Sin fama no hay amor, y viceversa

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Querido lector, Mediaset, el eterno antagonista de la pequeña pantalla, nos incita, trata de seducirnos hacia unos contenidos que considera atractivos para el público bajo la premisa del dinamismo en antena, de historias reales ocurridas a gente real. Perdón, ¿real ha dicho? A veces creo que insultar a la audiencia de una forma tan gratuita es excederse en el lenguaje.

Lo hacen llamar amor, y así nos lo venden, lo inyectan en nuestra piel ferozmente, provocando una onda expansiva de analfabetismo y regresión cultural ocultada bajo la temática del puro entretenimiento. Sin embargo, una pregunta inunda mi curiosidad, ¿a qué precio? Si usted es un consumidor de este producto tal vez prefiera continuar con su vida, ajeno a la percepción de un ser cualquiera, desconocido. Puede estar tranquilo, no le perseguiré con un cuchillo noche y día obligándole a seguir leyendo, ese no es mi estilo, yo no soy Vasile. Prometo hablarle de televisión, o de lo que consideran contenido televisivo en la actualidad, muy a mi pesar.

Desde hace ya unos años convivimos con un date show matutino llamado “Mujeres y hombres y viceversa”, donde una serie de personas acuden para encontrar algo que denominan “amor”. Bueno, quien dice amor dice fama, aunque obviamente no van a confesarlo ante toda España, hay que ser sutil, que para algo te va ver la abuela desde el pueblo, alardeando de nieta famosa. Porque es así, y ellos mismos lo reconocen cuando aseguran que van a “vivir la experiencia”. Estimado lector, puede que mi ignorancia  del castellano sea muy palpable en este caso, pero siempre había considerado como “vivir experiencias” a tirarse en paracaídas, viajar a África como voluntario con un fin solidario, o simplemente ir al supermercado en pijama. Pero, ¿amor? Siempre pensé que se trataba de un sentimiento… qué ilusa.

Lo gracioso es que éste no es el único término de dudosa calificación ya que entre los propios personajes que allí se encuentran hay diversos tipos de escalas, y no lo digo por las escaleras donde se sitúan los consejeros que actúan de jurado popular subordinados a la presentadora Emma García (¡Ay Emma, con lo que tú eras!), sino a los llamados “pretendientes” y “tronistas. El acto de denominar a un ser humano como “pretendiente” o “tronista” es algo que, por sí solo, puede acarrear conflicto, pero la devaluación hacia objetos robóticos que éstos sufren me parece abusiva. Sin embargo, ellos son los primeros que lo permiten, por tanto, así les trataremos. A veces me pregunto qué pensarán los familiares de estos objetos, ¿realmente pueden salir a la calle tan serenos, tan tranquilos, después de haber visto cómo su hija, sobrino, hermana, o qué se yo, es tratada (o tratado, no hagamos diferencia de género) como analfabeta, o con la famosa determinación de origen, “microondas”, en un programa de televisión? ¿En qué punto quedan ellos? Y lo más importante ¿Se puede estar orgulloso de ello?

Parece ser que sí, o al menos de ese modo nos lo dejan entrever los propios protagonistas. La dinámica es simple: acuden a la grabación, montan un pequeño teatro mostrando interés hacia un tronista por el que se enfrentarán contoneándose ante la audiencia, y cuyo premio será una cita con éste. Vamos, como la vida misma. Además, éstos firman autógrafos, son deseados por su aspecto físico, realizan tours por las discotecas más famosas del país y, encima, les pagan por ello, ¿qué más puede pedir un veinteañero? ¿Dignidad? No, eso es demasiado. Al fin y al cabo ellos son el producto, y nosotros les compramos, la audiencia les compra, con sus discusiones, sus salidas de tono, y su deliciosa educación. Mediaset es una gran industria en la producción de espectáculos,  son conscientes de ello y tratan de sacarle el máximo beneficio distribuyendo “juguetes” con su etiqueta, la polémica, porque sin ésta su capacidad persuasiva se reduciría hasta puntos cercanos a la quiebra. Este programa se alimenta de ello y lo explota hasta la saciedad, para que sí o sí nos llegue en algún momento, por alguna boca, una breve información sobre el tema, la suficiente. Es entonces cuando la sociedad picará y ellos continuarán su juego, haciéndonos creer en el “amor” televisivo. Sin embargo, no olvidemos que sin demanda no hay producto, y, en definitiva, sin fama no hay amor, y viceversa.

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