Los juegos de otoño: La carta (II)

carta

Continuación de Los juegos de otoño: La carta (I)

Miguel llamó a la puerta mientras esperaba a su aliento que iba aún dos calles más abajo. Apoyó la mano en el cerco y bajó la cabeza, aspirando con dificultad, contemplando el sucio felpudo que daba la bienvenida. Algo se oyó en el interior y Miguel clavó la mirada en la madera, esperando. El aliento llegó al mismo tiempo que una mujer canosa aparecía en el umbral. Miguel frunció el ceño y levantó la vista para mirar el número de la puerta. No, no se había confundido: aquel era el 22 de la calle Fernán Gómez. Devolvió la mirada a la señora quien arqueaba unas pobladas cejas tras unas gafas de cristal grueso.

– ¿Puedo ayudarle en algo? – preguntó con una voz ronca.

Miguel, dudando, titubeo. Se llevó la mano al pecho a modo de disculpa y volvió por donde había venido. Salía ya del descuidado jardín cuando la mujer habló:

– Cariño, ¿eres tú?

Miguel se detuvo en seco. Se giró para mirar a la mujer y se sorprendió al encontrarla a dos pasos de distancia, expectante, frotándose las manos. No debía medir más de metro sesenta pero, arrebuñada en aquella rebeca, era aún más pequeña.

– ¿Antonio?

– No, no soy Antonio… – dudando  -Ni tampoco Raúl.

– ¿Raúl? ¿Quién es Raúl?

La señora contempló a Miguel con extrañeza. Tras un silencio incómodo, Miguel miró el sobre que llevaba en la mano y se lo tendió a la señora. Ella, se llevó la mano a la boca y miró de nuevo al hombre que tenía delante. La señora rompió en lágrimas y Miguel no tuvo más remedio que abrazarla.

Gimoteando, la señora le dijo algo al oído:

– ¿Por qué no me dijiste nada cuando volviste?

Miguel retiró a la anciana y la miró a los ojos. Sin embargo, su mirada de desconcierto se enfrentaba a unos ojos bañados en recuerdos.

– ¿Acaso no te llegaron mis cartas? Mi marido murió.

– No, en tus cartas tu marido estaba vivo. ¡Estaba vivo!

– Pero, ¿qué dices Antonio?

– Señora, yo no…

– Pero, ¿por qué no me besas?

Miguel fue a replicar pero la señora le calló con un beso y el silencio se hizo en toda la calle. Cuando sus labios se despegaron, él ya no recordaba si se llamaba Miguel, Antonio o Paco pero tampoco recordaba la última vez que lo habían besado. La señora se dio media vuelta, sonriente y se encaminó hacia su casa.

– Tengo galletitas de las que te gustaban recién hechas que espero que no se hayan quemado en el horno porque justo cuando…

La voz de la mujer se fundió con sus pensamientos. Aquello no estaba bien. Nada bien. Pero…

– ¿Vienes? – pregunto la señora desde el umbral.

… Acaso tenía algo que perder.

Podéis leer los desenlaces propuestos por los lectores aquí, en los comentarios.

—Jonathan Espino—

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