Los juegos de otoño: La carta (I)

carta

¡Ay, que se me escapa el otoño y no he propuesto ni un solo juego! Ya me vale… Pero bueno, ya que hoy estáis de fiesta y tenéis todo el día para darle al coco, os traigo una nueva propuesta de relato a la que tenéis que dar un final. La semana que viene, presento el desenlace y vemos los vuestros. ¡Que comiencen los juegos!

– ¿Pastilla roja o azul?

Miguel miró el post it que había pegado en el armario: “9:00 Azul 17:00 Roja”, y cogió el bote de las azules. Todas las mañanas lo mismo. La misma rutina. El mismo despertador, la misma casa, las mismas pastillas y, aún así, nunca conseguía recordar dónde se encontraba cuando abría los ojos, ni qué edad tenía hasta que se miraba al espejo. Pero, aquella mañana todo cambió cuando fue al buzón y encontró aquella carta, la carta que cambió su vida.

Miguel tenía la mala costumbre de abrir el correo sin mirar el sobre y, por lo tanto, no descubrió hasta después de leerla que aquella carta no era para él, sino para su vecino, el de dos casas más abajo. Excitado por primera vez en mucho tiempo, releyó de nuevo el contenido, desde la primera hasta la última palabra:

Querido, te echo de menos. Las cartas que te escribo cada semana son mi única vía de escape del hijo de puta de mi marido. Deseo cada vez con más fuerza que llegue el día en que me rescates, en que me beses, en que me hagas todo lo que me hiciste la última vez. No puedo dejar de pensar en tus labios y en besarlos el resto de mi vida.
Te quiere y te espera,
Marta.

Miguel dobló el papel e, instintivamente, miró por la ventana como si su vecino fuera a estar allí y lo fuera a descubrir. Evidentemente, no había nadie. Nervioso, el corazón bombeaba con dificultad por la poca costumbre. ¿Se lo decía a su vecino? No, aquello… Aquello le había hecho sentir otra vez. Decidido, cogió un folio y escribió una respuesta igual de pasional, igual de romántica. Por un momento, casi se olvida de firmar como Raúl, su vecino, pero algo le hizo reaccionar y escribirlo bien a tiempo. Un par de horas más tarde, la carta era enviada y la vida de Miguel había cambiado por completo.

Las mañanas ahora eran distintas. No se acordaba de su edad, de sus pastillas o de qué era adecuado ponerse para salir a comprar al supermercado pero, todas las mañanas, se levantaba y, sigilosamente, se dirigía al buzón del vecino y miraba si le habían contestado. Todos los días. Hasta que aquel jueves, llegó la respuesta. Y él mandó otra. Y al siguiente jueves, llegó otra carta que Miguel contestó con el mismo ahínco que la primera. Y así, una y otra y otra, todos los jueves, uno tras otro hasta que un jueves no llegó.

Miguel se impacientó en las primeras horas. “Se habrá traspapelado”, pensó. Pero ese pensamiento dio paso al desconcierto, al enfado y, tras dos días, llegó la preocupación. “Algo ha tenido que pasarle a Marta. No es normal que no conteste. Estamos a sábado, tiene que escribir… ¡Su marido! ¡Maldito cabrón!”. La idea llegó a su cabeza como un huracán, devastando cualquier pensamiento coherente e infringiendo el caos.

Corrió al salón, donde una pila perfecta de cartas descansaba sobre la mesa. Cogió la primera y miró la dirección. Se puso el abrigo sobre el pijama y salió de casa. Alguien tenía que salvar a Marta… y ese alguien iba a ser él.

Bueno, y esta es la primera parte. Espero vuestras continuaciones y el viernes os presentaré la mía. Recordad: ¡todas son válidas y bien recibidas! ¡A JUGAR!

—Jonathan Espino—

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