Canción triste de Hill Street

El mal. Siempre acechándonos detrás de cada esquina, debajo de nuestras camas, mezclándose con el vapor de nuestras cocinas, durmiendo con nosotros. Hasta en la sopa. Es más fácil encontrarlo a él que encontrarte a un niño probando la capacidad amortiguadora de un sofá en Ikea.

Está ahí y nuestra obligación como humanos es tener muy en cuenta su presencia todopoderosa y, si la vista te alcanza, saber reconocerlo. Por otro lado, y teniendo en cuenta que a veces el mal es bonico a la vista, no dejarnos seducir por él también estaría bien. Bailar un poco con él, rozarle las mejillas con las pestañas, hacerle cosquillas por el cuello, pero separarse cuando sea necesario antes de provocar una catástrofe. Y a veces incluso el roce es absolutamente prescindible.

Como os decía, el mal está en todos lados. Y sabe hablar. Por la radio a veces lo entrevistan. Estaba esta mañana escuchando música y absorta en diversos temas, con la cabeza enfrente de la pantalla del ordenador, cuando, en mi salto de una pestaña a otra me encontré una acalorada polémica en Twitter relacionada con las brillantes declaraciones del Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, acerca de la tesitura que el Cine español trata de afrontar actualmente. Y bueno, al leer las noticias, la sangre de mis venas se convirtió en veneno y mi existencia y mi instinto homicida fueron todo uno. Una prueba evidente de que hay males de tal calibre que consiguen  que nosotros mismos seamos el mal.

cristobal-montoro

Esas pequeñas cosas.

Una estudia una carrera con la esperanza de crecer personal y profesionalmente en un entorno que cada vez se parecerá más a lo que finalmente terminará siendo su vida cuando el terremoto de los veinte años pase. Eso me vendieron antes de entrar en la carrera. Digamos que ahora el panorama ahora es algo diferente. Se encuentra una con que esto no era el paraíso prometido y que, en materia política, las cosas no iban a hacer más que empeorar.  Así es que una se cae de la cama, se pone a hacer cosas productivas y se encuentra con declaraciones como esta. Entonces se vuelve a confirmar: el mal no conoce límites, ni rostros, ni cargos pagados por el pueblo.

No sólo basta con echar un poco la vista atrás y hacer memoria de algunos de los títulos del Cine que se ha hecho en nuestro país para arrebatarle por completo la razón a los comentarios de este señor, sino también es un ejercicio necesario tomar conciencia (una vez más) acerca de qué tipo de personas toman decisiones en nuestro nombre. El mal. Volando libremente, esquivando con destreza las goteras del Congreso y tumbando las piernas sobre las mesas del Senado.

9445_625x346

Se me ocurren otras formas perversas que el mal encuentra para encarnarse. No sé, los autobuseros que ponen radios  de sevillanas a un volumen ilícito en trayectos de larga duración, los profesores que no enseñan nada, el sistema operativo Blackberry o los familiares que te preguntan para cuándo un novio formal. Estamos tan expuestos al mal que el milagro es que no estallemos en un momento comprendido entre nuestros cinco y nuestros quince años en lugar de acostumbrarnos a vivir con él.

No obstante, aún nos quedan cosas buenas. Me consta. Bueno, por lo menos a mí me quedan bastantes cosas buenas. Cada vez menos amigos en el país, eso sí, pero a fin de cuentas están. Y un conjunto de viñetas cómicas en forma de libros o pegadas a las paredes de mi habitación para hacerme sentir un poco viva. Y unos fines de semana espectaculares. Uno puede ser feliz dentro de toda esta mierda, supongo. Y, cuando la marea baja, siempre puede recurrir a todo aquello que le haga sentir bien sin dañar a nadie. Cosas básicas, de las que se aprenden en casa a los cuatro años.

Siempre hay una lista, a veces más gruesa, a veces más escueta, de cosas que van a impulsar nuestra felicidad. Todos la tenemos, y conviene no olvidarla. Especialmente cuando suena el despertador un lunes a las ocho y únicamente puedes pensar en el abismo insalvable que te separa del viernes por la tarde. Ahí hace falta esa lista. Y cuando dan las dos y estás comiendo lejos de tu familia o de tus amigos, en la sordidez de tu oficina. Nos hace falta tener presentes las cosas que nos hacen felices para repeler al mal. Que se nos acercará igualmente, claro, pero seremos más fuertes.

snoopy1_thumb[2]

El otro día, mientras me dedicaba a responder correos, y mientras me planteaba la cantidad de males que pululan por el mundo a primera hora de la mañana, recordé el discurso que en mi graduación hizo el profesor al que habíamos invitado. Algunos lo conocéis, por lo menos de haber leído algo suyo por aquí. José Cabeza, el que había sido nuestro profesor de Información Audiovisual y con quien más o menos todos habíamos tenido una relación simpática, nos iba a dedicar una última clase magistral.

En el discurso, él hablaba de la ilusión. Del camino que nos esperaba detrás de aquellas becas grises que nos iban a colocar sobre los hombros minutos después. Nos alentaba a no dejar nunca de intentar llegar a nuestros objetivos, aunque al final se fuesen modificando. Nos decía que íbamos a fracasar, pero que no nos preocupásemos, que le pasa a todo el mundo. Sobre todo, nos animaba a no soltar nunca nuestro arco, a no abandonarnos jamás. Me siguen conmoviendo sus palabras. Me acordé de ellas porque en ese momento me estaba invadiendo un mal humor que, previsiblemente, después me iba a conducir a unas ganas locas de mandar a la mierda lo que estaba haciendo. Largarme a mi pueblo a hacer punto de cruz. Casarme con el hombre de Atapuerca. No sé, algo que no fuese el ordenador, el escritorio y el patio interior al que miraba cuando me quería distraer.

Así es que pensé en ese discurso. En él, el profesor mencionaba una serie que veía de pequeño llamada Canción triste de Hill Street. Dijo que recordaba cuando el sargento de policía (la serie se centraba en una comisaría y en el transcurrir cotidiano de sus jornadas) les encomendaba tareas a su tropel de policías, y, cuando ellos estaban recogiendo para irse, largarse a hacer su trabajo y a seguir con su vida, levantaba la voz y les decía “Tened cuidado ahí fuera“. Él mismo dijo que le recordaba mucho a los finales de las clases, cuando nosotros queríamos huir a cualquier precio del aula y recrearnos en nuestro mundo. El final de las clases.

Yo ahora me lo planteo como el principio de todos mis días. Como una especie de autoadvertencia con la voz de José Cabeza en el papel de sargento. Como si me estuviese advirtiendo de que el mal está ahí, de que puede que encienda la radio y lo encuentre incrustado en unas declaraciones de un cargo público o dentro de los acordes de una canción de Pablo Alborán. No importa, está ahí. Tan oculto que a veces petrifica a los sentidos cuando se manifiesta. Está ahí, y hay que tener cuidado. Porque esta mañana fue Montoro, pero puede que mañana por la mañana sea algo mucho menos tangible. Y entonces, tendré que volver a sacar la lista de las cosas buenas de la que os hablaba antes.

Estefanía Ramos

Anuncios