El otro yo

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Esta semana he querido matar dos pájaros de un tiro. Os cuento. Hace un par de días me pidieron que escribiera un relato (no muy largo) sobre el doble, una figura maravillosa en la cinematografía. En esta ocasión, se trataba de escribir del doble dentro de uno mismo, es decir, de un desdoblamiento de la identidad y cómo el personaje se enfrenta o se comporta ante ello. Pues bien, sin quererlo ni beberlo me vi inmerso en la escritura de un relato sobre la conciencia. A ver qué os parece.

Alguien me persigue. No sé en qué momento empezó a hacerlo pero el otro día le vi apostado tras el cristal de un coche. Llovía y las gotas difuminaron su imagen haciéndola deslizarse entre los coches, escapando a mi paso. Mientras volvía a casa, inquietado por su presencia, miraba sobre mi hombro, buscándole entre las sombras; sin embargo, no había nadie. Mi esposa me recibió con la misma pasividad de siempre: la misma que yo le devolvía. Hacía tanto tiempo que nuestra relación se había enfriado que ya estábamos habituados a la normalidad del silencio mutuo. Aquella noche no pude dormir: cada vez que intentaba cerrar los ojos, imaginaba a aquella figura mirándome desde la penumbra, expectante, esperando su momento.

A la mañana siguiente, me desperté más tarde de lo habitual. El traje me impide correr así que, normalmente, siempre llegó al tren bastante tiempo antes de su llegada. Pero, aquella mañana, las puertas se cerraron ante mi y, al otro lado, estaba él: vestía mi mismo traje, llevaba mi mismo peinado pero me devolvía una sonrisa de suficiencia que nunca antes había visto en mi cara. Me mantuvo la mirada mientras se alejaba hasta que le perdí en la lejanía.

Me faltaba el aire. Me aflojé la corbata y me puse en cuclillas intentando recobrar el aliento. Miré el reloj: iba a llegar tarde. Saqué el teléfono para avisar a mi secretaria de mi tardanza e intentar retrasar media hora la reunión pero en la estación no había cobertura.

Los veinte minutos que tuve que esperar al tren fueron eternos al igual que el viaje hasta la oficina. Cuando llegué, mi secretaría se sorprendió al verme tan sofocado. Pregunté por la reunión y ella me dijo que aún quedaban unos minutos. Respiré aliviado y me dirigí al baño para intentar arreglar un poco mi aspecto.

Me mojé la cara y me quedé varios minutos viendo como el agua se escapaba por el desagüe, pensando en cómo iba a evitar firmar el trato en la reunión que me esperaba. Todo dependía de mi. Toda aquella gente dependía de mi: si firmaba, sus casas serían demolidas antes de que acabara el mes. Cuando levanté la vista, a mi espalda, se encontraba él, devolviéndome la mirada en el reflejo del espejo. Me giré y volvió a mirarme con aquella altivez con la que lo hizo en el tren. Me hubiera gustado preguntarle quién era pero un fuerte golpe de su puño chocó contra mi mandíbula haciéndome caer al suelo. Rompió el espejo y todos los cristales cayeron junto a mí.  Se arrodilló a mi lado y tomó uno de los cachos. Sujetó mi cuerpo entre sus piernas y deslizó el cristal por mi garganta; sin embargo, no me dolió. Algo dentro de mi cobró fuerza, me sentía más fuerte, despreocupado. Me levanté y comprobé en el espejo que no tenía ninguna herida. Miré hacia abajo y vi el cadáver en el suelo. No me extrañó. Sonreí. Me ajusté la corbata y comprobé mi dentadura. Todo estaba perfecto.

Salí del baño dejando atrás a aquel hombre débil y me dirigí a la sala donde todos ya me esperaban. Saludé a los allí presentes y firmé el acuerdo mientras aquel ensangrentado hombre me miraba a través del cristal que nos separaba del pasillo. Ahora era otro. Otro más fuerte. Aquella noche llegué a casa e hice el amor a mi mujer como hacía años que no lo hacía mientras, aquel hombre ensangrentado, cogía la puerta para no volver jamás.

Jonathan Espino—

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