La cultura de la sumisión

– ¿A ti te gusta el sado?
– No.
– ¿A ti te gusta ’50 sombras de Grey’?
– Sí.

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A mi la sociedad en general me irrita.

Me irrita esa estúpida creencia de creer que el machismo está superado. Que el feminismo es cosa de unas locas lesbianas dispuestas a cortar los testículos a cualquier macho que se ponga en su camino. Me irrita que las personas se regocijen en su propia incultura. Que se señale con el dedo a quien sale del rebaño, como mujer fatal, como chica mala. Que aún creyéndose liberales aún haya mujeres tan estúpidas de caer en la cultura de la sumisión. No saberse solas, libres y capaces de conseguir sus sueños sin un hombre al lado.

50 sombras de Grey no es literatura. 50 sombras de Grey no es un libro de amor. 50 sombras de Grey es un libro sobre la sumisión ‘oculta’ de la mujer en nuestra sociedad. Y es horripilante.

Desde hace un tiempo en el que vengo leyendo teorías feministas, siendo crítica con la información tan sesgada de los medios de comunicación, y observando los comportamientos de amigas en relaciones de pareja -amigas empeñadas en que tenga novio, y en darme lecciones sobre el amor-, y comportamientos de amigos también; he llegado a la conclusión de la aceptación de forma natural de la sumisión de la mujer en la sociedad. En otras palabras: el triunfo de la sumisa. Y no sólo en las relaciones, sino en el sexo, en el trabajo, en los bares, en la educación. Que la mujer llega lejos cuando calla, asiente, y lame; cuando no da demasiados problemas, cuando lo peor que le puede pasar es tropezarse delante del hombre de su vida -y claro, ellos se enamoran, porque es más fácil dominar a alguien torpe-. Os aseguro que un hombre, a primera vista, siempre se va a fijar en la chica que parezca más frágil por esa aceptación social de que él tiene que cuidarnos y nosotras ser cuidadas en este mundo feroz. Él siempre sueña con ser ese príncipe azul que tanto esperamos para que nos salve de las garras de un horrible dragón.

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Un día, hablando con mi madre sobre el ‘libro’ -o panfleto machista- que aquí refiero, se sorprendía de cómo mujeres de su generación se creían liberadas por leer eso mientras limpiaban el polvo de la casa y preparaban la comida a su marido. Al que después sorprendían en la cama con cosas que habían aprendido del señor Grey; todas para complacer al hombre, claro. No para descubrirse ellas como cuerpo de propio placer, claro, no, eso Anastasia Steele no lo descubre, porque claro, una mujer no tiene por qué conocerse a sí misma antes de conocer al otro, pero sí tiene que conocer cada secreto del cuerpo de un hombre como ser supremo. Quiero decir que estamos sometidas a darles placer, pero ellos no tienen por qué conocernos a nosotras -y luego claro, nos sorprendemos si alguno encuentra algo que hasta nosotras creíamos oculto-.

Me irrita que aún creamos los piropos como algo positivo, y no como una falta de respeto. Tener que ser juzgada y aceptada o rechazada según la cantidad de maquillaje, el corto de la falda, el escote y los tacones. Me irrita que ‘puta’ sea un insulto, ‘coñazo’ algo aburrido, que se crea que se puede vencer el machismo añadiendo una ‘a’ al final de cada sustantivo y que se crea que el feminismo tan sólo se reivindica la igualdad de derechos, olvidando que nos aceptamos como mujeres con derechos propios por condición biológica.

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