El arte de insultar

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Querido lector, me temo que en esta ocasión el asunto a tratar es peliagudo, curioso incluso. Mi objetivo es hablarle de las distintas posibilidades que nuestro querido idioma nos ofrece y, por ello, existe algo fundamental a tener en cuenta, un elemento que es utilizado por los españoles hasta la saciedad, un signo de identidad. En efecto, me refiero al arte de insultar. Ese común acto que se postula como un cotidiano y que genera connotaciones y denotaciones (todo junto, ¿por qué no?) destinadas como mínimo al estudio. Al existir una gran amplitud de términos he optado por clasificarlos según su nivel de intensidad:

1-      El insulto infantil: Cuando un niño viene a este mundo la mayor preocupación de los padres es tratar que éste hable de un modo correcto y viva ajeno al vocabulario cotidiano/vulgar que nuestra lengua presenta. Por ello en vez de “mierda” insisten en enseñarle “caca”, más fácil de recordar, de menor nivel de intensidad, y mismo significado. En el peor de los casos los progenitores se abalanzan a las orejas de éstos con el fin de tapárselas a modo de auricular “¡No escuches esto!”, aunque realmente sea imposible pues sólo se está prolongando una evidencia futura. ¿Qué sería del español sin palabras malsonantes? Nada.

En definitiva, y volviendo al tema en cuestión, en estos primeros años de edad el uso de palabras menores provocan insultos de lo más curiosos. Por ejemplo, ¿nadie recuerda estar en el colegio y llamar a alguien “cara tortilla” o “tonto del culo”? Lo más gracioso es que nos creíamos las personas más malvadas del universo y casi te ruborizabas al emplear estos términos tan valientes y malsonantes. El problema es que, claro, cada familia es un mundo, y en unas los niños vivían con auriculares permanentes pero en otras no. Y éstos, precisamente éstos, eran los encargados de enseñarte esos vocablos que cambiarían tu percepción del insulto o, incluso, de la vida.

Sin embargo, si este hecho se convertía en habitual o, simplemente, se manifestaba, siempre aparecía la figura del profesor para amenazarte con un parte o, en el peor de los casos, un parte de expulsión. ¡Esos sí que eran temidos! Cuando eran pronunciados toda la clase exclamaba un ¡Ooooh! Al tiempo que nuestros ojos se abrían como platos. Realmente alarmante.

2-      El insulto auxiliar: Una vez ya crecidos y aprendidos en su mayoría (o totalidad), su incorporación frecuente se termina manifestando hasta llegar al uso por el uso, es decir, la utilización de mínimo uno por frase como muletilla o insulto auxiliar. Los más frecuentes a utilizar son “joder”, “coño” (también sus derivados “cony” en catalán o “cona” en gallego) y el famoso “hostia” vasco. ¿Quién no ha comenzado una frase con uno de éstos? El problema es que su práctica habitual no ha hecho sino decrecer su valor insultante hasta quedar relegado en un escalón bajo, frecuente, carente de importancia o relevancia para el destinatario.

3-      El insulto cariñoso: Es aquel empleado en relaciones de amistad o amorosas. El porqué de las dos es sencillo: a veces los adjetivos cuya finalidad es alagar son difíciles de expresar. Por ello, como buenos españoles, preferimos decir “¡Ay, qué bobo/a eres!” a “Tu personalidad irradia simpatía hacia mi persona a pesar de vacilarme constantemente, pero gracias”. Somos así, siempre con excepciones, pero en su gran mayoría la población opta por la frase corta.

4-      El insulto deportivo: Este, el más común entre el género masculino y con un destinatario seguro, fijo, irremediablemente único. Sin duda, y como habrá podido intuir, hablo el árbitro. Da igual el tipo de deporte que estemos visualizando, éste personaje siempre será el recaudador del mayor número de palabras malsonantes en un breve periodo de tiempo. Quien gane o pierda es un bien menor, nunca llueve a gusto de todos y el árbitro nunca pasa desapercibido a partir del dicho. Además, esta categoría supone un plus de importancia ya que la furia española se desata y, tanto la madre como los familiares de este, son los más recordados. Véase “¡Subnormal, borracho, me voy a cagar en tu puta madre como vuelvas a pitar falta!” o “¡Arbitro, sé dónde vives gilipollas!”, por ejemplo (la infinidad de combinaciones genera que estos dos ejemplos se queden cortos o no precisos para usted. Pero insisto, existen cientos).

5-      “Hijo de puta”: Ligándolo con la categoría anterior, y como cumbre, cima o éxtasis del insulto español, esta unión de palabras son las más características con la denominación de herida eterna. Si observamos bien, las consecuencias de su pronunciación han podido llevar a peleas o incluso denuncias con juicios infinitos. “¡Con mi madre no metas!” a modo de respuesta generalizada, y consecuente puñetazo posterior, son las derivaciones de este término. ¿Por qué el oficio más longevo del mundo está tan mal considerado? Pensarán algunos. ¿Tal vez la comparación con el insulto sea el causante de esta respuesta por inercia? Quién sabe, muchas posibilidades nos ofrece. En cambio, si lo empleas, te arriesgas a alguna de las conclusiones expuestas.

Y así termino, querido lector, pues si tuviese que hablarle en su total magnitud de los diversos tipos de palabras malsonantes que nuestro idioma posee usted hoy no cenaba. Al fin y al cabo si por algo es rico nuestro idioma es por ello, estemos orgullosos o no. Feliz semana.

— Miriam Puelles —

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