Al otro lado (LOS JUEGOS DEL VERANO III)

images

I

“Bienvenida a La casa de tus sueños”, le dije a Paula mientras le retiraba las manos de los ojos: a nuestros pies se extendía un extenso jardín que daba paso a un gran casa de tres plantas. Paula, incrédula, se giró y me miró a los ojos, dudando de lo que le estaba diciendo; pero, tras un leve asentimiento por mi parte, se tiró a mis brazos.

– Qué raro…

– ¿El qué? – la pregunté desprendiéndome de sus brazos y mirando en la misma dirección que ella.

– Nuestro vecino. Le he saludado pero no se ha movido.

– Ah, sí: es nuestro casero. Es un viejo policía retirado. Por lo visto, mataron a su hijo hace unos quince años y, desde entonces, vive aquí recluido. Fue quien me dio las llaves, aunque tampoco conseguí que mediáramos muchas palabras… Todo me lo contó aquella señora.

Dos casas más abajo, la señora Rosa interrumpía sus quehaceres para saludarnos fervientemente. Tras responderla, aunque no con tanta efusividad, le ofrecí a Paula un tour por la casa, a lo que ella respondió adentrándose en sus profundidades, arrancando una carrera. Fui tras ella pero no parecía necesitar mi ayuda: examinaba cada palmo de cada estancia apenas sin parpadear, aún sin dar crédito de que aquella casa sería nuestro hogar por muchos años… O eso creíamos por aquel entonces.

Paula se volcó en cuerpo y alma en que aquella casa fuera lo más acogedora posible y lo consiguió: un par de meses más tarde, la casa cobró vida. El primer día que tuvimos calefacción decidimos pasar nuestra primera noche allí. La casa aún estaba fría pero las ganas de Paula y cuatro o cinco mantas nos facilitaron el trance.

Dicen que es muy difícil dormir la primera noche que pasas en una casa extraña pero ese no era el caso de Paula: al poco de acurrucarnos en la cama, cayó rendida, llevada por la ilusión y la tranquilidad de, por fin, poder dormida en su propia casa. Sin embargo, yo conté la una, las dos y las tres pero el insomnio parecía decidido a no abandonarme aquella noche. Me levanté de la cama, intentando no hacer ruido, pero todas las maderas de la casa me delataron. Paula se removió en la cama pero no hizo intención de querer despegarse de la almohada. Bajé las escaleras con la idea de que un vaso de leche podría ayudarme a conciliar el sueño cuando algo en el salón llamó mi atención: un correteo.

El escalofrío me recorrió la espalda y me fue levantando hasta el último de los pelos de mi cuerpo. Me quedé quieto, a la espera de que aquel ruido se repitiera, pero no se oyó nada. Me encaminé a la cocina y abrí la nevera en busca de leche. Cogí la botella y, al cerrar la puerta, el niño estaba allí, a mi lado, mirándome con esos ojos negros. Solté la botella, que cayó al suelo con un ruido seco y, preso del pánico, noté como de mi garganta salía un grito grave, que me provocó un fuerte dolor en el pecho, y me hizo desmallarme.

Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la cara de Paula bañada en lágrimas.

– ¿Estás bien? ¿Estás bien? – repetía con voz entrecortada.

– Sí, sí, no sé qué ha pasado… Había un niño…

– ¿Un niño? Marcos, voy a llamar a una ambulancia…

– No, no, de verdad, me encuentro bien. Habrá sido el insomnio que me ha jugado una mala pasada. O a lo mejor estaba dormido y he bajado hasta aquí sonámbulo… pero parecía tan real…

– Llamo a una ambulancia – zanjó Paula cogiendo el teléfono.

– Que no, Paula, que no. Vamos a la cama y si mañana me encuentro mal, nos acercamos al hospital.

No muy convencida y tras tres intentos más de llamar a una ambulancia, Paula acabó por acompañarme a la cama aunque no pegamos ojo en toda la noche: ella sin quitarme ojo de encima, preocupada porque me pasara algo; y yo, recordando aquellos ojos negros.

II

La visita del niño se repitió dos noches más: primero, a los pies de la cama, provocando que despertara a Paula de los chillidos, y la segunda, de nuevo en el salón. Por las mañanas, todo se mantenía en calma, salvo por un leve murmullo de lo que parecían las cañerías tras el armario de nuestra habitación. Aquella tarde, teníamos cita con el médico, pues Paula no quería esperar ni un minuto más para saber que me pasaba.

En la consulta, el médico nos miró de un modo extraño al contarle las alucinaciones que yo había tenido las tres noches anteriores. Reticente, nos mandó las pruebas pertinentes que me realizarían dos días más tarde.

