3 rounds and a sound

Acababa de llegar de un viaje genial y sucedió que mi amiga Libe entró en mi habitación a preguntarme cosas, a mirar mis fotos y a reír conmigo. Me robó el ordenador y me recomendó un grupo que acababa de conocer. Y empezó a sonar aquella canción. Fue como si de repente la conociese desde siempre y fuese la banda sonora póstuma de aquel viaje. De no ser porque hace más de un lustro que no soy capaz de llorar, me hubiese ahogado en sollozos.

La canción ya la teníamos. Lo único de lo que tenía que percatarme es de que también tenía los tres círculos. Concéntricos además.

El primer círculo era el eterno peso de lo que no tenemos con nosotros. De lo que se ha ido para no volver, de la sobria intimidad de los recuerdos que no se quieren borrar, de lo que requerimos para el día a día y no podemos alcanzar. De los lugares a los que hemos viajado y jamás volveremos por mantener el recuerdo limpio. De las llamadas perdidas y de las agujas que nunca conseguimos enhebrar. Ese peso que es a nuestras vidas lo que la piedra a Sísifo, lo que el invierno a Perséfone, lo que el broche a Edipo. La piedra angular del sufrimiento que se camufla detrás de las venas, que se enquista en las profundidades, en los sitios donde el bisturí nunca puede llegar.

Los efectos del primer círculo deben de ser similares a las causas que llevan a algunas personas a llorar únicamente bajo la ducha, para que nadie, ni siquiera ellos mismos, puedan sentir las lágrimas tibias haciendo carreras de sus mejillas hacia abajo. Y los resultados son como los de ese tipo de fuego que no deja vivas ni sus propias cenizas.

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El segundo círculo era el sonido. El de las sábanas que se roban los que no caben bien en una cama o los que no se conforman con el calor del cuerpo que duerme al lado. O el del mensaje que llega en mitad de la noche y tiene la propiedad de iluminar el rostro más lúgubre del mundo. El sonido de las canciones que nos prohibimos después de una época feliz porque fueron ellas quienes ponían letra a esa felicidad. El ruido de las canciones que nos prohibimos después de una época triste porque eran ellas quienes encarnaban esa tristeza. El sonido de las voces que se encargan de poner luz a nuestros días. El sonido de los vagones en los que entramos, el del crujir de las hojas secas bajo nuestros pies, de las voces que olvidamos para no herirnos más.

O, en sentido contrario, y provocando el mismo efecto, el del silencio. El silencio de después de quemar las sábanas, que no es igual con cualquiera. El silencio que se puede tocar y morder porque es él quien construye los muros y los abismos. El silencio de las cosas que queremos enterrar y que siempre florecen, aunque siempre mustias, como cargadas de una tristeza impropia de su naturaleza. El silencio que empapa los polvos que vienen después de haber encontrado y haber perdido a un amor eterno. El silencio de las personas que no necesitan manifestarse para estar presentes.

La marca del segundo círculo era como el viento que te empuja en dirección contraria, que te seca los ojos y te impide ver bien.

El tercer círculo es la sombra y el efecto de los anteriores. Son todos esos factores devastadores, trenzándose y revolviéndose. Los sonidos, los recuerdos y los fantasmas que forman otro círculo, el círculo perfecto de una cuerda que nos pasa por el esófago y por la nuca. Esa cuerda que una mano invisible cuelga de un poste alto y sobre la que nos dejamos caer sin apenas ser conscientes de lo que conlleva.

A partir de entonces, sólo podemos intentar sobrevivir. Mejor o peor, eso es elección de cada uno. Y hay cuerdas de la que no podemos desprendernos jamás, por más empeño que le pongamos.

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Y de fondo siempre suena una canción, aquel día fue la que antes os contaba, otros días suena un ritmo enloquecido, pero ahora suena esta. Cada fibra de la soga tiene un verso de ésta grabado con el fuego del primer círculo y extendido con el viento del segundo. Y tiene el sabor a salitre de las lágrimas que se derraman silenciosas en los conciertos a los que vamos con quienes no queremos a escuchar canciones que nos tenemos prohibidas.

Estefanía Ramos

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