La realidad pixelada

Si te vienes a vivir a Estados Unidos una de las cosas que seguro  necesitarás cuanto antes es un coche. Aquí es necesario para ir a comprar, trabajar o estudiar. La razón es simple, salvo las grandes ciudades, el resto de los núcleos poblacionales no se desarrollan en altura urbanísticamente hablando, sino en superficie: todo está en el quinto pino, y el transporte público brilla por su ausencia. Adquirir tu primer coche te llevará a vivir una de las grandes aventuras, puede que igual de amena o desquiciante que la que puedes vivir con el videojuego de Lucas Arts, “Monkey Island”…  verás como tu realidad se pixela por segundos al reconocer los múltiples paralelismos que hay entre comprar un vehículo de segunda mano y la adquisición de un barco pirata.

Guybrush 03

En España la rumorología es extensa sobre este asunto, y podréis escuchar cosas como que es muy fácil comprar un coche, que cualquiera lo puede hacer por cuatro perras porque el mercado de segunda mano es muy activo. Vayamos por partes. En primer lugar, necesitas tener un número de la seguridad social para poder sacarte el carnet de conducir en el estado donde vivas. Cuando compras tu coche te lo venden sin matrícula. Ellos en el proceso de compra la solicitan en tu nombre al Departamento de Vehículos del Estado. Éste te da una matrícula, que podrás o no personalizar, todo dependiendo del dinero que te quieras gastar. Es decir que si quieres que ponga “Guybrush”, te saldrá más caro que si te dan una serie de letras y números.

Si tienes dinero contante y sonante, no hay más que hablar. Pero, al igual que le pasa a nuestro joven e inexperto pirata que tenía primero que pedir un crédito al tendero para poder comprar un barco, lo normal es que le recién llegado precise de financiación, chocando con el consabido muro del historial de crédito. Sí amigos, como el novato inmigrante no lo tiene, el crédito le será denegado. Obviamente, el pirata novato solventaba la situación preguntando al gruñón vendedor por el Sword Master de Mélèe island y le obligaba a salir de la tienda, justo en ese momento aprovechaba para abrir y hacerse con el interior de la caja fuerte. Obviamente, nunca os recomendaremos desde Duckspeaking que robéis el banco de turno. Para nada. Sólo quedan dos alternativas: encontrar un ser humano norteamericano que os quiera avalar, en su defecto a lo mejor preferís pagar unos elevados intereses por un préstamo-chanchullo de dudoso origen.

Así, ya estamos en disposición de pasar al siguiente nivel, acudir a la tienda de coches. Obviamente, descartamos la compra de un coche de primera mano, con lo que acudiremos al mercado de los coches usados. Es inevitable acordarse del aprendiz de pirata cuando acudía a “Barcos de segunda mano Stan”.  El solícito vendedor estaba en la puerta esperando clientes y lo primero que le decía a Guybrush era “no me callaré hasta que hagamos un trato”, mientras salía corriendo a su encuentro. Amigos de la fauna norteamericana, así es como trabajan estos depredadores natos, los vendedores de la vieja escuela: esperan pacientes a que su incauta presa pase por delante la puerta de su negocio y en ese momento saldrán a su acecho. Tranquilos, en la realidad no lleva sombrero de mariachi ni gabardina morada, pero en cuanto te dejes caer irán a por ti. Además de esta especie de vendedor  tenemos en la jungla de asfalto otro depredador más tranquilo, que parece mimetizarse con el entorno. Son los vendedores de la nueva ola, que aguardan pacientes sentados tras el escritorio con sus garras afiladas. En los concesionarios de marcas famosas (Hyundai, Ford, Nissan, etc.) ambos tipos de cazadores exhiben en la pared sus trofeos, esas placas conmemorativas que dicen haber sido los mejores vendedores del mes o del año.

Luego, tenemos los locales de coches usados no vinculados a una gran marca. En ese caso, no veréis ese tipo de cosas en la pared. Suelen ser locales más desvencijados al igual que la tienda de Stan. Lo característico es que los coches suelen llevar en el parabrisas delantero el año y lo que piden por él. A partir de ese momento, al igual que Stan, el vendedor comenzará a desplegar toda una serie de estrategias para que te acabes llevando un coche.

Guybrush 02

Podréis ver automóviles que son una auténtica cochambre con el cartel de “as is”. Eso significa que no tienen la menor garantía. Vamos, en pocas palabras: “es lo que hay, lo tomas o lo dejas, son lentejas.” El resto podréis ver si tiene garantía sobre piezas, mano de obra y por cuánto tiempo. Todo irá en función del precio. Todo esto le recordará al veterano jugador la imagen de ese velero varado en la tienda con el susodicho cartel. En ese momento de la partida se solía pedir a Stan que te enseñara el más barato, vamos lo mismo que diría el buen inmigrante de pro.

A partir de ese instante la presión de Stan va in crescendo, al igual que la del vendedor de coches. La primera información que te intentará sacar es la relacionada con tu historial de crédito, cuánto ganas al mes, dónde trabajas,… En un concesionario de Ford, el vendedor de la nueva ola ni se molestó en levantarse de su maravilloso escritorio para enseñarme un coche, me vino a decir cortésmente que sin avales ni historial crediticio, por mucho que ganara si no lo compraba al contado que no quería saber nada. Eso me lleva a recordar las palabras de Stan: “No importa si has tenido problemas de crédito en el pasado. Divorcio… Bancarrota… Problemas crónicos con el juego de azar. Quién soy yo para poder juzgarte, ¿verdad? Si el tendero se fía de ti como para darte crédito entonces serás un hombre honesto con una nómina, ¿verdad?” Como se puede apreciar en la escena, al vendedor de Ford le daba igual si tenía nómina de una gran Universidad o no, que como no aportara avales o historial no movía ni un dedo.

