History repeating

Shirley Bassey

Me confunden por la calle con mi padre. No os hablo de conocidos o gente con la que tengamos poco contacto, no: hablo de que mis propios amigos me han llegado a confundir con mi padre y viceversa. Esto me lleva pasando unos cuantos años en los que, quitando a mi madre y mi abuela materna, todos corroboran el hecho de nuestro gran parecido. Yo no tengo mayor problema puesto que mi padre es un tío con buen porte y guapete, y además que yo le quiero un montón, pero, el otro día, ya me tocaron la fibra cuando un viejo amigo de mi padre saco a relucir nuestro parecido PERO alegando que mi padre era ¡mucho! más guapo que yo a su edad. Intenté quitar hierro al asunto pero, en vista de que el señor no se bajaba del carro y seguía repitiéndomelo, la cruz acabó por clavárseme por duplicado como a Mario en la canción de Mecano: una en la frente y otra en el corazón.

No quiere esto decir que no me parezca a mi padre (tampoco que el señor tuviera razón, cuidado), pero, ¿por qué nos gusta tanto sacar parecidos a la gente? Es más que evidente que me parezco a él, puesto que tenemos los mismos genes y, al haber crecido junto a él, incluso los mismos gustos. Sin embargo, a la gente que nos rodea le gusta recordárnoslo (una y otra vez, aunque sea en un mismo día…), como si nosotros no fuéramos conscientes y ellos hubieran hecho el gran descubrimiento que cambiaría nuestras vidas.

De todas maneras, sobre todo, a la gente mayor les encanta eso de “de tal palo, tal astilla”. ¡Es una cosa que les chifla! Y es que es algo que, yo creo, les ha inculcado… Sálvame: una descendencia que siga una cánones. Me refiero a eso de “si tu padre es torero, tú, torero”. Pero no por el hecho de seguir una tradición familiar, ¡qué va!: la razón secreta detrás de todo esto es el poder comparar luego las fotografías y exclamar eso de “mírale, igualito que su padre” aunque el niño sea rubio y el padre sea moreno ya les sacaran su parecido en el lóbulo de las orejas.

Esta práctica no sólo acontece entre los mayores de los pueblos. En el panorama musical, por ejemplo, son muy dados a seguir esta constante. Su mayor afán es encontrar a alguien… ¡que recuerde a alguien que ya ha triunfado! ¿Para qué vamos a buscar a alguien original? ¡Encontremos a la nueva Adele! Y no, no es fortuito que mencione a Adele: como sabéis (y si no lo sabéis, ya os lo digo), soy muy fan de los talent shows tipo X Factor porque me parece una buena forma de no escuchar siempre a los mismos cantantes y descubrir voces nuevas; pues bien, de unos años para acá (no muchos puesto que la muchacha no tiene una larga trayectoria musical aún) siempre aparecen un par de chiquillas que quieren cantar como ella… ¡y lo consiguen! De verdad que sí. Un poquito más grave o un poquito más agudo, pero consiguen mantener ese deje que tiene Adele y que la ha catapultado a la fama. Un ejemplo:

Es muy poco probable que alguien triunfe con una nueva fórmula: Justin Timberlake copia a Michael Jackson, Auryn a One Direction (y a su vez, a los Backstreet Boys), y Lady Gaga, Britney Spears, Rihanna, y un largo etcétera copian a Madonna. Ya está todo inventado y, aunque se reformulen las fórmulas (valga la redundancia), todos sabemos que esto es cierto: llegará un cantante original que triunfará y, a su paso, saldrán veinte, con mayor o menor, éxito que lo imiten. ¿O es que nadie se acuerda de Jamelia, la réplica de Beyoncé?

Siguiendo mi teoría anterior… ¿mi padre es Madonna y yo soy Lady Gaga? Llevamos el pelo parecido, vestimos parecido, jugamos los dos al tenis, somos los dos igual de payasos,… Venga, señora, dígamelo: ¡Igualito que tu padre! Pues igual sí, oye… A ver si aprenden las estrellas a reconocer sus orígenes…

Jonathan Espino—

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