El hombre GQ

Me gustan las revistas masculinas. Me parece casi un insulto que determinados títulos de revistas como Esquire o GQ estén enteramente dedicada a hombres. Creo que la sociedad ganaría muchísimo si esas temáticas se generalizaran y no pasaran únicamente a estar destinadas a equis sexo. Es tarde, faltan horas escasas para que se publique este artículo y no voy a entrar en debates sobre sexismo y otros males de la Sociedad.

Al hilo de lo anterior, me identifico mucho más con las temáticas que se dan en Esquire que con las de Harper’s Bazaar o Elle. Presumo, a menudo, de no haber comprado jamás una revista del tipo Cosmopolitan. Probablemente eso tenga algo que ver con que tengo la sensación de que de un tiempo a esta parte tengo en el cuerpo más testosterona que estrógenos. Sea como sea, es algo que me tiene completamente sin cuidado. A fin de cuentas, una lee lo que le da la gana, adora a quien le da la gana y se va de copas con quienes le da gana. Es así.

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A lo que iba, que me desvío: que me gusta leer cierto tipo de revistas masculinas, pero hay algo en esos títulos que no soporto. Es algo que me inunda las venas de veneno, veneno que corre a 120 km/h y que me sale por los ojos, por la nariz, y hasta por las uñas. Este algo es el camino a seguir para ser el prototipo de hombre perfecto. No lo soporto. Y, honestamente, creo que la mayor parte de sus lectores, de estar en sus cabales, tampoco lo agradecen demasiado. Supongo que esto responde a una intención ambiciosa de fijar en la masculinidad los contenidos de la revista. Licenciados en Periodismo y articulistas freelance procedentes de cualquier titulación ajena a las carreras de Ciencias de la Comunicación tienen la receta perfecta para hacer que seas el hombre perfecto.

En GQ, por ejemplo, parece ser que la panacea de la masculinidad, el Adonis que todas las mujeres deseamos, es Ryan Gosling. Ryan Gosling. Un señor ojijunto, rubio, con rasgos femeninos, al que no le queda bien la barba ni la ausencia de ésta, cara de no tomar nunca zumo de naranja y que aparece en sus fotos de estudio con camisetas que desafían las isobaras. Ese es el modelo de hombre perfecto según deduzco de la ojeada a esta revista. Un señor que, en el mejor de los casos, podría ser Joaquín Reyes en un Celebrities.

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En cualquier caso, parece ser que esto funciona. Da para bromitas entre los redactores y, según compruebo, la gente sigue la corriente a este tipo de cosas. Un motivo más por el que me hubiese encantado ser un dinosaurio en lugar de una persona. Pero bueno. La única realidad es que me ha tocado ser una muchacha en un mundo en el que otras muchachas, por razones que intuyo pero que no por ello dejan de sorprenderme, adoran a hombres como este señor.

Entonces empiezo a pensar detenidamente en ciertas cosas. Es verdad que nunca me han gustado los hombres que a todo el mundo le han gustado. Yo puedo entender que a ciertas mujeres les atraiga Diego Luna. Vale. Ernesto Alterio. Vale. Julio José Iglesias. No vale, pero hago el esfuerzo. En cambio, yo no puedo ponerme en la piel de esas muchachas, sean de la edad que sean, porque a mi primer amor platónico lo conocí con tres años y fue el tío de mi mejor amiga, dos años menor que mi padre, cuya novia, años después, antes de casarse me pidió permiso para efectuar el matrimonio con él. No puedo ponerme en la piel de esas mujeres porque era demasiado pequeña cuando me planteé la primera vez la idea de matrimonio, y fue con Sabina y no con Enrique Iglesias. Quien me conoce, sabe que no miento. Me cuesta entender el género femenino porque yo siempre he caminado un poco al margen de lo que el resto de mujeres querían en sus vidas.Y, cuando con quince años, mis amigas pensaban en cómo serían sus maridos, yo sólo quería a un Al Pacino en mi vida destrozándolo todo como en la secuencia final de Scarface.

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A lo largo de estos años, he pensado en el origen de todo esto. Porque algún germen tiene que haber. Y creo haber dado en el clavo. Los dos principales referentes masculinos en mi vida jamás podrían ser hombres GQ. Así es, mi abuelo y mi padre nunca serían objeto de culto en este tipo de publicaciones masculinas, porque ambos tienen manos descomunales, encalladas y una talla que pasa de la 40. Conducen coches de gama media, nunca han llevado un reloj de plata y no pronuncian las eses finales. No les gusta el fútbol, a uno le gustan las novelas del Oeste y la política y otro detesta la política y las novelas. Los he visto salir de casa mucho antes del amanecer y volver cuando la noche ya estaba bien entrada empapados en sudor. No van a misa, ni les interesa lo más mínimo cualquier ceremonia solemne, y son lo más parecido a unos superhéroes que he visto en mi vida. Estoy muy feliz de que así sea.

Asimismo, la influencia que éstos han tenido en mi, ha sido mucho más poderosa de lo que en principio llegaba a imaginar. Supongo que no soy la única muchacha a la que le pasa esto.

No me gusta el prototipo de hombre GQ. Me gustan las revistas masculinas, me gustan los hombres con barba y con apariencia de hombres, no de bailarinas de ballet. Valoro mucho que la masculinidad de los hombres tenga más que ver con valores morales que con posturas sociales. No me interesan los hombres que presumen de saber fumar puros, igual que no me interesan las mujeres que presumen de saber llevar tacones. Me interesan los hombres a los que les da igual conducir una cosechadora que un Mercedes Benz clase E,  porque tienen la misma elegancia en ambas ocasiones.

Me gusta el hombre como persona. Como conversador. Como cómplice de silencio. Asumo que uno de mis momentos preferidos del mes es sentarme en el coche de mi padre cuando me recoge en la estación y disfrutar de la música sin necesidad de que ninguno de los dos abra la boca. Algo que con cualquier otra persona resultaría violento.

Me gusta el hombre como Louis CK, un cómico que lucha por cuidar lo mejor posible de sus hijas, hacer su trabajo como cómico, enfrentar las situaciones ridículas que le suceden lo mejor que puede y encontrarse un hueco en el mercado sentimental. En ese mismo orden. Un tipo serio. Alguien a quien le importan más sus hijas que las mujeres que han pasado por su cama desde que se divorciara. Un tipo con valor disfrazado de cobarde.

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Y yo a la vida sólo le pido que de vez en cuando me envíe personas así para no perder la esperanza en la humanidad.

Estefanía Ramos

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