En el coche, de vuelta a casa, Paula estaba muy callada pero no paraba de mirarme de reojo. Sabía que estaba preocupada pero poco podía hacer por tranquilizarla mientras aquel niño siguiera apareciendo en mis noches. Entrabamos en el entramado de casas que componía nuestro barrio cuando Paula por fin me habló:

– ¿Sabes que te quiero, verdad? ¿Y que confió en ti?

– Paula…

– Si tienes algo que contarme…

Pero no pudo acabar la frase: un niño de ojos negros se puso delante del coche, haciéndonos cambiar de rumbo y chocar contra el árbol que se encontraba frente a nuestra casa.

III

¿Hay alguien ahí?, pregunté sin recibir respuesta. El armario respiraba y me devolvía lo que parecía una ligera risita, un atisbo de que alguien más se encontraba al otro lado de la puerta. Repetí mi pregunta. Mentiría si dijera que no me tembló la voz. Acojonado hasta la médula, posé mi mano sobre el manillar mientras el murmullo al otro lado crecía, transformándose en una especie de grito ahogado cada vez más agudo. A medida que este crecía, el corazón me latía con más fuerza, y el temblor de mi cuerpo recibía la llegada de ligeros escalofríos que recorrían mi cuerpo como culebras.

 Sin pensar, sin apenas ser consciente de que fuera probable que al otro lado se encontrara mi final, abrí la puerta de un fuerte tirón para descubrir que no había nadie en su interior. Nada. Sólo mi ropa. Pero sabía que había escuchado algo. Miré y volví a mirar entre los abrigos colgados pero allí no había nadie. O eso creía: nada más cerrar la puerta y girar sobre mis talones, un susurro recorrió mi nuca para depositarse en mi oído, dejándome sin aliento.
Me volví loco: más rápido incluso que la vez anterior, abrí las puertas del armario y tiré al suelo todo lo que se encontraba en su interior hasta dejarlo vacío. Vacío, sin rastro de nada humano. Nada ni nadie que pudiera haber proferido aquellos sonidos. Me resbalaban lágrimas que mezclaban terror y frustración cuando lo volví a escuchar, esta vez mucho más claro: alguien se encontraba tras el armario. Pero era imposible: estaba pegado a la pared.
Di un golpe sobre la superficie del mueble que más próxima se encontraba a la pared y posé la oreja sobre ella a la espera de una respuesta. Nada. Esperé pero sólo el silencio parecía llegar. Repetí la acción, esta vez más fuerte y repitiendo mi pregunta inicial: “¿Hay alguien ahí?”. Acto seguido, posé la oreja de nuevo. Esta vez, un leve murmullo, más cercano al tránsito de un hormiguero, sonó al otro lado. Me acerqué todo lo posible y contuve la respiración para que nada dificultara la recepción de cualquier sonido.

 De repente, un golpe fuerte me tiró de espaldas: alguien aporreaba la superficie desde el otro lado, clamando ayuda. Su voz era infantil aunque, teniendo en cuenta el grosor de la madera y el estado de pánico de aquella persona, podría no ser un niño, sino alguien dejándose el alma en el intento de ser rescatado.

Tras unos segundos en los que el pánico me dejó bloqueado, salí disparado hacía el armario con la intención de romper la madera y sacar a aquella persona que se hallaba atrapada. Pero, cuando comencé a aporrear la superficie para romperla, al otro lado se hizo el silencio. Comprendí el temor que se habría apoderado de la otra persona así que no paré en mi intento de llegar al otro lado.

 Era un mueble viejo por lo que, al quinto puñetazo, la madera comenzó a ceder. Unos golpes más y el agujero fue lo suficientemente grande para poder mirar al otro lado. Asomé la cabeza a una estancia oscura, no muy grande y en la que reinaba un fuerte olor a putrefacción. No veía nada así que agarré mi móvil y lo puse en modo linterna para comprobar el por qué de ese olor: en el suelo, tendidos en fila, varios cuerpos en descomposición se amontonaban. Frenéticamente, moví el móvil en todas direcciones hasta que pude contar ocho cuerpos. Sin embargo, no fueron ellos los que me quitaron la respiración: en el medio de la estancia, de pie y mirándome, un niño desnudo me miraba, quieto, inmóvil. Le miré a los ojos, grandes y negros, y él miro al suelo, casi temeroso.

