Viaje sin retorno

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Querido lector, en esta última semana un vídeo llegó a mi vida por casualidad, un vídeo que me hizo recordar historias que conocí meses atrás, y gracias a él decidí que la entrada de esta semana se convirtiese en una historia recreada de una realidad multitudinaria existente nuestro país. Unos con más suerte, otros con menos, pero todos con el mismo objetivo. Espero que la disfrute.

“Las vestimentas veraniegas pedían paso a la invernal con el fin de adueñarse del mayor espacio en la maleta, era poca, escasa, pero la suficiente para el momento. Restaban apenas dos horas para que el autobús comenzase su andadura camino Estocolmo y los nervios se hacían cada vez más palpables en el rostro de Fran, agitado, emocionado, triste aunque alegre sobre una balanza desequilibrada conforme avanzaban los minutos. Numerosas personas se acercaban a él para preguntarle si lo tenía todo preparado, si necesitaba ayuda o, simplemente, si podían permanecer junto a él durante los últimos minutos en territorio sueco.

Fran siempre ha detestado las despedidas pero en esta ocasión no se veía capaz de negárselo a nadie. Han sido tantos los momentos vividos en el pequeño hostal que aquellos extraños que conoció año y medio atrás, se habían convertido en su segunda familia, su apoyo en los momentos de bajón. Caminan por la calle pero su cabeza se encuentra evadida hacia cientos de recuerdos: la llegada, el primer trabajo, la primera fiesta… sin embargo no es momento para ello, lo sabe y trata de disfrutar esos últimos minutos. Ya en la estación, el autobús ubicado en la dársena 34 le obliga a precipitar la despedida. Tal vez sea mejor, piensa, sólo así la dureza del instante podrá reducirse, o eso trata de creer. Una nube de tristeza inunda al grupo, es una práctica habitual despedir a la gente que, nómada, va y viene por el hostal, dejando una pequeña huella en el lugar. Sin embargo, en esta ocasión todo es diferente, no se trata de un ser que ha convivido con ellos durante unas breves semanas, o unos pocos meses, Fran es ya parte de esa pequeña gran familia, es un miembro honorario que dice adiós, sin saber si alguna vez volverán a verle. Todos prometen viajar a España para visitarle, tienen planes de futuro juntos,  pero no siempre es posible, tal vez nunca lo sea aunque traten de mentirse por una esperanza conjunta. Las lágrimas comienzan a traspasar las gafas de sol tintadas de varios de los asistentes. Entre ellos Peter, su gran apoyo; llegaron prácticamente el mismo día, juntos han compartido la mayor parte del tiempo y, ahora, sólo les queda la resignación de continuar sus aventuras a través de una pantalla de ordenador. No obstante, Fran ha de subir al autobús aunque se resista a dejarles en tierra. Lena le agarra del brazo tratando de arañar unos pequeños segundos, tenía que ser ella, sólo ella, aun así, ha de avanzar y proseguir en su camino. Esta es la última mirada cómplice que habrá entre ambos, ante el frío sueco, ante el grupo, ante sus vidas. Así lo han decidido.

Los minutos se convierten en horas dentro del autobús, pensando en el pasado y futuro. El balance ha sido tan positivo que la emoción le inunda, ¿o tal vez sea la tristeza? Se prometió a sí mismo no derramar una lágrima como ya hizo hace año y medio atrás, en cambio, otra vez, no puede cumplir su promesa. Llegó con un billete de ida que sólo él conocía, haciendo creer a su familia que regresaría a España en unas semanas, que se marchaba a Suecia con el fin de perfeccionar su inglés. Sabía que no sería así pero no quería mostrar la evidencia de que la crisis económica había podido con él. Su licenciatura en ingeniería industrial parecía caducada, absurda, desechada por toda empresa, y optó por emigrar al norte de Europa creyendo que su destino cambiaría, trabajando noche y día en diversos hostales a cambio de alojamiento y comida. La situación inicial fue más dura de lo que pudiese haber imaginado en un principio, pero debía ser así, el tiempo le haría acomodarse en un país ajeno y completamente opuesto al suyo. Por suerte estaban ellos, la nueva familia nómada que acababa de conocer, ahí, con el fin de hacerle más llevadera la estancia antes de ahorrar el dinero suficiente para volver a España. Al fin lo había conseguido y, como prometió a sus padres cuando se enteraron de que aquel viaje era sin retorno, volvía a casa.

El aeropuerto de la capital no había cambiado, se mostraba igual a su llegada, con la misma sala de recreativos de sonido penetrante y repetitivo, tal como él recordaba. Tenía que embarcar, abandonaba Suecia, dejaba atrás su nueva vida para volver a su originaria, sin saber cómo retomarla. Las fronteras territoriales que internet había eliminado parecían recobrar vida de repente, temía el regreso, tal vez quedarse hubiese sido una opción más segura, más prometedora para un futuro lleno de incertidumbre en su país natal. Sin embargo, su padre estaba enfermo y el sentimiento de culpa por permanecer lejos era mayor que el simple hecho de sobrevivir, necesitaba verle, quería volver. La contraposición de sentimientos era cada vez más evidente y, como por arte de magia, Fran ya estaba acomodado en el avión que le devolvería a la realidad. Dormir parecía la opción más  práctica durante el viaje, aunque no le era posible. Y allí estuvo, observando las nubes, recorriendo con la mirada el territorio que dejaba atrás, el país que le acogió. Tal vez él también fuese un nómada, ahí lo comprendió.

En el otro lado de Madrid, Rosalía, la madre de Fran, se vestía para acudir a su cita más importante de los últimos años, el regreso de su pequeño. Llevaban una eternidad sin verse, o así lo creía ella. Necesitaba tocarle para saber que estaba bien, no se fiaba de una cámara de ordenador pixelada que dejaba entrever el rostro de su hijo, tenía que comprobarlo por sí misma. Salió de casa apresurada, ganando la partida al tiempo, casi al tiempo que Fran cogía el avión en Estocolmo. No le importaba, quería estar allí la primera para abalanzarse a éste nada más se abriese la puerta de llegadas. El metro de la capital madrileña parecía ser demasiado lento, no avanzaba, se quedaba atascado en cada una de las estaciones, generándole una mayor incertidumbre sobre si llegaría a tiempo. Estaba feliz, repleta de ilusión, emocionada hasta ese punto que sólo una madre puede sentir. Llega a Barajas y espera, queda media hora para que el vuelo tome tierra.

Las maletas parecían no querer salir por la cinta y Fran, comenzaba a agitarse. Ya había tocado suelo español y a su alrededor un idioma que parecía haber quedado reducido al ámbito de los pensamientos se disponía como habitual entre la multitud. Estaba en casa pero no podía creerlo, necesitaba algo más para confirmarlo. Al fondo, su equipaje comienza a salir y se abalanza acelerado hacia él, deseando salir de aquel lugar. Extiende el asa y comienza su camino, cada vez a mayor velocidad, sonriendo, emocionado, viviendo el presente, volviendo al presente. La puerta automática realiza su trabajo y se abre, ahí está, ahí están. Rosalía corre hacia él; éste, feliz, no puede evitar las lágrimas. Ambos lloran. Al fin pueden verse, tocarse, madre e hijo están juntos en un mismo espacio-tiempo tras año y medio, de nuevo. El tiempo parece haber desaparecido, está en casa”.

— Miriam Puelles —

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