El cuento de nunca acabar

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Aída llega a su fin. No more tears que diría Donna Summer que esto ya olía y desde hacía tiempo (en mi opinión desde su estreno pero…). La longeva serie de Telecinco fundirá a negro definitivamente el próximo año e imagino que los pocos fans que queden de la serie se lamentarán, llorarán y clamaran al cielo un “¡¿POR QUÉ?!” propio de Brando en Un tranvía llamado deseo pero, amigos, esto es lo mejor para todos. Sé que duele separarse de un ser querido pero esto es como cuando tienes un cachorrito y tienes que sacrificarlo: muere pero irá a un lugar mejor, en el caso de Aída, a un cementerio llamado FDF.

En España, tenemos una costumbre muy fea y es la de alargar las cosas hasta aburrir, hasta que ya nadie lo ve y cuando digo nadie es nadie, osea que no lo veo ni yo, vaya. No me quiero cebar con Aída porque, principalmente, no la veo y no me gusta criticar sin saber pero tengo otros ejemplos que me vienen muy al pelo:

  • El internado: Véase un lugar en el que habitan nazis, zombies, fantasmas y, de darle dos temporadas más, aparecen los Cullem y la impávida de Bella.

  • Amar en tiempos revueltos: Saltadme al cuelo, maniatadme y quemadme en una hoguera pero su evolución en Amar es para siempre no es gratuita: cuando dicen “para siempre” es para siempre y esto durará más que si juntáramos todos los capítulos de Aquí no hay quien viva junto con sus reposiciones en Neox. Caos.

  • Los Serrano: No sé que causó un trauma mayor si el sueño de Resines o la muerte de Lucía (hay muy pocos personajes de los que pueda recordar el nombre… Para que veáis el nivel de trauma). En cualquier caso, generar un drama innecesario antes que cancelar es muy de Telecinco (véase Tierra de Lobos).

  • Hospital Central: ¿Alguien más perdió la cuenta de las muertes de Vilches?

El chicle se estira y se estira y hasta que la última boca que lo masca no se marcha, aquí, hay goma para rato. Pero, hay un problema. De unos años para acá, me he ido aficionando a las series americanas como todo hijo de vecino. Con estas series no te preocupabas. Eran mi vía de escape del chicle español. Mi salvación… Hasta ahora. ¿Qué os está pasando guionistas americanos? ¿¡QUÉ?! El ejemplo principal es Homeland. La hecatombe fan llegó con el estreno de su tercera temporada: insulsa, vacía, con giro abracadabrante en su cuarto episodio y que hace intentos de levantar el vuelo pero alguien le pone la pierna encima y no consigue levantar cabeza. Y mi pregunta y la de todos los fans es: ¿por qué no se acabó en la segunda temporada? Una temporada brillante que hubiese puesto un broche de oro a una serie magnífica. Pues no. Además, ni cortos ni perezosos, ante una temporada a la que la caen críticas de todas partes, ¿cuál es la solución? Renovarla para una cuarta temporada. ¡Con dos cojones!

No, you wasn’t.

Podría hablar de Arrow, de Once upon a time (Érase una vez aquí) o True Blood. Todas quieren alargar un éxito que no consiste en otra cosa sino en (llenarse los bolsillos) prolongar el fenómeno fan hasta la extenuación mediante el noble arte del potingue. ¿Cuál es ese arte? ¿Os acordáis de cuando eramos pequeños y hacíamos unos mejunjes que tenían ketchup, mayonesa y mil cosas más y que no parábamos de añadirles cosas hasta que no nos sobrevolaba la nuca una colleja de nuestra madre? Pues igual es con las series: añaden más personajes insulsos, más subtramas que no van a ninguna parte, más capítulos de relleno… El miedo a poner fin les engarrota. Y lo que es peor: el miedo también atemoriza a los fans. Sí, tenemos miedo a que destrocen nuestra serie. Dejadla bonita. Dejadla morir. Y cómo siempre es mejor cantarlo que decirlo, os dejo con una canción de Paul McCartney, especialmente dedicada a los creadores/guionistas de Homeland:

When you were young and your heart was an open book

you used to say live and let live

you know you did

you know you did

you know you did

but if this ever-changing world in which we live in

makes you give in and cry

say live and let die

(Letra Live and let die)

 —Jonathan Espino—

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