Eran tres, magos y de oriente

Eran tres, magos y de oriente

Puede que no os guste la Navidad, que odiéis todos los cánticos, la decoración, el mensaje del rey, los atascos… Pero estoy convencida de que no hay nadie que no ame a los reyes magos. ¡Son lo mejor de todito el año!

Todo empieza como las buenas historias de amor, con una carta. La carta de los reyes magos no es sólo una lista de juguetes que queremos coleccionar en casa cual pelusas tras el mueble del salñon, sino que es un cofre de ilusión, de misterio y de ese pequeño ‘yo’ que llevamos dentro que jura y perjura que este año nos hemos portado superhipermegaextraultrabien. Cada familia tiene su tradición, hay niños que tras escribirla se la dan a sus padres, otros la envían por correo, otros la esconden porque ‘los reyes lo ven todo’ y otros se las entregan en mano a la delegación pertinente. También hay niños que tienen muy claro qué es lo que quieren y otros (benditos indecisos) que pasan días y días repasando cada catálogo para calcularlo todo al detalle; niños que simplemente piden sus juguetes y niños que adornan la carta con deseos de paz mundial para enternecer a los tres ancianos; niños que escriben la carta de cualquier manera y niños que la reescriben mil veces hasta que queda preciosa… Y lo mejor es que todo vale.

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Y después de la carta hay que ver a los reyes. Bueno, a ellos en persona no, porque están muy ocupados con todo el rollo de los regalos, pero sí a su delegación, a sus pajes o a cualquier historia que quieran inventarse los padres. Quien no tenga una foto sobre el regazo de un señor con barba de plastiquete y capa de terciopelo ha tenido una infancia de mierda. Realmente esto es un deseo de los padres, que en su momento álgido de locura navideña deciden que a sus niños les apasionará esa traumática (aunque necesaria) experiencia.

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Pero además de toda la ilusión que rodea la visita de los reyes magos, hay algo maravilloso en todo este tinglado: las excusas de los padres. Si entrevistásemos a 30 niños de entre 3 y 9 años podríamos hacer un libro entero con las diferentes mentiras que sus padres les han contado respecto de los reyes magos y la ausencia (o no) de Papá Noel, que en mi casa sólo dejaba un detallito porque después de recorrer medio mundo ya no le daba tiempo a más, y sabía que luego vendrían los reyes a dejar montones de cosas… Y lo mejor es que los niños lo creen todo… la magia real.

Y a pesar de todo esto, de ese festival de ilusión, tradiciones incongruentes y magia, lo mejor de la visita de los reyes es la apertura de los regalos. Si alguien encuentra algún ser en la tierra más feliz que un niño abriendo sus regalos de reyes, que por favor lo entierre muy muy profundo porque tanta felicidad podría crear un agujero negro o una hecatombe mundial. A los mayores también nos hace mucha ilusión abrir regalos, sobre todo si no son unos calcetines, pero la cara de un niño al ver que sí, que aunque parecía imposible los reyes le han traído el barco de Playmobil (igual estoy algo desfasada en el campo de los juguetes, cuidado), no tiene precio.

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Así que ya sabéis, preparad la carta, la tarjeta de crédito y los tres vasos de leche, porque… ¡los reyes están de camino!

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