El triple mágico de Reyes

La primera vez que escuché Revolution 9, de mis reverenciados Beatles, entré en una especie de bucle. En aquel momento, yo era demasiado pequeña para haber probado el alcohol siquiera, pero juro que experimenté, sin yo proponérmelo, mi primera borrachera. La canción dura exactamente 8:21 min y está compuesta por grabaciones aparentemente inconexas de voces, alternadas con coros de violines puestos del revés, gritos o fragmentos orquestales entre otras delicias. Es una absoluta locura. Y un empujoncito al dadaísmo también. Y muy probablemente una aproximación a la magia.

Magia puede ser cualquier cosa que se nos escape de las manos. Es un concepto extrañísimo que, por algún motivo que desconozco, nos han mostrado siempre desde pequeños. Por lo menos en mi caso era así. Devoré cuantos cuentos, películas y leyendas sobre magia me contaron. Comencé a creer que las brujas existían, que hacían magia y que en algún lado había algún reino como el de Fantasía en La historia interminable. Me gustaba creer que había hadas y que igual la versión de Peter Pan de Disney estaba bien para llevarla a cabo en la vida real. Y, bueno, de aquellos polvos estos lodos.

Luego una empieza a soplar velas y se entera de que ni el Peter Pan original era tan dulce, ni las brujas tenían los pies cuadrados y sin dedos como contaba Dahl, porque directamente no existían. Y entonces más o menos se puede hablar con justicia del desmantelamiento del Estado del bienestar. Malditas velas de cumpleaños.

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El concepto de magia cambia por completo luego. Te haces mayor y la magia se convierte en algo igualmente extraño e intangible, pero ya tiene poco que ver con hadas y brujas. Supongo que en cada caso es diferente. En algunos casos igual está referido al momento pastel recogido en el post-coito, en otros casos igual sólo tiene que ver con estar a gusto con uno mismo o con esas casualidades extrañas que nunca estamos seguros de saber manejar. Pero esto es algo que no debe explicárseles a los niños. Hay que dejarlos que se caigan solos del pedestal, se rasguñen las piernas y se golpeen las ideas para que se den cuenta de que la magia, a partir de ese momento, estará en lugares diferentes de los que ellos creían.

Como ya he dicho algunas veces en mis textos, tengo una serie de primos pequeños. En concreto, tres. Y otro en camino. Esta es la razón por la cual, aunque yo jamás haya simpatizado con la idea de la maternidad, me enfrento a la tarea de entretenerlos de la mejor manera posible. Me llevo mejor con ellos cuanto más razonan, porque sus razones son descabelladas y cuerdas en la misma medida. Asimismo, mis tareas de prima mayor engloban a veces actividades como fiestas del pijama con ellos, o tardes en la piscina donde bajo el agua me tengo que transformar tanto en un tiburón como en un antílope si es porque me lo pidan (quizás tendría más sentido decir ‘exijan’). Es entonces cuando no me queda más remedio que volver a creer en las hadas y en las brujas.

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Me di cuenta de todo esto hace unos meses. Mi prima Paula me pidió que por favor me quedase en su casa a dormir. El chantaje emocional de un niño es mucho más poderoso que cualquier motivo cabal que un adulto pueda ofrecerte. Así es que, sabiendo que me atenía a una noche prácticamente en vela, acepté a dormir con aquella cotorra rubia de ideas peregrinas de la que alguna vez os he hablado. Y, efectivamente, tal como rezaba el título de aquel álbum de Barricada y Rosendo, otra noche sin dormir. Desde que llegué a su casa pasé por pruebas como darle de cenar, cepillarle los dientes, ponerle vídeos de Pequesaurio en mi móvil o contarle aproximadamente siete cuentos diferentes, cada uno de ellos inventado. Las hadas vinieron a rescatarme después de todo aquello. Cuando terminé de contarle todas aquellas milongas, podía adivinar sus ojos enormes en la oscuridad pidiendo otro más. Pero me equivoqué. Me preguntó dónde estaban las hadas que llevaban la barca que aparecía en el cuento que me acababa de inventar. Y dónde estaba la bruja buena, y dónde la bruja mala, y si Dorothy (una vez vio una versión teatral de El mago de Oz y desde entonces lo mete en todos lados) tenía algo que ver en todo aquello. Le respondí lo mejor que pude y la mandé a dormir.

Pero, como le corre la misma sangre que a mí por las venas, no le pareció suficiente y se pasó media hora tocándome en mi almohada para que yo me quitase los tapones y la escuchase. Entonces me explicó que las hadas del campo algún día se iban a llevar bien con la bruja y que las coliflores mágicas iban a salvar a los duendes de la barca. Se quedó muy a gusto y conseguí que, por fin, se durmiese, pero yo me quedé dándole vueltas a aquella credulidad e imaginación concentrada en ese pequeño ser. La misma que en algún momento perdí para adentrarme en un mundo donde las certezas son viscosas (y a menudo tienen que ver con cosas que ni siquiera me hacen sentir cómoda).

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De niños creemos que nuestros héroes son los que corren por dentro del televisor y, de mayores, nuestros héroes preferidos resultan ser personas que maldicen el despertador nada más sonar por las mañanas. Gente que, a pesar de odiar muchos aspectos del día a día, consigue destacar en algo. Gente que hace magia con las horas que tiene su día, que siempre tiene una palabra amable y otra amarga para nosotros. Gente que, pese a vernos en la peor de nuestras facetas, nos acepta y nos soporta día a día.

Estaba pensando acerca de todo esto la última vez que volví de mi pueblo. Era domingo, hacía un sol espléndido y, apenas tres horas antes, había ido a casa de mis tíos a despedirme de parte de la plantilla. En la tele estaban dando el partido de Baloncesto. Jugaba el Real Madrid. Yo estaba jugando con mi primo mientras atendía a la pantalla. Faltaban cuatro décimas para el fin del segundo cuarto y el Madrid iba ganando por veintitrés puntos. Estaba esperando a que terminase el cuarto para volver a jugar con mi primo sin atender a la pantalla. Entonces, vi cómo Slaughter le pasaba Felipe Reyes el balón desde el final de la línea de fondo. Con una destreza mágica, éste, desde un ala del campo, consiguió encestar. De espaldas, para más aplausos.

Felipe Reyes acababa de hacer magia. Mi primo estaba más atento a las reacciones de mi tío y mías que a la pantalla. Y, cuando me vio desencajar los ojos y la mandíbula en un gesto de asombro, me preguntó qué pasaba. Entonces, me eché a reír, le dije que acababa de ver cómo un señor en la tele había hecho magia y él relacionó todo aquello con un capítulo de Hora de aventuras donde Finn hacía magia y al quitarse el gorro tenía una melena reluciente. Seguí riendo. En parte por el nerviosismo que me inspiraba aquella canasta irreal de Reyes y en parte porque mi primo acababa de hacer magia con tres palabras y algo de estupefacción.

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En ese momento, entendí que a veces el umbral entre la credulidad infantil y la magia que experimentan los adultos está tal vez separada por cuatro décimas de segundo y un triple marcado de espaldas, prácticamente desde fuera del campo.

Supongo que, depende de lo que se quiera creer, cualquiera de las dos cosas puede ser magia.

Estefanía Ramos

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