RTVV: Historia de una sumisión periodística

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Querido lector, esta última semana una noticia ha colapsado las pantallas televisivas, y no, no me refiero al embarazo de la hija de ‘La Pantoja’, no, eso no me interesa, me refiero al cierre de la televisión autonómica valenciana (RTVV).

El pasado martes se anunciaba la noticia a bombo y platillo a nivel nacional,  aunque  determinados medios han asegurado que esta decisión estaba tomada premeditadamente desde hacía tiempo. Lo gracioso, lo televisivo, lo relevante del asunto, en mi opinión, es la subida de audiencia de la cadena desde que su programación está basada, a todas horas, en la clausura de la misma.  La rebelión de los trabajadores ha sido tal, que su incorporación en el encuadre y las críticas contra la gestión se han convertido en un generalizado. Incluso se han disculpado por la censura televisiva, la falta de información transmitida con el caso del metro valenciano, por ejemplo (para leer las declaraciones más famosas del asunto pulse aquí).

Y en el exterior, manifestaciones. Concentraciones a las puertas de RTVV, en las principales ciudades de la CCAA, por las redes sociales, en los balcones… mientras, Alberto Fabra anuncia que “la decisión está ya tomada”, que no hay vuelta atrás, que la televisión volverá a la Comunidad Valenciana, en todo caso, de forma privada, como ya hizo en su momento Castilla y León (y así es la TV de CYL. Prefiero no hacer comentarios por no herir sensibilidades). Sin embargo, una aspecto parece que pasamos por alto: la muerte de Canal 9 era un evidente desde hacía tiempo. Seamos realistas, desde que el PP se hizo a cargo de su gestión en 1995, el ente televisivo de la comunidad se ha convertido en una dictadura conservadora, con una plantilla de trabajadores excesiva y con una deuda que no ha parado de aumentar. ¿No se intuía ya el final? ¿Cuánto tiempo se puede mantener a más de 1000 trabajadores en una televisión, recordemos, autonómica? Quédese con la cifra, es algo insostenible. Pero el problema no lo tienen los trabajadores, el problema viene de arriba, de aquellos que les contrataron en su momento. No es normal que una autonómica tenga más trabajadores que una televisión generalista, es absolutamente incomprensible.

Lo peor es que éste no es el único caso, pues Telemadrid, así como otras muchas, lleva el mismo camino. Tras reducir en más de un 70% su plantilla el exponente audiovisual madrileño sigue en horas bajas, cada vez más, con una audiencia que no responde ni lo hará, al igual que la valenciana. La televisión se entiende por definición como un medio informativo. Si la gestión proviene de un partido político, ¿esperamos que exista una cierta libertad de opinión dentro de la cadena? NO. Es así, y duele reconocerlo. Somos muchas las personas que queremos formar parte del mundo informativo, y nos lo presentan así: sectorizado, censurado, sumiso al capitalismo y al poder político.  Nos dicen que vivimos en democracia y las televisiones son el primer lugar en el que se establece el mayor absolutismo. ¿Ha habido pitadas al presidente de la comunidad en un acto? Pues se emite. ¿Que las encuestas dan un claro descenso en la empatía del líder político de turno y no interesa? Pues te aguantas y permites que se emita. ¿Por qué? Porque la información ha de ser verídica, con datos, y lo único que vas a conseguir si no lo transmites de este modo es la quiebra de la empresa. Aunque claro, esto es España, la corrupción y el “pa’ la saca” es un generalizado.

Mónica González Mújica, PERIODISTA chilena de las que luchan y hacen honrada la profesión, Premio Mundial UNESCO/Guillermo Cano de Libertad de Prensa 2010, realizaba estas afirmaciones: “En muchos países se observa un modelo que conduce a esa concentración de la propiedad, que va aparejada con otro fenómeno: los grupos que se apropian de varios medios, concentrando televisión, radio y prensa escrita, a su vez tienen intereses en otras áreas de la producción: agricultura, minería, servicios, inmobiliaria…Se produce por lo tanto una asfixia informativa impresionante, porque el medio no puede informar objetivamente de las empresas donde su propietario tiene inversiones. Eso es gravísimo y los periodistas están perdiendo autonomía, dignidad, prestancias…convirtiéndose en simples testaferros”.

Muchos deberían aprender de estas declaraciones, replantearse sus acciones, sus decisiones, aquellas que, quizás, lo único que hayan conseguido ha sido la incertidumbre futura de muchas familias que se han quedado sin ingresos, así como de profesionales del medio que han vivido en la más pura sumisión y dictadura desde hace muchos años. Tal vez sea el momento de poner fin a estos abusos, a esta sectorización, a esta tomadura de pelo, tal vez. Sin embargo, esa es la expresión, “tal vez”, porque si usted ha llegado hasta aquí, ha seguido la lectura, es porque le interesa el tema, no obstante, cerrará la ventana y continuará su vida, porque es ajeno a usted, o eso le parece a simple vista. Total, ¿qué más da? Alguien luchará por mí, el sofá es mucho más cómodo para ver la batalla.

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