Happily never after

© Roberto Garver

“Y vivieron felices y comieron perdices”. Todos los cuentos de nuestra infancia acababan así. Daba igual que la princesa se hubiera comido una manzana envenenada, que se hubiera pinchado con una aguja o que estuviera encerrada en lo más alto de la más alta torre custodiada por un dragón que escupe fuego. Daba igual porque aparecía el príncipe con su noble corcel y todos sabíamos que iba a haber un final feliz. Sin embargo, ahora que somos mayores, no queremos escuchar cuentos y lo que vemos son programas de televisión que, tienen en su base el amor, pero que nunca acaban con perdices.

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El miércoles acababa la tercera edición de ¿Quién quiere casarse con mi hijo? que, llevado al territorio Disney, es algo así como si al Príncipe Encantador le llevaran frente a un harén compuesto por Blancanieves, Cenicienta y Aurora… pero en versión choni.  Dándole totalmente la vuelta a la tortilla, no son las princesas ahora las que deciden, sino los príncipes y sus madres. ¿Dónde están las madres en los cuentos Disney? No me puedo creer que un personaje que en la cotidianeidad de lugar a tantas confrontaciones, no aparezca mínimamente en los cuentos que a todos nos contaban: ¿era Blancanieves una buena chica y lo suficiente para el príncipe? ¿La Bella Durmiente vivía cerca o la madre del príncipe iba a permitir que su hijo se marchara a la primera de cambio? ¿¡Dónde estaba el conflicto?! Bueno, a lo que iba…

Nos hemos hecho mayores y ya nos da igual un “vivieron felices”, lo que queremos ahora es disfrutar con el cuento. Además, cuanto más atípicos sean los protagonistas, mejor. ¿Para qué vamos a querer a un joven príncipe apuesto, adinerado, respetuoso y educado? ¿O a una princesa de alta cuna y modales envidiables? No, queremos que nos hagan reír y  en esta última edición los responsables del programa lo han llevado al extremo: princesa Barbie choni, hijo homosexual moderno vintage, friki de los peluches con hermano gemelo,… Yo me imagino a un guionista presentando esta historia a los productores de Disney: “No, mira, es que la historia la va a protagonizar un ex militar tirillas que probablemente acabe siendo homosexual y cuya madre se va a convertir en un ídolo de masas porque es una máquina de hacer frases surrealistas”. ¿Disney compraría? No. ¿Lo hace la nueva televisión?

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El final es lo de menos y de ahí esa última opción de “yo he venido aquí a jugar pero me vuelvo a mi casa con mi madre que es la que más me quiere”. Lo importante es el nudo y cuál es límite del surrealismo: me creería más que alguien llevara a una chica en una alfombra voladora a recorrer Arabia que alguna de las situaciones del programa. Lo más interesante de todo es que, el otro día, leía que los concursantes ni son actores ni reciben una nómina por participar en el programa: sólo van por el amor y todo lo que sucede en él es cierto. No quiere esto decir que no haya unos guionistas detrás que vayan dirigiendo un determinado camino o fuercen unas determinadas situaciones, pero sí que, imagino, la espontaneidad de los concursantes es real.

Voy a ir yo también al extremo: ¿y si las princesas Disney tuvieran que hacer un casting y luchar con otras princesas para protagonizar la película y conquistar al príncipe? Blancanieves lanzándole manzanas a Aurora, Fiona rompiéndole los zapatos de cristal a Cenicienta… Sería una absoluta locura maravillosa pero no, no he venido aquí a hablar de eso.

Estamos en una era en que la televisión no hace más que sacar programas cuyo premio final es el amor y, sin embargo, no conozco aún ni una sola pareja que haya conseguido hacer sobrevivir su romance cuando las cámaras se han ido. Esto llegó a su punto más álgido cuando se estrenó Un príncipe para Corina. Ahí, era la princesa quien elegía entre un harem de príncipes pero, antes incluso de llegar la gala final, ya sabíamos quién había sido el elegido… ¡y que ya no seguían juntos! ¿Importó eso a la audiencia? ¡NO! Mi reflexión final es que nos importa un carajo los protagonistas y si acaban encontrando el amor de sus vidas… aquí a quienes todos amamos es a los montadores del programa que hacen un trabajo de humor surrealista excelente. Da igual que nada más fundir a negro todos se tiren los trastos a la cabeza, nosotros ya hemos conseguido nuestro objetivo: disfrutar tanto o más que cuando nos contaban los cuentos.

—Jonathan Espino—

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