Spanish horror story: SAINTS (II)

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I

SEGOVIA, 2010

–          Vamos, será divertido.

–          No, de verdad, vámonos. No quiero entrar.

–          Bueno, si prefieres quedarte aquí sola…

Sandra le llamaba para que volviera pero él no le hacía caso. A sus pies, el abandonado monasterio de El Santo Niño se presentaba tan tétrico como esperaba: ventanas rotas, zonas derruidas,… Bien podría ser el escenario de cualquier película de terror y ella no estaba dispuesta a protagonizar una. Cuando ya perdió de vista a Víctor, decidió sentarse y esperar, pero los nervios la hacían levantarse cada dos por tres y echar un ojo hacia el edificio.

De repente, sonó un grito dentro. Sandra dudó. Sabía lo bromista que era Víctor pero, ¿y si de verdad le había pasado algo? Un grito de nuevo: esta vez con su nombre. Sandra no tuvo más remedio que entrar corriendo. Cuando cruzó la puerta, descubrió que el edificio era mucho peor por dentro que por fuera: las imágenes de los cuadros la miraban, la seguían con sus ojos e incluso, murmuraban a sus espaldas. Gritó el nombre de su novio pero no obtuvo respuesta. Escuchó un alarido y fue en la dirección donde parecía haber alguien. Allí estaba: con la pierna atrapada en el suelo astillado, Víctor sangraba estrepitosamente. Sandra se arrodilló corriendo a su lado. No sabía qué hacer. Intentó levantarlo. Calmarlo. Gritó ayuda. Se quitó la chaqueta y la anudó alrededor de la pierna de Víctor.

– Aquí no hay cobertura. Voy a salir fuera a ver si puedo llamar a alguien.

Pero cuando se giró, escuchó la voz. Una voz infantil que la llamaba. Conocía su nombre. Sabía quién era. Sandra se giró y allí estaba: un niño de túnica blanca, pálido como la cal que la llamaba con la mano. Ella cayó en trance. Apenas se resistió y caminó tras el niño mientras Víctor gritaba a su espalda y veía como su novia se alejaba atraída por algo que él no veía.

Recorriendo los pasillos tras el niño, Sandra ya no sentía miedo. Confiaba en él. El niño se paró y esperó a que ella llegara a su altura. La agarró de la mano y continuaron hasta la pequeña capilla donde se encontraba el cuadro con su imagen. Allí, en el centro de la estancia, se pararon y se miraron mutuamente. El niño posó la mano sobre el vientre de Sandra durante escasos segundos. Después, todo fue sangre.

II

MADRID, 1999

–          ¡No le dejes salir! ¡Tiene que morir! – gritaba Miguel mientras la policía le agarraba por los brazos.

HORAS ANTES

–          Te he visto muerta – susurró Miguel agarrando a María entre sus piernas.

Tapándola la boca, Miguel agarraba a María mientras sostenía un cuchillo.

–          Pero no lo consentiré. Sólo le mataré a él: tú me lo dijiste en el sueño, tú. No puede vivir. Esta maldito.

Miguel levantó el cuchillo mientras de sus ojos brotaban lágrimas. María intentaba impedírselo levantando las manos pero fue imposible. El cuchillo bajó y se hundió en su vientre. Una, dos, tres veces. María gritaba mientras Miguel atestaba una tras otra las cuchilladas en su vientre.

Llenos de sangre llegaron al hospital. Miguel sólo podía pedir a María que no le dejara salir; María sólo podía dejarse morir.

III

SEGOVIA, 1970

Era ya de noche y María no podía pegar ojo. Tras ver a aquel niño caer al vacío, le estaba siendo totalmente imposible mantenerse con los ojos cerrados. Un susurro se coló bajo la puerta. Hizo caso omiso, aunque lo había escuchado perfectamente. El susurro volvió a llamarla y una fuerza hizo a María levantarse y bajar de la cama. Abrió la puerta y al final del oscuro pasillo, el niño de la ventana le incitaba con la mano a ir con él. María negó con la cabeza pero una fuerza superior a ella la hizo caminar hacia él.

