Eraserjäger

Madrid entero está revolucionado con la llegada de David Lynch a España. El festival Rizoma, apostando una vez más por el cine que no se ve en mi pueblo, nos trae esta vez una edición exclusivamente dedicada al peculiar director de tupé canoso y filmografía inexplicable.

David-Lynch-1Maldito Lynch. La primera vez que vi Eraserhead tuve que parar la película unas tres veces para recomponerme, ingerir alimentos, bebidas o diazepanes, y seguir con ella. Era la primera vez en mi vida de cinéfaga que me sucedía aquello, y yo no sabía si reír o saltar por la ventana. Porque nadie me había avisado de la naturaleza de la película y porque quince años no es edad para deglutir fotogramas de Lynch. De la segunda vez que la vi se desprendió una anécdota que no puedo contar porque sé que algunos de mis familiares y conocidos pasan por aquí de vez en cuando.

Sea como sea, el caso es que Cabeza Borradora dejó en mi mente quinceañera un sesgo, de tal modo que mis neuronas se habían quedado pegadas al techo de mi cerebro y, tiritando, me decían que no querían volver a bajar, que ahí estaban bien. Y ahí se quedaron un par de días, teniendo pesadillas por las noches y removiéndose, mientras me punzaban el cráneo. Las muy idiotas se habían acojonado y yo en las siguientes semanas decidí apaciguarlas viendo Carretera Perdida. Terapia de choque. Y así hasta que me enamoré de Lynch y enloquecí con sus canas y su aspecto de no querer ni un solo amigo en la vida.

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Cabeza borradora. Yo me imaginaba una película del tipo Memento o algo similar. Algo, en cualquier caso, relacionado con la pérdida de memoria por motivos meramente fisiológicos. Pero bueno, me encontré un melón sin abrir y tardé algo de tiempo en hacer la digestión. Y pensaba, al mismo tiempo, que qué diablos iba a poder olvidar yo alguna vez, si recordaba con detalles exactos la mayor parte de hechos sucedidos a lo largo de un año entero. Esa prodigiosa memoria mía para recordar datos irrelevantes y dudar siempre (hasta este año, ya no se me olvida jamás) el día exacto del cumpleaños de mi santo padre.

Pues sí, señores, se pueden olvidar cosas. Y no es tan difícil como pueda parecer en un principio. Por el módico precio de 12€ puedes olvidar todo aquello que quieras (y probablemente también otras cosas que no pretendas olvidar). La solución se llama Jägermeister y se la recetaré  a partir de ahora a cualquier persona que venga a contarme sucesos trágicos que se precien. La cantidad a ingerir irá en proporción del nivel de desolación.

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Digo esto porque, durante estos últimos meses, he llevado a cabo un estudio de campo al respecto. La ingesta de Jäger, en mayor o menor medida, conlleva pérdidas de la memoria a corto plazo. Podría relatar sucesos para ilustrar lo que digo, pero prefiero quedar en mal lugar a la hora de documentar con anécdotas bizarras que contarlas y salir en las páginas de sucesos.

En cualquier caso, me pregunto si el Jägermeister, esa especie de droga líquida que te ofrecen en cristal frío y a menudo mezclas con bebidas revitalizantes, estará presente en la vida de tanta gente todos los sábados de sus calendrarios. Yendo más allá, me pregunto si, de ser así, en un par de años estaremos ante una generación completamente ajena a los recuerdos de los fines de semana a partir de cierta hora.

Como estoy plenamente convencida de que a la larga el Jägermeister puede causar estragos algo mayores que el resto de bebidas alcohólicas, con unos efectos psíquicos devastadores, mi pregunta es si esto tendrá su parte buena. Me explico. Muy probablemente, la mayoría de los artistas más geniales hayan consumido drogas en algún momento de su etapa creativa. Incluido Lynch. De lo contrario, no me explico ciertas cosas. Asimismo, mi eterna cuestión es si acaso esta generación de bebedores a todo trance entre cuya multitud camino no dará lugar a grandes obras maestras (comprensibles o no) de la talla de Cabeza Borradora, Los idiotas o El Cavernícola.

Apuntaré sólo una anécdota. Tras un fin de semana en el que no tuve que experimentar ningún tipo de experiencia esperpéntica para llegar a casa (salvando el hecho de que al quitarme las lentillas me percaté de que éstas habían adquirido un extraño y precioso color morado), decidí dedicar el domingo a retozar con Alf (mi nuevo y amado sofá) mientras comía pasta, leía libros, escuchaba música, o tranquilizaba a mi madre, alarmada tras escuchar mi chirriante y afónica voz al otro lado del teléfono. Llegadas las nueve de la noche, me digné a encender el ordenador y a comprobar las actualizaciones de las redes sociales. Me percaté de que uno de mis amigos me había enviado una petición para un sorteo de 100 botellas de Brugal Suspiro. Y yo acepté el reto de mandarlo a varios contactos míos para participar en ese concurso. Que aborrezco el ron desde la última nochebuena y que ni siquiera sabría dónde meter 100 botellas de ese elixir hipocalórico, pero allá fui. Entre la selección de afortunados a los que envié el concurso, se encontraban dos amigas que me hicieron llegar sus opiniones al respecto. Una de ellas me preguntaba si era consciente de la degradación a la que estamos sometidas, que a ninguna de las dos nos gusta el ron y que participábamos en ese concurso únicamente por probar, y si nos regalaban las botellas qué hacíamos (probablemente olvidaríamos nuestro odio y beberíamos). Otra, mi compañera de piso, estaba en mitad de un atasco al entrar en Madrid. Llegaba después de una boda en Alicante, y se había pasado el día entero (era su cumpleaños) maldiciendo una y mil veces el ron y el resto de alcoholes ingeridos la anterior noche. Con veintitantos años y una resaca como un piano, se armó de valor para preguntarme cómo se me ocurría mandarle un concurso de esas características sabiendo el estado en que se encontraba. Mi respuesta fue que soy a las mentes privilegiadas lo que mi hermano a la antipatía.

Teniendo en cuenta todo esto, sólo espero que en algún momento de sus vidas mis familiares no tengan que bajar la cabeza cada vez que menciono levemente las palabras mágicas: “salir de fiesta” debido a que, gracias a eso, haya conseguido hacer algo de provecho (y creativo) en mi vida. Entonces habrá merecido la degradación cirrótica a la que he sometido a mi hígado, y habrán merecido todos esos trayectos en forma de “ese” hasta la cerradura de las casas. Algo bueno tendrá que tener todo esto.

Estefanía Ramos

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