Las dos caras

Voy a intentar ser breve, porque son horas indecentes y me ha asaltado un tema no más decoroso.

Siempre me he declarado en contra del matrimonio, en mi caso concreto quiero decir. No tengo ningún problema con que las parejas se casen, bailen el vals y a veces su idilio termine antes de los tres últimos compases. Ningún problema. Tanto si se divorcian como si su amor dura eternamente, como si explotan ambos en pleno estallido de cólera por no haber limpiado la vitrocerámica. Me importa un pimiento.

Four Weddings

Pero pensando en mi, ni me veo vestida de novia, ni me imagino siendo la protagonista de nada que no sea una caída absurda en las escaleras de una discoteca, ni me hace la más mínima ilusión que mi padre me acompañe a un altar pagano. Prefiero ver pelis con él y escuchar discos de Bruce Springsteen juntos a volúmenes ilícitos.

En cambio, no sólo no tengo ningún tipo de problema con que la gente se case, sino que me encanta que esto suceda porque significa alcohol y hombres con la barba de gala. Y claro, a qué soltera orgullosa no le gusta esto.

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Una pone más esperanzas en el ritual de fiesta nupcial cuanto menor es el número de bodas de seres queridos le aguardan. Mi cara A, que no quiere una boda para mí ni de lejos, y mi cara B, que ansía que el resto del personal se case. Dr. Jekyll y Mr.Hide detrás de una melena ingobernable y una barbilla pronunciadísima. Y así todo.

Después de haber visto como tías, primos y familiares cercanos se han ido casando, me quedan si acaso tres primos unos años mayores que yo sin casar, y dos de ellos sin intenciones de hacerlo. Asimismo, tengo todas las esperanzas puestas en mi primo Fran, a quien hace unos años jamás le hubiese augurado una boda próxima, pero la vida tiene estas cosas. Si tengo todas mis esperanzas puestas en él es porque es el último eslabón que queda por contraer matrimonio antes de que la escala generacional pase a mí, que soy la siguiente por edad.

Hoy me he sorprendido preguntándole a mi madre cuándo tendría lugar la boda de mi primo. A sabiendas de que, inmediatamente después de este evento, el resto de miradas familiares irían directamente en mi dirección, y yo aquí, sin más nirvana sentimental que el idilio con un tipo que se fue de Erasmus y que besaba casi tan bien como escribía, que ya es mucho. Peligros de la vida moderna.

Canciones-para-el-baile-de-los-novios

Mi madre ha dicho que no cree que mi primo tarde mucho, y yo me he visto frotándome las manos. Acto seguido, mi mente, sigilosamente, ha hecho un revival de los motivos por los que mi primo Fran estaba, hasta hace unos años, condenado a la soltería eterna. Y mentiría si dijese que no me he visto reflejada en él. Sólo he supuesto que lo mío, en caso de cambiar, sería un proceso más lento, pero he frenado esa suposición en seco para evaporar cualquier posible utopía más.

Y entonces he recordado aquel fragmento de aquella película de Barbra Streisand llamada El amor tiene dos caras, y aquel diálogo que rezaba lo siguiente:

El ritual llamado “Ceremonia nupcial” es realmente la escena final de un cuento de hadas. No te cuentan lo que pasó después, no te dicen que la Cenicienta volvió loco al príncipe con su obsesión de limpiar el castillo. No nos dicen lo que pasa después porque no hay un después. Es como cuando vamos al cine y vemos a los personajes besarse en la pantalla y sube la música… y nos lo tragamos, ¿no? Y cuando salgo con mi pareja, si cuando me da el beso de despedida no oigo la Filarmónica en mi cabeza, lo planto. La cuestión es… ¿Por qué nos lo tragamos?

Nos lo tragamos porque aunque sea un mito o una manipulación en el fondo todos queremos enamorarnos porque esa experiencia nos hace sentir completamente vivos. Los sentimientos se elevan, nuestras emociones aumentan, la realidad cotidiana se hace añicos y salimos despedidos hacia el cielo. Puede que solamente dure un momento, una hora, una tarde… pero eso no disminuye su valor porque nos quedan unos recuerdos que guardaremos toda nuestra vida. Mientras escuchamos La Bohème o Turandot, o leemos Cumbres Borrascosas o vemos Casablanca, un poco de ese amor también vive en nosotros. Así que, la cuestión final es: ¿Por qué la gente busca el amor cuando éste tiene una caducidad limitada y puede ser aniquilador? Yo creo que es porque, como algunos de vosotros ya sabéis, mientras dura… te sientes de puta madre.

BeforeTheWedding

Y un escalofrío me ha recorrido la espina dorsal y me ha pinzado el cerebro durante algunos minutos. A veces la cabezonería por no querer volver a sentirte de puta madre nunca más es mayor que cualquier otra cosa. Y, mira, para otra espiral de tortura emocional voy mal de tiempo.

Estefanía Ramos 

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