El color púrpura

Me vais a perdonar por todo esto. La vida cambia, las cosas cambian y las mudanzas nos cambian.

Hace unos meses, yo vivía en un acogedor ático de Plaza de España que, dicho sea de paso, siempre estaba hecho un desastre. Incluso mi habitación, que siempre procuraba mantener limpia y en orden salvo casos de fuerza mayor, estaba a menudo impregnada del olor a desorden del resto de la casa. Era feliz. No digo que ahora no lo sea, pero durante el año de Plaza de España fui rabiosamente feliz, estuve viva por encima de mis posibilidades y encaraba a los problemas con una fuerza moral que mucha gente envidiaba; y cuando una deja de vivir eso el resto de cosas desmerecen un poco. No creo demasiado en la suerte, y lo digo con tono dudoso porque fue entrar a vivir en ese piso y volverse toda la suerte a mi favor. Conocí a gente espectacular, hice locuras que ni en mis delirios más sangrantes hubiese imaginado, tenía una cama de matrimonio, una habitación con vistas a la sierra madrileña y a las viejas cúpulas de la Estación del Norte, un armario gigantesco y una terraza con vistas geniales. Entendí que mi felicidad estaba en el lado opuesto a Fuenlabrada, me enamoré por primera vez en mi vida (y probablemente por última) y conseguí que gran parte de mi familia viniera a visitarme un fin de semana entero. Salí de fiesta muchísimo, entraba en unas temibles espirales de irrealidad cada viernes al mediodía y salía de ellas el lunes al despertar, a veces me permitía prolongarlas hasta el martes. Salía a cenar para celebrar las derrotas y me rompía las medias siempre que podía. Peleaba con la Policía, veía cómo mis noches se llenaban de ambulancias y de fuerzas de seguridad mientras apuraba los últimos culos de las botellas. Al final, sin yo proponérmelo, vivía cosas que no pueden ser descritas y ser creíbles al mismo tiempo. Incluso hubo un tiempo en que temí que mis compañeros de piso y yo, siempre todos en el mismo ajo, fuésemos punto del orden del día en alguna de las circulares que se enviaban por la comunidad.

Hueco de una escalera

La vida era intensa. A veces triste, pero menos triste porque a fin de cuentas estaba allí, en aquella habitación blanca, durmiendo en una confortable y antiquísima cama, confundiendo los viernes con nochebuenas y los domingos con días de luto oficial. No miento si afirmo que fue el año más intenso de los que llevo vividos, y eso que el 2008 fue de traca.

Luego llegaron las maletas, las graduaciones y las llaves por estrenar. Y otro piso, con otra gente, lejos de las cúpulas desconchadas de Príncipe Pío y del indeseable de mi antiguo portero. Yo seguía como si tal cosa, haciendo de la vida una especie de intrincado laberinto de propósitos de alma violenta y espíritu débil. Y mientras tanto, escribía. Escribía para este blog, concretamente. Lo primero que escribí después de abandonar Plaza de España fue un texto sobre la felicidad. Lo escribí desde mi pueblo, desde la comodidad que proporciona tener a tu padre al lado enredando con el móvil y tu madre enfrente haciendo crucigramas. Ese texto tenía el tono amable de las paredes de mi casa, gozaba de la calidez de la voz de mis familiares y de la vivacidad de la risa de mis primos pequeños.  Y quedó bonito al parecer, o por lo menos los lectores quedaron satisfechos, del mismo modo que quedo satisfecha yo cuando me vuelvo de mi pueblo.

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A partir de ahí, sólo recuerdo haberme sentado a escribir en mitad de una tempestad de recuerdos y una serie de proyectos que parecían no arrancar jamás. Escribí sobre canciones geniales, rescaté líneas del polvo y valoré la originalidad del ser humano en verano. Me sentaba a escribir siempre de día, y siempre se me hacía de noche mientras mis líneas no avanzaban. Bebía, salía de noche, comía poco y me duchaba mucho. Llegaba a casa tan tarde que casi les ponía el desayuno en la mesa a mis compañeros de piso. Se me volvía a hacer de día, y de repente ya era miércoles, y tenía que programar una entrada, y eran las siete y media y yo escribía cualquier cosa con tal de que aquello quedase de un tono anaranjado y legible.

Ahora vivo en otro piso. Este es el primer post que redacto desde aquí, y me he acordado de todo esto. Me he acordado porque de repente me ha asaltado la sensación de que todo lo que escribía desde el ático era mejor. Este piso también es alto, es luminoso y tiene unos muebles más bonitos que el otro. Y yo no quiero que los artículos de aquí queden mal.

Por eso me he sentado ahora a escribir, ahora que son las 2:40 de la madrugada y que he llegado hace un rato de una reunión de proyecto. Ahora que no suena más que el sonido de estas teclas y el viento fuera, ahora que mi mente tiene el ritmo de un Jazz suave. Me he sentado ahora porque creo que la hora a la que nos sentamos a escribir tiñe todas nuestras líneas. Podemos contar la misma cosa con distinto color en función de nuestro horario de redacción. Por mi parte, siempre tengo la sensación de que los textos que escribo por las mañanas tienen un tono como blanquecino, que se va tornando en cálidos pero apagados tonos tierra a medida que avanza la mañana y terminan despeñando en una gama de colores azules, violetas, púrpuras e incluso negros o grises si la noche está muy avanzada.

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Los textos de mi ático tenían un color púrpura, que, dicho sea de paso, es mi color preferido. Tenían un tono a veces cursi, a veces hosco, a veces revuelto, pero siempre estaban a salvo. Después de aquello el ancla cayó y ahora buceo para recogerla y recuperar el color púrpura. Y puede que dentro de dos o tres borracheras como mandan los cánones y un trabajo que merezca la pena las aguas vuelvan a su cauce.

Y me despido, porque no soy yo Manuel Jabois como para que mis andanzas resulten de interés al ser leídas.

Estefanía Ramos

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