Ciudadano Hearst

Este verano un servidor ha estado recorriendo las mediterráneas tierras del estado de California. Uno de los principales reclamos es el Big Sur. Se trata de una carretera que va por la costa desde Los Ángeles a la ciudad de San Francisco, y posiblemente podamos considerarla uno de los puntos más turísticos. Ha servido de fuente de inspiración para multitud de cineastas, fotógrafos y pintores que lo han retratado en diversas obras. Bien, pues allí encontré toda una curiosidad bastante controvertida.

¿Quién no ha visto Ciudadano Kane (Orson Welles-1941)? Puede que sea una de las obras maestras del cine realizado en Estados Unidos, y puede que esté entre las diez mejores si tenemos en cuenta toda la producción cinematográfica mundial. En ella se nos cuentan la triste historia de un magnate de la industria periodística llamado Charles Foster Kane. Parafraseando a Jesús Hermida, se dice… se comenta… que Welles se inspiró en un personaje real para crear a su mítico personaje. Ese no es otro que William Randolph Hearst, que puede ser considerado por méritos propios como el primer magnate de los medios de comunicación. Los paralelismos entre ambos son diversos, pero no nos adentraremos en esos territorios dignos de ser todo un reportaje en Videodromo, pero si os diremos como breve apunte que Hearst luchó con uñas y dientes porque no se estrenara el film.

Pero vayamos al principio de todo. Nuestro amigo William nació en San Francisco. Creció, se casó, tuvo prole y profesionalmente llegó a tener un total de veintiocho cabeceras de circulación nacional. También se hizo con empresas editoriales diversas, emisoras de radio y revistas como Cosmopolitan. Vamos, apuesto mi mano derecha a que en el fondo Pedro Jota Ramírez le admira profundamente. Fue el padre de la prensa amarilla y de la manipulación mediática. Puede que su lema fuera: “no dejes que la verdad te arruine una buena noticia”. Para que os hagáis una idea de hasta donde llegaba la cosa, nuestro querido y estimado Paco Maruhenda -director de La Razón– lo podemos considerar un aprendiz barato de este magnate norteamericano. Se dice, se comenta en los mentideros de la historia que fue la mano negra que estuvo detrás de la Guerra entre España y los Estados Unidos de América en 1898. Pero insisto eso es otra historia.

Poco a poco el chico de San Francisco amasó una fortuna. Su vida está plagada de ambiciones y extravagancias. Esto fue así hasta tal punto que con la calderilla que le sobraba decidió construirse una casita de verano al estilo de la Presley. El lugar escogido fue una colina que está en la localidad de San Simeon, un pueblecito situado en el Big Sur equidistante tanto de San Francisco como de los Ángeles, puedes tardar en coche a cualquiera de las dos ciudades como unas cuatro horas. Cuenta la leyenda urbana que en uno de sus múltiples paseos por dicho accidente geográfico, conocido por los lugareños como “La Colina Encantada” decidió construir allí El castillo de Hearst (Hearst Castle). Es, sin temor a exagerar, una de las principales atracciones del turismo interior para todos aquellos que recorren esta preciosa carretera costera. Hasta el punto que viene referenciado en las guías turísticas. Así que convencí a mis compañeros de viaje ir a verlo, llevado por el morbo cinematográfico y periodístico.

La piscina del Castillo de Hearst

Dicen que desde la cima de La Colina Encantada, si la niebla lo permite, se puede ver el Océano Pacífico. El palacio es un derroche a todas luces, posee 56 habitaciones, 61 baños y 19 salones, a los que debemos sumar diversos jardines interiores y exteriores, unas piscinas, pistas de tenis, un cine e incluso un aeródromo. En su momento álgido llegó a tener hasta un zoo con leones, osos polares, etc., pero en la actualidad solamente pueden verse en sus extensas tierras algunas cebras y otros animales exóticos. Hearst Corporation en 1957 donó el chalecillo de verano del magnate al estado de California. Estos lo catalogaron de Edificio Histórico Nacional. ¡Alto, alto, alto! A ver. ¿Tan poca o nula historia poseen los norteamericanos que catalogan de bien nacional? ¿Puede que posean pocos edificios realmente históricos? ¿Les merece la pena exaltar la figura de un manipulador? Bien, pues al parecer, sí que resulta bastante rentable.  El estado de California que piensa en la salud monetaria maltrecha de los turistas nacionales y extranjeros te ofrece cuatro tours básicos al módico precio de 25 dólares del ala con una duración de 40 minutos en los que sólo podrás ver una pequeña parte de estos 160 km². Otra cosa es si llegado el momento uno está dispuesto a pagar por entrar y ver este palacete veraniego.

