejor de estas fiestas navideñas: los reyes no pasaron de largo y pudimos desayunar roscón, como mandan los cánones.

Alfredo Manteca

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