En un parpadeo, el niño levantó la cabeza y comenzó a andar hacia mí. De repente, el resto de cuerpos comenzaron a temblar. Mirara donde mirase, todos los cuerpos se sacudían y proferían alaridos. Cuando volví a mirar al niño estaba justo delante mía. Casi podría haber rozado mi nariz con la suya cuando, muy rápidamente, agarró mi cara con sus manos y gritó tan fuerte que comencé a sentir un dolor en los oídos. De un empujón, me despegué y caí de espaldas de nuevo a la habitación mientras veía como las manos salían del agujero del armario. Desorientado, corrí escaleras abajo y salí de la casa. Mi coche humeaba estrellado contra el árbol del jardín ante lo que parecía un accidente que yo no recordaba. Desde la casa de en frente, me devolvía la mirada el casero que siempre parecía estar espiándonos a mí y a mi… ¿PAULA? ¿DÓNDE ESTABA PAULA? Dentro del coche, pude ver su cuerpo inerte, lleno de cristales.
No entendía nada y lloré, me dejé caer y me puse las manos sobre la cara… Y entonces es cuando vi la sangre en mis manos… Y recordé.

IV

Andaba por las calles con sangre en las manos. La euforia por la victoria me duró escasos minutos: los minutos que tardaron en sonar las sirenas de las ambulancias. Entonces, la culpa comenzó a devorarme y me llevé las manos a la cara, cubriéndomela parcialmente del rojo de mis manos. Sin embargo, ese sentimiento llevó a otro: la ira. Corrí a casa y entré en la red: necesitaba otros objetivos que me hicieran olvidarme de Curro; su muerte no podía ser en vano.

En los tres días siguientes, llevé a cabo cuatro nuevas misiones que me hicieron posicionarme en lo más alto del ranking y quería creer que había olvidado el haber llevado a cabo el asesinato de mi mejor amigo a sangre fría pero, aquella tarde, la de su entierro, cuando frente a mi casa pude ver como aquel agente de policía lloraba la pérdida de su hijo, noté como se me rompía el alma.

Pasé días encerrado en la habitación. Mis padres no sabían qué decirme, qué hacer para devolverme la vitalidad, hasta que decidieron que lo mejor sería cambiar de aires, mudarnos y dejar todo atrás: creían que me había afectado el descubrir que mi amigo Curro era un asesino y el no poder encontrar respuestas tras su muerte. Nada más lejos de la realidad.

Con los años, el ancla de la culpa fue ejerciendo menos fuerza hasta que olvidé. Todos olvidamos. O creemos olvidar. Hasta que una tarde, quince años más tarde, fui a recoger unas llaves de la que sería La casa de mis sueños…

V

Abrí los ojos y el cañón de la escopeta me apuntaba a escasos milímetros.

– Tu lo mataste.

– Llame a una ambulancia, por favor – rogué entre lágrimas.

Con el cañón de la escopeta, el hombre me hizo alzar la vista pero no pude mirarle a los ojos.

– Tu lo mataste – repitió el hombre.

– Yo no he matado a…

No pude acabar la frase. El hombre me golpeó con la culata y perdí de nuevo el conocimiento. Cuando desperté, estaba dentro del agujero, con los cuerpos en descomposición. Al otro lado, el hombre corría el armario, dejándome atrapado. Desde la abertura que minutos atrás había hecho, podía ver la cara del hombre.

– No lo quería creer, Marcos. De verdad que no. Apenas te reconocí cuando viniste a por las llaves. No fue hasta un día que vino la señora Rosa a verme, asustada por los gritos que escuchó en vuestra casa un par de noches. Me contó que se había acercado a vuestra casa y os había oído hablar sobre las apariciones de un niño de grandes ojos negros. Entonces, até cabos: tus miradas de culpa el día del entierro de Curro, el no querer salir de tu casa, tu desaparición al cabo de unos meses junto a tu familia,… Confíesa – me inquirió entre lágrimas -, fuiste tú.

Me desmoroné y apenas pude proferir palabra. Sólo levanté la mirada durante dos segundos, los suficientes para que aquel hombre asintiera, se alejara del agujero y, al poco, lo tapara con una tabla. Desde el otro lado, sólo añadió:

– Quince años creyendo que mi hijo era un asesino. Ahora sufrirás en silencio, lo que yo he sufrido.

Oí sus pasos alejarse y, al instante, el murmullo creció. Cerré los ojos y me llevé las manos a la cara. Noté como otras manos me las retiraban: Curro me miraba a escasos centímetros con una mirada vidriosa. De repente, gritó y yo grité junto a él, y sentí todo el dolor que había causado aquel juego de niños.

Si queréis saber más sobre este Juego de niños, pinchad aquí. O si lo que queréis es leer los desenlaces alternativos que han ofrecido los lectores, pinchad aquí.

Jonathan Espino—

Anuncios