Luces encendidas, mentes en blanco

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Se apagan las luces y el proyector vierte las imágenes sobre la pantalla en blanco, donde ya aparecen rostros de actores conocidos. Los últimos murmullos se diluyen y reina el silencio en la sala. Todo está a oscuras menos ese foco de sueños que es la pantalla del cine… Miento. En realidad, el capullo de la fila de delante saca el móvil y comienza a mirar el Whats app. Cinco minutos de película, ¡CINCO!, y ya no hay una luz en la sala sino dos. Diez minutos más tarde, ya son diez. Las que se apagan dan paso a otras para, más tarde, volverse a encender. ¿¡QUÉ NOS ESTÁ PASANDO!?

Llamadme tiquismiquis pero el cine es para ver cine, valga la redundancia. Estamos tan absorbidos por esa minipantalla que somos incapaces de mantener la atención en la otra maxipantalla que tenemos delante. ¡Qué ironía! Comenzamos a sentir tanto mono por estar comunicados todo el rato que no nos permitimos, ni siquiera, el lujo de dejarnos llevar durante dos horas.

Poniéndome yo el primero (aunque no tanto en el cine), el móvil ha llegado a nuestras vidas como el nuevo vehículo de entretenimiento. Además de para tenernos a todos comunicados, los smartphones consiguen paliar el aburrimiento que antes nos acuciaba. Somos la generación del Want it all, want it now que diría Queen: necesitamos tenerlo todo en nuestra mano en el momento para no perder la atención, para no aburrirnos. Y los móviles han conseguido eso: la inmediatez.

Antes, con los ordenadores, la inmediatez era posible pero, siempre y cuando, te encontrarás en casa o tuvieras delante tu portátil. Con los móviles, es tal la sobrecomunicación y sobreinformación que no nos sorprende nada. El hecho de encender tu smartphone y poder ver la noticia que acaba de suceder en Twitter está matando las expectativas hacia los telediarios, por ejemplo. ¿Serán necesarios este tipo de programas una vez la gente mayor, incapaz de manejar estas tecnologías, desaparezca? ¿Para qué necesitaremos los noticieros si tenemos toda la información que queremos, todo lo ampliada que queramos, al alcance de nuestra mano en el momento en que lo deseemos?

Hemos sido abducidos por la tecnología. Sin quererlo ni beberlo, todos hemos evolucionado en ese ser humano de mano cóncava y móvil permanente que necesita de unas determinadas aplicaciones para comunicarse. ¿Para qué llamar a alguien cuando con un “Espero que todo vaya bien” acompañado de un emoticono sonriente te lo ahorras? Hemos llegado a ese punto de “Para qué hablar con alguien si le puedo escribir” y me parece muy triste. Además, como escuchaba el otro día en las noticias, este tipo de aplicaciones ha ocasionado un cambio de comportamiento en la sociedad a la hora de comunicarse: el hecho de escudarse tras una pantalla, a kilómetros de distancia, envalentona al emisor, diciendo cosas que a la cara no diría, ocasionando malentendidos de diversas dimensiones (véase divorcios, discusiones y encontronazos varios).

“El aburrirse se va a acabar”, que dirían en los anuncios de Teletienda. ¿Cuándo se había visto que adultos hechos y derechos se tiraran horas y horas jugando con una maquinita? Estamos ante una nueva sociedad, eso está claro, y que va a ir a mucho peor. Pero, se me ha ocurrido una solución, una forma de acabar con todo este despropósito, con toda esta nueva forma de vivir… Pero, un segundo, que me acaban de mandar un whats app. Ahora os lo cuento.

—Jonathan Espino—

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