El otoño no miente

Se agota noviembre, y los árboles han comenzado a desvestirse. El otoño está casi consumido. Se adivina el invierno a la vuelta de la esquina. En esta época del año las hojas abandonan las plantas caducas como yo abandono esta gran ciudad que me agobia y me apasiona a partes iguales. A veces necesitamos un paréntesis en estas jornadas tan apoteósicas. Dejo atrás Madrid, al otro lado el cristal una imagen más de esta villa repleta de edificios de hormigón. Pero esta vez, el atardecer los ha teñido de colores que van desde los naranjas que pintan la Tierra de Barros, hasta los amarillos que cubren Soria en octubre.

Llego a mi Extremadura, que me recibe vacía como siempre. Los contrastes entre Madrid y esta tierra se acentúan en otoño. Aquí las calles quedan desiertas, huimos del frío y nos refugiamos en el campo, cerca de esas chimeneas que adormecen. Sin embargo, en la capital las calles se llenan hasta rebosar como consecuencia de este consumismo que nos atrapa cuando se acerca la Navidad. Hemos perdido el verdadero sentido de estas fechas y las hemos transformado en una excusa más para gastar y no pensar en lo que de verdad importa.

El campo está dormido, las ramas de estos largos cipreses siguen cubiertas de rocío. Olvido la ciudad, y me refugio en este silencio, que me permite pensar más allá del ruido de las ambulancias y el tráfico de la gran metrópoli. He llegado en una vieja moto que alguien compró en los setenta. Los ojos me lloran del frío, este frío que se mete por los huesos y no se va ni a tiros. Los gatos me han rodeado, esto es un atraco. A ellos también les ha llegado su otoño, ese que les roba el pelo, que se lo cambia, el mismo que le prepara un abrigo nuevo.

La ciudad no es para mí, que diría aquel. Bendita esta Extremadura que transformó Roma, que vio nacer a Hernán Cortés. La tierra del vino y del buen jamón de bellota nacido en la dehesa. Bendito este otoño en el campo, que me enfría la cara y me calienta el corazón.

— Benito J. Guerrero —

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