Torrijas con sal

Hace justo dos años, a esta hora, yo estaba con un ibuprofeno recién ingerido y el pulgar derecho envuelto en una enorme maraña de vendas. La noche anterior, la puerta del coche de un amigo me había pillado el dedo, el coche arrancó con mi dedo pillado y mi uña se desprendió grácilmente de mi cuerpo con una facilidad asombrosa -teniendo en cuenta lo que tardó en recomponerse-. Cada vez que cuento esta anécdota en tono mitad cómico, mitad épico, veo muecas de terror en las caras de la gente. Lo bueno de las uñas, así como lo bueno del pelo, es que tienden a crecer. Otra cosa hubiese sido que el coche se hubiese quedado con mi pulgar.

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Fue una época extraña. No menos que esta, pero extraña a su manera. Durante la semana y media que tuve que llevar el vendaje para proteger mi dedo sin uña, entendí la función de éstas, conseguí que muchos de mis allegados dejasen de mordérselas, comprendí que las cosas llevan su tiempo y fui rabiosamente feliz hasta que llegaba el momento de hacerme las curas y tocaba destapar aquel despropósito. Por Navidad pedí sólo una uña nueva y sana, y el año que entraba me regaló más que eso (y me quitó más de lo que me regaló).

En cualquier caso, mis miedos eran así como gelatinosos. Creo que nunca llegaron a cuajar porque en el momento en que me desprendí de la uña estaba en la puerta de mi casa y mi santa madre pudo entrar conmigo en la consulta y hacer que me relajase (yo no pedía nada más allá de no verme el dedo sin uña y sangrante). Mi madre dijo que no era para tanto, y, en efecto, así fue. El día siguiente, por la mañana, ambas bromeábamos sobre aquello diciendo que la sangre que vi correrme por las manos iba a ser lo último rojo que iba a ver en, como poco, cuatro años. Estábamos en el previo a unas elecciones generales en las que, muy previsiblemente, la derecha iba a arrasar. Ya he comentado muchas veces que he heredado una profunda convicción política por parte de mi madre y mi abuelo. Estábamos bromeando para protegernos de la fría verdad que iba a salir de las urnas electorales el día siguiente.

En cambio, no podía evitar pensar en todo lo que iba a desencadenarse de aquella montaña de votos. Intentaba hacer cosas para distraerme, me fui al campo esa misma tarde y quedé con mis amigos aquella noche. Pero le daba millones de vueltas. Pensé, para consolarme, que aquello iba a ser como lo de la uña: cuestión de tiempo, fuerza y paciencia. Pensé también que, como en el caso de la visita al médico tras el incidente de la noche anterior, me alentaba mucho tener a mis padres y compañía al lado. Pero sabía que en aquella travesía cada uno de mis seres queridos estábamos solos ante un colectivo que no pretendía más que mirar por ellos, siempre a costa del bienestar de otros. Y mentiría si dijese que aquello no me daba ningún miedo. Y más que miedo, mentiría si dijese que aquello no me inspiraba una feroz rabia.

Y, por no darle más vueltas, caí en la cuenta de aquello que decía mi querido profesor de historia del instituto de que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante. Así es que con esas mismas me fui a votar, a ver si por lo menos conseguía que mi voto paliase un poco aquella catástrofe que estaba más que mascada. Horas después, me monté en el autobús que me traería a Madrid a una hora en la que todo habría comenzado a cambiar. Así fue. La brillante cifra de once millones de votos me gustó tanto como me hubiese gustado estudiar Ingeniería Química. Y me propuse a partir de entonces muchas cosas, entre las cuales se encontraba la de intentar hacer recapacitar a esos votantes despistados y cabreados que se montaron en una gaviota para, tiempo después, precipitarse en un abismo.

Hoy hace dos años de todo aquello. Algunas impresiones que escuché comentar a la gente siguen tan vivas en mi memoria que a menudo me sorprenden como una daga a un milímetro de mi cuello. Y entonces, me acuerdo del incidente de las torrijas con sal.

6. Torrijas

Cuando tenía diez años, en unas vacaciones de Semana Santa, mi tía decidió hacer torrijas y me pidió ayuda para ese fin. Mi única obligación era ir poniendo las torrijas en un plato, echarles el azúcar y luego colocarlas en una bandeja. Estábamos hablando mi tía y yo en el proceso de elaboración. En la última tanda, mi tía se puso a azucarar torrijas conmigo. Las pusimos todas en la bandeja y a la hora del café se sirvieron. La cosa estaba en que el azucarero estaba al lado del salero, y en que yo, en un despiste de fuerza mayor, confundí las direcciones, mi cerebro dio la orden de coger puñados de sal para cubrir las torrijas y el resultado fue una reinvención del concepto. Lejos de querer ser yo una gurú de la nouvelle cuisine, tuve que disculparme ante una familia que casi moría de arcadas al probar aquello.

Me equivoqué. Fue un error. Nunca volvió a ocurrir. Pero me cargué unas veinte de las treinta torrijas de la bandeja y una hora de trabajo en la cocina sin yo quererlo.

A raíz de esto, tiendo a pensar que los votantes circunstanciales del PP en aquel momento que ahora se quejan amargamente confundieron el azucarero con el salero. Quiero pensar que lo hicieron confiando en que el resultado sería el mismo o mejor que la anterior vez, que no sería para tanto, que apenas se percataron de aquello. Pero ahora se quejan. Se quejan como me quejé yo cuando degusté la mezcla de canela, leche, pan y sal. Se quejan con motivos, porque nos los dan cada día. Se quejan con toda la justicia del mundo, pero con un pequeño margen de reproche: ¿Acaso no veían lo que se nos venía encima con todos aquellos votos?

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Pero es bueno. Es bueno que abran la boca, que se quejen, que reconozcan abiertamente haberlos votado entonces y sentirse traicionados ahora. Que se manifiesten, que reflexionen. Que celebren esta fecha como una prueba más de que hay cosas que hay que afrontar con la mejor cara posible, pero sin rendirse jamás.

El regusto de las torrijas se me pasó con un sorbo de nesquick, el incidente de la uña cicatrizó a las tres semanas y a los cuatro meses tuve una uña nueva. Desafortunadamente, hay cosas que siempre tardan un poco más en desvanecerse.

Estefanía Ramos

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