Pero fue en un concesionario de un pequeño pueblo de Connecticut, de cuyo nombre no logro acordarme, donde nos encontramos al verdadero prototipo de Stan. Era de la vieja escuela: salió a nuestro encuentro nada más llegar. Nos saludo con un buenos días, nos pasó dentro de la tienda, nos hizo sentar, sacó un formulario, se lo dio a mi santo para que lo rellenara con todos los datos personales y laborales. Después de un rato de cháchara sobre en qué trabajas, qué investigas y los consabidos: “¡Ah! Musgos, ¡qué interesante!” o “¡Ah! Eres de España”, “Allí hace menos frío ¿verdad?”. La conversación daba un giro de tuerca y pasábamos al grano: “¿cuánto estás dispuesto a gastarte?” Tú que habías hecho tus cuentas en casa, tenías claro hasta dónde podías llegar, por eso le dabas tu límite superior de gasto. No sé como lo hacen, pero siempre acaban todos enseñándote algún coche como unos mil dólares más que el precio que habías establecido, pero llega a ser como una regla.

Al igual que decías en el videojuego, “enséñame las opciones”, cuando por fin te interesas por un coche te abren el capó para que veas el motor reluciente, porque evidentemente lo han petroleado a conciencia, y te abren todas las puertas para que te montes. Su interior huele fragancia del bosque o a lavanda. Te resaltan si tiene elevalunas automático, radio o tapicería como nueva. Te dan ganas de decirle tu: “Que puedo vivir sin esa basura” y él te podrá contestar: “¿tu esposa sabe que eres tan rata?”.

En un concesionario cerca de donde vivo un día acudí a que me enseñaran coches. Tras la consabida parafernalia le dije que me llamara si entraba algún coche que estuviera por los cinco mil dólares. Pasaron los días hasta que recibí un mensaje suyo en el contestador del móvil en el que nos invitaba a volver al concesionario porque tenía un coche por el precio deseado. Así que le contesté y concerté una visita.  Así llegamos al momento cumbre donde mi consorte le dice: “¿Bueno, nos puede enseñar el coche de 5.000 dólares?” Y le contesta secamente: “¿Yo? Yo no tengo ningún coche de ese precio, pero os puedo enseñar otro”. Va el intrépido y nos enseña un pedazo coche de caerte muerto. Claro, mi esposo que comenzaba a estar contento le dice: “espero que este coche valga 5.000.” El tendero, con una sonrisa en la boca le contestó: “No, son 10.000. Nosotros sólo trabajamos con coches que el banco pueda recomprar. Por ese motivo el precio son 10.000.” ¡Menudo cabreo! Encima el listillo no hacía nada para mejorar las cosas y su paternalismo aún podía llegar más lejos. Así, es como se lo jugó todo a la carta del sabio cónyuge y le contestó: “me gusta hablar con Alfredo. Él sabe que yo no vendo basura. Yo quiero lo mejor para vosotros y como no tenéis historial crediticio si no pagáis el banco no se puede quedar con él.” A estas alturas Jack no sólo había cometido el error de presuponer que no íbamos a pagar, sino que además, nos tomaba por lerdos. A lo cual le contesté: “tengo un mensaje en el contestador con su voz en el que dice que tenías un coche por 5.000 para enseñárnoslo.” Como bien podréis imaginar la conversación con Jack entró en barrena, nos fuimos y obviamente nunca más volvimos a saber de él. Nos imaginamos que sigue vivo y que sigue fardando de que su mujer trabaje en la universidad.

Así es como llegamos a un pequeño negocio en medio de la nada, en la carretera 6. Allí nos topamos con el joven y sagaz Sam, llamémosle así, como en “El señor de los anillos”. Este nos caló en el minuto uno. Supo leer bien lo que buscábamos, y nos ofreció un Hyundai Accent “as is”. Tras lo elemental de la charla, nos dejó las llaves para que nos diéramos una vuelta. Y como nos convenció lo que vimos, le dimos al “ya está bien de opciones” y nos lanzamos al regateo como en el Mokey Island.

Guybrush 01

¡Ah! Amigos y lectores. La sorpresa fue mayúscula  cuando no escuchamos a Sam decir nada parecido a: “Claro, podemos empezar por el mínimo, tengo todo el día.” Para nada. Sam nos miró y nos dijo: “Id a ver otros coches, a lo mejor encontráis otro mejor y más barato” Aún así, le pedimos los datos del coche para acudir a una página web donde puedes ver si ha pasado la inspección de emisión de gases o el precio estimado de compra. Así es como conseguimos que Sam se bajara de la burra y nos rebajara 300 dólares el precio del coche, y dijera aquello de…”Bueno, ¡vale! ¡Me estás matando, pero vale! Y yo que pensaba hacerles regalos de Navidad este año a mis hijos”. Todo fue porque le dijo que habíamos entrado en la susodicha página y decía que el precio era más bajo. Así es como nos hicimos este regalo de Navidad por adelantado a nosotros y adquirimos un Hyundai Accent blanco. Sam por su parte informó a su jefe de la venta, y le convenció. Y nosotros le dimos un cheque personal como depósito para cerrar el trato. Así es como nació una buena amistad entre Sam y nosotros. Esperemos que no nos llamara: “¡Pringados!” a nuestras espaldas, aunque el sentimiento es inevitable tenerlo mientras miras el velero y ves surcar una estrella fugaz en la noche y sólo deseas que no se rompa en mil pedazos.

Alfredo Manteca

Anuncios