Spanish horror story: SAINTS (I)

saints

Hoy, Halloween, quiero rendir homenaje a la serie American Horror Story con un relato de terror a su estilo (espero estar a la altura), y a la vez, rendir homenaje a una leyenda que me aterrorizaba cuando iba a los campamentos de niño. Espero hacéroslo pasar aunque sea un poquito mal… ¡y que os quedéis con las ganas de leer mañana el desenlace!

I

Ella me mira. En la oscuridad, mientras duermo. El otro día, desperté y ella estaba sentada en mi cama: el rostro cubierto de arrugas, una nariz huesuda, sin ojos, sin dientes, sin pelo; vestía un traje negro holgado pero era delgada, muy delgada, casi un esqueleto. Miraba al frente, hacia el armario, pero cuando notó que yo me despertaba, se giró en mi dirección. Pude ver sus cuencas vacías, su rostro a la perfección, un rostro que no conozco pero que a la vez guardo en mi subconsciente. ¿No sé si me explico?

–          Sí. Continúe.

MADRID, 2001

Hacía frío. Ella me daba frío. De su boca se descolgaba un hilo de vaho que descendía hacia su pecho. Como le digo, cuando me desperté, ella se giró y puso su mano junto a la mía. Estaba helada. Estaba muerta. Pude sentir que no estaba viva, ya no sólo por su aspecto, sino porque ella me lo dijo, me lo transmitió. Acarició mi mano y, al instante, clavó su uña sobre el dorso de la mía, haciéndome sangrar. Se llevó su otra mano al vientre y este comenzó a crecer. En unos segundos estaba encinta pero, de repente, gritó provocando un enorme estruendo y la tripa se escurrió. Algo gateó por el suelo, pasó por debajo de la cama y se situó en el lateral contrario al que se encontraba ella. Aquel ser emitía un quejido seco, lastimoso, pero no podía verlo: se mantenía bajo la falda de la cama, escondido, temeroso. Cuando volví la vista hacia ella, ya no estaba: había desaparecido.

Sin embargo, al girarme al otro lateral me encontré con el otro ser a un palmo de la cara. Sin piel, su rostro era un lienzo de cicatrices; sus ojos se posaron sobre mí, curiosos. Intenté contener un grito pero no puede. Aún así, éste salió de mi garganta sólo por un instante: la pequeña mano de aquel niño monstruoso se posó sobre mi boca, cortando mis intenciones.

–          ¿Ese niño se parecía a usted?

No, no se parecía en nada a mí pero, como a ella, sabía que lo había visto antes. El niño permaneció unos segundos mirándome, quieto, como si hubiera descubierto algo maravilloso. De repente, se giró hacia su izquierda, hacia la pared que se encuentra frente a mi cama. Allí, un señor de blanco le llamaba para que fuera con él. El niño se negó y eso enfureció al hombre: tirado en el suelo, el niño arañó con sus uñas la superficie mientras aquel hombre lo arrastraba del poco pelo que tenía en la cabellera. Una vez juntos, el hombre obligó al niño a abrazarlo. Ahí fue cuando comenzó el dolor en mi vientre y me desperté sudando.

–          ¿Y ahí acabó todo?

–          No: a la mañana siguiente, descubrí que estaba embarazada.

II

2003

Llovía a cantaros y sólo la oscuridad se extendía al otro lado de la ventana. Temeroso, buscó un punto de luz que lo alejara por un instante de tanta oscuridad. Se fijó en la Luna. Siguió su halo, como atravesaba la ventana y dibujaba un claro en la habitación. Allí, sentado, un niño permanecía quieto, callado: le habían pillado.

–          ¿Tú qué haces aquí otra vez?

–          Me dan miedo las tormentas.

–          Lo sé, pero no puedes escaparte cada vez que hay truenos.

–          Cuéntame un cuento.

–          No, otra vez no.

–          Por favor, sólo por esta noche.

El niño salió corriendo y se metió en la cama. El hombre resopló pero acabó sonriendo.

–          ¿Cuál?

–          Ya sabes cuál.

III

SEGOVIA, 1970

–          Mama, no me quiero quedar.

–          Son sólo tres días, no te va a pasar nada.

–          Tengo miedo…

–          ¡No seas tonta! Si es una leyenda que se que inventan los monitores para asustaros.

–          ¿Me lo juras?

–          Sí, te lo juro, y ahora, corre con todos tus compañeros.

Mientras se alejaba de su madre, María sabía que todo aquello no era una mentira. Otros niños que habían ido años atrás a aquel campamento, aseguraban que por las noches se oían gritos y lamentos. Ella no quería oír hablar más del Santo Niño, ni corazones arrancados ni muertos… pero sabía que no iba a escapar fácilmente.

– ¡Mirad, un niño en la ventana!

María dirigió la mirada hacia donde señalaba su compañero pero allí no había nada. Todos reían pero ella sentía que se le iba a salir el corazón por la boca. Agarró fuertemente las asas de su mochila y se adentró en el monasterio. Aquello era realmente aterrador: los pasillos se perdían en una oscuridad atenuada por velas que hacían con sus reflejos que las imágenes de los cuadros cobraran vida. María siguió a algunos niños que ya estaban siendo dirigidos hacia sus habitaciones y preguntó si podía quedarse ya con alguna de aquellas camas. Tras la afirmación de una de las monitoras, entró en el aposento, tiró la mochila al suelo y se tumbó en la cama. Sus compañeras armaban un barullo tremendo al comienzo pero, pronto, comenzó a atenuarse hasta quedarse en un silencio sepulcral.

María abrió los ojos y no había nadie. Asustada, salió al pasillo y una corriente de aire apagó todas las velas. Decidió que sería mejor no salir: volvería a su cuarto y, desde su ventana, buscaría a sus compañeros. Pero, cuando se giró, un niño de túnica blanca se encontraba sentado en su cama. María pegó su espalda a la pared y, del golpe, el niño levantó la cabeza. Su pechera, ahora visible, tenía un reguero de sangre que se extendía hasta sus pies, donde la túnica pasaba del blanco a un rojo sucio. María no era capaz de articular palabra. El niño se levantó, giró sobre sus talones y abrió la ventana. Se subió al alfeizar y dio la espalda al vacío. Sonrió. Acto seguido, se dejó caer. Ahora sí, María gritó y una de sus compañeras se volvió asustada.

–          Vaya, como hagas esto por la noche nos matas a todas del susto.

Todas rieron pero María no. María sabía que aquello no había sido un sueño: aquello había sido real.

IV

MADRID, 1999

Empapada en sangre, María recorre los pasillos del hospital en camilla. Junto a los médicos que la transportan, se encuentra su marido, Miguel, que corre con ellos también cubierto de sangre. Antes de alejarse de ella, Miguel susurra algo al oído de su esposa:

–          No empujes, cariño. No le dejes salir.

—Jonathan Espino—

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