El niño se mantenía quieto, expectante. Cuando llegó a su altura, la agarró de la mano y la sonrió. Recorrieron los pasillos mientras las imágenes se giraban a su paso, murmurando cosas ininteligibles. María mantenía la mirada en el frente. Al final del último pasillo, unas puertas gigantes cerraban el paso. Cuando estaban a escasos metros de ellas, éstas se abrieron emitiendo un fuerte chirrido. La capilla se encontraba llena de velas. María y el niño se pararon en el pasillo y el niño le puso la mano en el vientre.

–          Mírame – susurró el niño.

Y cuando María levantó la vista, pudo ver.

IV

SEGOVIA, 1749

En el centro de la misma capilla donde se encontraban María y el niño, una joven monja se encuentra tumbada en el suelo, embarazada, mientras un hombre con sotana blanca la dice que empuje. Ella grita y hace lo que le pide. Tras unos instantes, el lloro del niño inunda la sala. El cura recoge al bebe y lo deja en el suelo sobre una sabana. Se coloca ahora al lado de la mujer y le seca la frente.

–          Lo que has hecho no ha estado bien: es pecado. Y este niño, es el fruto de tu pecado.

Saca un cuchillo de debajo de la sotana y lo hunde entre las costillas de la mujer.

–          No puedo permitir que te mantengas con vida. Y el morirá. Morirá cuando sea lo suficientemente consciente del dolor que se le infringe.

La imagen se diluyó y dio paso a otra. En el mismo lugar, el mismo hombre pero con más canas, sostiene en sus brazos el cuerpo del niño moribundo.

–          En el infierno te reencontrarás con la pecadora de tu madre. Ella emponzoñó su corazón, tu ni siquiera merecías uno.

Mientras el niño grita, el cura hace una hendidura con su cuchillo bajo la axila del niño y extrae su corazón, provocando su muerte.

V

SEGOVIA, 1970

María abrió los ojos conmocionada.

–          Eres joven, aún una niña. Tu pureza ha hecho que puedas verme y tu pureza hará que me devuelvas a la vida para llevar a cabo mi venganza.

El niño apretó la mano y la introdujo en el vientre de María. Ésta, alzó la vista, sorprendida, y pudo ver tras el niño al cura. Intentó pedir ayuda pero, una vez el niño retiró la mano, cayó de espaldas y se levantó sobresaltada en su cama. Asustada, se levantó el camisón y allí estaba: una cicatriz junto a su ombligo que afirmaba que aquello no había sido un sueño.

VI

MADRID, 2003

El niño dormía en su regazo mientras la lluvia seguía golpeando los cristales. El hombre levantó la vista y, en el rectángulo que dibujaba la luna a través de la ventana, ahora se encontraba una mujer que le sonreía.

–          Cariño, despierta – susurró el hombre al niño -. Ha venido tu madre.

El niño abrió los ojos y se desperezó. La mujer se sentó en la cama y metió los dedos entre su pelo. Cogió al niño en brazos y, mientras Miguel miraba entre los barrotes de su ventana, desapareció entre las sombras.

VII

MADRID, 2013

Sandra saltó sobresaltada sobre la cama. Su novio desde la adolescencia dormía apaciblemente a su lado. La noche anterior habían tenido sexo por primera vez y quizás por eso le hubiera venido ese recuerdo a la cabeza. Quedarse embarazada no entraba dentro de sus planes de futuro inmediatos y el miedo había querido que rescatara uno de sus recuerdos más oscuros. Se llevó la mano al vientre. La cicatriz que se situaba junto a su ombligo seguía allí, recordándola que aquello ocurrió de verdad. Se acurruco junto a su chico y se quedó dormida. En la oscuridad, un niño sonreía. Asegurándose de que Sandra estuviera dormida, se colocó a su lado y posó su mano en su vientre.

–          Nos veremos pronto, mamá.

—Jonathan Espino—

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