Las cartas ya no necesitan sobres ni sellos (IV)

Carta de despedida al 2013:

El mejor libro de este año descansa sobre mi mesilla aún si abrir.
La mejor canción tiene unos acordes que aún no se han inventado,
y la mejor película es aquella que no llegó a la gran pantalla
-Ese guión absurdo que alguien se inventó y nadie rodó-.

Me despedía del 2012 con una canción de Maga que casi era un redención. Estamos acostumbrados a esperar al mes de diciembre para girar el cuello y ver qué hemos hecho mal y qué queremos mejorar; y Luís Ramiro ya lo deja claro: “¿cuántos cuellos se han roto al mirar atrás, cuánta ropa tendida cayó al mar?…” No soy de listas de “lo mejor del año” y hace tiempo que dejé de hacer propósitos de año nuevo. Soy más de propósitos de día nuevo. De curarme las heridas cuando me caigo, avanzar aunque el camino esté lleno de barro y vivir mi vida sin tener que dar explicaciones a aquellos que vienen a empujarme.

Esta vez no quiero redención. No quiero que me perdonéis.

Escribo esta carta para recordar todo lo que se va –Atlántico a la deriva– sin tristeza ni pena. Tampoco noto atisbo en esta habitación de alegría, tan sólo de paz. Creo que en este año me he encontrado como soy. He aceptado mis victorias y mis derrotas y empiezo a reinventarme en lo que siempre quise ser. Son 22 años de vida, y no sé si sería capaz de resumirlos aquí en 22 canciones o en 22 historias. Somos palabras, pero también miedos y sueños de los que explican mejor mirando a los ojos. Y no me quiero desnudar en una carta para que me veáis por dentro, -aunque lo hago cada vez que comparto una poesía más-. Menos podría hacerlo en 12 relatos, y si os hablo de los 36(2) días que terminaron en 13, me podría eternizar.

En verdad, es absurdo que relativicemos el tiempo en años cuando tengo la sensación de haber vivido unas pocas semanas y haber estado sentada esperando -no sé bien el qué- las demás.

“Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos” así comencé el 2013, y así lo puedo terminar. Supongo que poca gente lo entenderá, pero si algo he aprendido este año es a “let it kill ‘me’“. O eso decía Bukowski, y no es que sea el mejor ejemplo a seguir. Pero es cierto que escribir es más sano que llorar, y escribir, y escribir, y escribir…hasta que las palabras sean capaces de cerrar las heridas. Llorar en verso y en prosa, guardar los momentos que me han hecho sentir viva en papel, sólo para poder gritar yo estuve ahí. Respiré Galicia, respiré Murcia, respiré Salamanca y le hago el amor a las esquinas de Madrid cada día. He dejado de ser de ningún lugar para ser parte de todos.

Y entended que no soy de nadie, y parte de todo aquel que ha compartido una sonrisa, un abrazo, un beso, una noche, una madrugada, un viaje, un concierto, una cerveza, una carcajada, una poesía, un trozo de tarta, un café, un autobús, una habitación de hotel, una cama, una conversación de las que hacen historia… Que no soy del 2013 pero tengo algo de todas sus noches, de todas sus cervezas, de sus viajes, de las personas que me ha dado y me dicen “vale la pena estar en el momento y en el lugar adecuado”, de todas sus causalidades.

Carta de bienvenida al 2014:

“And you say
“Oh, when love is gone
Where does it go?”
And where do we go?”

Ni propósitos de año nuevo, ni ropa interior roja, ni discoteca en la que ahogar las penas entre entes. Voy a entrar al 2014 tarareando “Can we work it out? If we scream and shout ’till we work it out“, con los labios pintados, guiñándole un ojo, diciéndole “Voy a follarte con ganas”. Como el 2013 nunca me dejó. Por esperar.

— Paloma de la Fuente —

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