El turista al comprar su entrada puede optar entre el “Grand Rooms Tour” que te da acceso a visitar los salones de la planta baja del palacio. El “Upstairs Suites Tour”, por su parte, te da derecho sólo a ver las habitaciones de la primera planta, la sala de invitados, el cine, el refectorio, la sala de billar y la habitación de desayuno. ¿Que tenemos el día cotilla subidito? pues te haces “Cottages & Kitchen Tour” y te darás un paseo por la cocina (con su nevera industrial, que no falte), la casita de invitados, y andando que se quita el frío. Un poco más caro es el “Evening Tour”, sus 36 dólares te llevarán por lo mejorcito de la Casa, algunos de los salones del piso de arriba y un paseo al atardecer por los jardines. Que ya os digo yo lo que podréis ver si vais en verano: niebla, niebla, y más niebla (porque no decir algo peor ya que esto es una web familiar).

Ahora, que lo pienso. ¿Cómo una familia se puede costear una visita de este calado? Pongámonos en el mejor de los casos. Matrimonio con un churumbel, son 25+25+12, total 62 dólares, más como te pida tu marido un capuccino, y tu niño un pretzel, te sale la tarde por unos 80 dólares, porque no te querrás tu quedar sin tomar nada mientras el resto se toma su snack favorito. ¡Ah! Y a la salida, ¡cómo no! Tienes la consabida tienda de recuerdos repleta de chuches a cual más horroroso. Allí podrás encontrar desde sudaderas y camisetas, pasando por vajilla y cubertería con el logo familiar, botellas de vino, aceite de oliva cultivado en el sagrado lugar o menaje casero diverso. Así que como tengas la brillante idea de comprar alguna de estas cosillas, seguro que tu visita a la casita de verano de Mr. Hearst te sale por más de 100 dólares, eso sí, sin contar los impuestos. Que estos norteamericanos siempre dan los precios libres de impuestos y propinas, ya sabéis.

Al parecer, la persona encargada de poner el precio a los tours de visita de la casita de Hearst no se paró un segundo a pensar que por veinte dólares entro durante 7 días al Parque Nacional de Yosemite, por 31 euros visito el sustancioso y jugoso contenido del Museo Egipcio del Cairo durante todo un día día, y si estoy en París puedo visitar la colección permanente del Louvre por  11,00 eurillos. Esa persona no tuvo tiene sentido de la equidad.  Obviamente, tras la sorpresa que supuso llegar a la taquilla, ver los precios y cotejar con lo que nos daban a cambio, fue dura la decisión pero dejé aparcada a un lado toda mi cinefilia y compulsión periodística.  Es un auténtico timo, así que no pagamos por visitar un monumento al exceso, horterada y al mal gusto. Posiblemente sea equiparable en cierta medida al Palacio de Achileon, la residencia de verano de Sissí (en efecto, la famosa emperatriz) en Corfú. En ese caso si entré porque la turistada te salía más barata (7 €) y te echabas unas risas a costa de la realeza austriaca.

Todo ello me lleva a preguntarme si la persona encargada de poner el precio a la vista del castillo de Hearst (Hearst Castle) lo puso tan caro para que el turista piense que va a ver algo imprescindible, algo grande e importante. Ya sabéis las leyes del mercado, lo bienes más preciados casi siempre poseen los precios más altos. ¿Alguien ha visto un BMW a bajo precio? Pensemos por ejemplo en el London Eye, la noria a la ribera del río Támesis, el viajecito de treinta minutos cuesta 19,20 euros, los cromos salen un poco caros ¿o no? O por ejemplo disfrutar de unos breves minutos en el Skydeck de la Torre Sears en Chicago te sale por 23,50 dólares, porque es tan grande la cola que no puedes estar más de un par de minutos en el saliente vertiginoso. Los españoles somos tontos. Visitar los Salones Oficiales, La Galería de Pinturas (guiada, ojo), la Farmacia y Real Armería del Palacio Real de Madrid cuesta tan sólo 11 euros. Visitar la Casa del Labrador y el Museo de Falúas Reales son tan sólo 9 euros. Todo ello me lleva a pensar que dado el éxito que poseen propuestas tan locas como El Castillo de Hearst o el London Eye, puede que estemos haciendo el primo y que debamos subir las tarifas para visitar nuestro patrimonio histórico y así le otorgaríamos la importancia debida a nuestros lugares más históricos y turísticos ¿o no?

-Alfredo Manteca-.

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