¡El nuevo teatro! (ahora, en 3D)

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Hoy no me puedo levantar ha vuelto. El musical de Nacho Cano que años atrás nos hizo disfrutar con las conocidas canciones del grupo Mecano regresa a la Gran Vía con la misma historia, los mismos personajes y las mismas canciones, pero modernizado. ¿Y a qué me refiero con “modernizado” si, en apariencia, todo es igual?

Los avances tecnológicos se están apoderando de las artes y, como era de esperar, el teatro no ha sido menos. El musical deja atrás los decorados para dar paso a unas megapantallas que dejan en el olvido el cartón piedra al que estamos acostumbrados. Ahora, las camas con las que arranca el musical, no ascienden desde el suelo por trampillas, sino que, tras un increíble espectáculo que juega con el 3D, descienden del techo con distintas bailarinas colgadas de ellas.

No, no he visto aún el nuevo musical, por lo que el fin de esta entrada no es juzgar si la obra se ha visto beneficiada con esta modernización, sino el de juzgar si se está perdiendo la esencia: ¿es realmente necesario esas pantallas de 200 metros cuadrados para hacer que la gente compre, de nuevo, una entrada? Pues sí, probablemente, sí.

Cada vez más, el público exige un valor añadido, algo que le haga saber que su entrada va a ser amortizada. Da igual que volvamos a escuchar las mismas canciones, interpretadas por los mismos personajes (ahora con actores más conocidos como reclamo… pero eso me daría para otra entrada…), introducidas en la misma historia. Da igual. Los productores nos ofrecen ya no una obra de teatro que juega con la nostalgia (que también), sino un espectáculo bigger than life que atraiga, no sólo a aquellos enamorados de los ochenta y de las canciones del grupo español, sino a aquellos que quieran alucinar con los avances que se han llegado a conseguir.

Lo mismo que está ocurriendo en el cine: lo último, el reestreno en salas de Parque Jurásico, ahora en 3D. ¿Hay acaso ahora mayor reclamo que el “ahora en 3D”? Una cinta tan sublime y espectacular en su época (e, incluso en la actualidad) como fue la de Steven Spielberg, probablemente no sea lo suficientemente espectacular para atraer al nuevo público que ya no ve con los mismos ojos a esos dinosaurios que maravillaron veinte años atrás. Ahora, sí el dinosaurio no te despeina el flequillo al expirar con la nariz, no estás contento.

¡Cuidado! No quiere esto decir que yo sea contrario al 3D pero, ¿realmente la tecnología nos está trayendo mejor cine? Es evidente que hubiera sido imposible disfrutar del universo de Avatar hace veinte años pero ¿cautivaría ahora del mismo modo E.T o Los Gremlins, teniendo en cuenta que, lo más probable, es que estuvieran hechos por ordenador? Aunque la tecnología presta una mayor posibilidad de maravillar al público a la hora de crear fantasías, también crea, a mi parecer, una cierta distancia. Sí, antes sabíamos que E.T era un muñeco pero ese muñeco tenía vida. Ahora, hemos perdido la magia a favor de una mayor verosimilitud (que, en ocasiones, es más falsa que el primitivo cartón piedra).

Yoda

Hay un ejemplo muy acertado para demostrar la evolución de la que estoy hablando: el paso del Yoda del 1980 al del 2005.

La pregunta es: ¿hace falta que Meryl Streep me llore encima en Los puentes de Madison 3D? No, no hace falta. Entonces, y vuelvo al principio, ¿es necesario que un musical que ya nos tiene ganados por el factor nostalgia se rodee de tanta parafernalia para volver a cautivarnos? La respuesta a esta pregunta es mucho más compleja que a la primera puesto que, en la obra, nos ayuda a sumergirnos en lo espectacular de las coreografías… pero, espera, ¿es que las coreografías no eran suficientemente espectaculares? Sí… ¿Es que la gente no se emocionaba, pasando de la risa al llanto, y coreando las canciones desde los primeros acordes? Sí… ¿Entonces?

Esta entrada tiene en su origen un miedo del abajo firmante: la desaparición del teatro para dar paso a un híbrido de actores representando frente a unas pantallas que hagan las veces de decorado. Sería imposible que obras como Los Miserables o La Bella y la Bestia nos dejaran con la boca abierta si lo que estamos viendo es una filmación. El público (o al menos, eso creo) no busca lo que puede encontrar cualquier domingo poniéndose tras unas gafas tridimensionales; el público busca el espectáculo de la tramoya, de ver como un decorado, de primeras inmóvil, comienza a moverse, a iluminarse, llegando incluso a desaparecer para dar paso a otro distinto y mucho más espectacular que el anterior. Eso es el teatro. Lo otro… Lo otro lo pueden poner bajo el mismo nombre pero no es ni mucho menos “Teatro”.

—Jonathan Espino—

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