En América

Mientras se publica este artículo una amiga francesa estará de viaje regresando a casa. Ha pasado con nosotros tres meses en los Estados Unidos. Ahora estará recorriendo unas cuantas millas para volver a su rutina en el jardín botánico de París. Una vez se incorpore comenzaremos a desvanecernos en sus recuerdos. Posiblemente al tercer día, cuando se despierte en su cama pensará que su experiencia en Storrs fue todo un gran sueño.

En americaCuando uno emigra siente que pierde muchas cosas. Dejas tras de sí un mundo que, obviamente, sigue en movimiento. Ya han pasado casi nueve meses desde que aterricé de manera definitiva, y un año desde el primer salto. En un principio no dejas de sentir un enorme vértigo y no puedes dejar de plantearte a dónde voy. Durante los primeros veinte días es inevitable sentirte como si estuvieras de vacaciones. Haces fotos a todo lo que te sorprende. Las envías, la gente te responde. Todos los canales son un puro hervidero.  Pero lo que subyace en todo ello es que estás negando la realidad, ya no estás allí.

Poco a poco comienza a difuminarse esa sensación y comienza una lucha por volver a encontrar tu lugar en el mapa. Día a día, sin el menor motivo algunas de tus personas cercanas comienzan a distanciarse. Con esto no quiero decir que dejen de apreciarte o quererte, simplemente es que comienzas a convertirte para ellos en un recuerdo, al igual que le pasará a nuestra amiga francesa cuando lleve una semana en París. Para todos ellos, la palabra “Connecticut” se convertirá en una especie de palabra mágica, de resorte, que al ser escuchada les evocará nuestra presencia instantáneamente. Es en esos momentos cuando tu Whatsapp o Twitter se reactiva transitoriamente. Y ese día te vas a la cama con la reconfortante sensación de que para esas personas sigues siendo algo importante, al igual que lo son ellos para ti.

Con el paso de los meses acabas descubriendo que el concepto de distancia es algo relativo. Uno acaba sintiendo en el extranjero que la distancia psicológica comienza a ser más grande que la física. Por alguna extraña razón todos siguen estando muy presentes y vivos en tu vida diaria, en cada cosa que haces o ves. Eso te lleva a luchar cada día por mantener esa llama viva.

Las nuevas tecnologías ayudan a que estés en cierta medida más presente en la vida de los que quieren tenerte presentes. Ahí surge un nuevo hándicap en la relación a distancia: la diferencia horaria. Las rutinas se desarrollan a ritmo distinto y eso no facilita la comunicación. Cuando unos comen otros cenan. Mientras unos trabajan los otros pueden estar en su tiempo de ocio. Plataformas como Facebook y Twitter se convierten en tus principales aliadas. Nosotros mientras desayunamos es lo primero que miramos. De esta manera descubres qué le sigue interesando a los tuyos, ves que España sigue viva y donde la dejaste, puedes leer qué le cabrea, indigna o gusta tus amigos. Sin duda alguna, la palma se la lleva Skype porque ha revolucionado el mundo de las relaciones a distancia. No es lo mismo leer un correo electrónico o un tweet que mantener una videoconferencia con imagen y sonido, y esta forma de comunicación entra rápidamente a formar parte de tu rutina. La familia se reúne en torno a una webcam los domingos, así podemos hablar largo y tendido tranquilamente.  Todo ello te lleva a pensar en lo duro que era emigran tan sólo hace 15 años, cuando hablar un minuto por teléfono te costaba parte del hígado.

Día a día, semana a semana, mes a mes, vas viendo el conjunto real de personas con las que te relacionas por distintos canales: Facebook, Twitter, Whats App, Gmail o Skype, se va reduciendo ostensiblemente. Es en este punto donde encuentras que hay dos tipos de relaciones. La primera, que podríamos definirla como las atemporales, estas son las que por mucho que pase cuando vuelves a entrar en contacto es como si no hubiera transcurrido tiempo alguno. Y en segundo lugar tenemos las decepcionantes, aquellas en las que te sorprendes al ver que te han olvidado como el que no quiere la cosa. Así entramos en una nueva fase, en la que te enfadas y luchas. Les haces ver a esas personas lo mal que te sientes. Pero llega un momento en que tiras la toalla, la indiferencia llama a tu puerta y decides seguir a delante.

Curiosamente,  llegado este punto se agradece el cálido manto de la rutina. Te cubre con él y no te lo quitas para nada. Lo precisas porque en el fondo subyace una pátina de tristeza importante. Necesita quitarte esa fría sensación de tristeza. Como dice el refrán: andando se quita el frío. Uno buscará estar en constante movimiento, por eso te encuentras con otros emigrantes con los que compartir tus inquietudes. El tema preferente de conversación son las barreras culturales. Haces caso a los que te rodean y procuras mantener la cabeza ocupada en mil cosas. Pero, en el fondo no dejas de sentir que estás triste y desconoce a priori el motivo, porque te considera afortunado, lo tienes todo en la vida, lo que considero que es vital e importante, y no deja de ser verdad.

Y finalmente llega un día en el que te levantas, vas a los sitios y notas que no eres un extraño allí, sino que eres uno más. Tu mundo circundante pierda la pátina de extraño para convertirse en cotidiano. Comienzas a saludar gente por la calle porque les conoces. Te encuentras a personas en los sitios. Así acabas convirtiéndote en uno más de la comunidad. Vas a la biblioteca y sacas un libro cual Lisa Simpson.  Y puede que suene a enorme tontería, pero te das cuenta de lo importante que fue en todo el proceso Facebook, porque te ayudó a integrarte en el nuevo entorno. Te ha puesto en contacto con las nuevas personas que te rodean. De este modo, los viejos lazos se entretejen con los nuevos conformando un mosaico internacional, multicultural y un tanto curioso. Tus relaciones acaban por redefinirse. La vida acaba sorprendiéndote y surgen nuevos lazos, unos se hacen más fuertes, otros se mantienen constantes y finalmente otros terminan por desaparecer. Comienzan a hastiarte las conversaciones centradas en el marco de la diferencia cultural. Así, acabas haciéndote consciente que acabas de aceptar tu nueva realidad con lo que podemos dar por concluido este proceso de duelo por la “perdida” de todo ese mundo que quedó atrás. Y notas que se abre ante ti un mundo nuevo que ansias compartir con tu pareja, y sientes que eres plenamente feliz.

La Sinfonía del Nuevo Mundo-Dvorak

Alfredo Manteca

Anuncios