LOS JUEGOS DEL VERANO (III): Al otro lado (I)

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El verano llega a su fin. La temperatura comienza a descender, las nubes a poblar los cielos y las playas a vaciarse. Es el ciclo sin fin, que dirían en El Rey León, que sucede cada año. Pero no montar dramas que aún quedan unos días por delante para disfrutar de las fiestas de los pueblos, de las camisetas de manga corta y de la bilirrubina que a todos nos corroe durante estos meses.

Por ello, y debido al buen recibimiento de la primera y segunda entrega, vuelvo a proponeros un juego narrativo para este periodo estival que llega a su fin. En este caso, y por ser la última entrega del verano (que no de Los Juegos), vamos a hacer algo más difícil: necesitaremos tanto un recuerdo de cómo ha llegado el personaje allí y un final con lo que le va a pasar. Podéis hacerlo todo del tirón o en dos fragmentos separados por el símbolo “(…)”, indicando que mi fragmento, el que leeréis a continuación, se sitúa entremedias. Esto es como la graduación del cuatrimestre veraniego de Los Juegos.

Quiero que deis rienda suelta al lado más salvaje y dramático de vuestra imaginación para hacer algo original a la par que divertido. Durante la semana veremos qué ha dado de sí el juego y próximo viernes compartiré el mío. ¿Listos?

¿Hay alguien ahí?, pregunté sin recibir respuesta. El armario respiraba y me devolvía lo que parecía una ligera risita, un atisbo de que alguien más se encontraba al otro lado de la puerta. Repetí mi pregunta. Mentiría si dijera que no me tembló la voz. Acojonado hasta la médula, posé mi mano sobre el manillar mientras el murmullo al otro lado crecía, transformándose en una especie de grito ahogado cada vez más agudo. A medida que este crecía, el corazón me latía con más fuerza, y el temblor de mi cuerpo recibía la llegada de ligeros escalofríos que recorrían mi cuerpo como culebras.
Sin pensar, sin apenas ser consciente de que fuera probable que al otro lado se encontrara mi final, abrí la puerta de un fuerte tirón para descubrir que no había nadie en su interior. Nada. Sólo mi ropa. Pero sabía que había escuchado algo. Miré y volví a mirar entre los abrigos colgados pero allí no había nadie. O eso creía: nada más cerrar la puerta y girar sobre mis talones, un susurro recorrió mi nuca para depositarse en mi oído, dejándome sin aliento.
Me volví loco: más rápido incluso que la vez anterior, abrí las puertas del armario y tiré al suelo todo lo que se encontraba en su interior hasta dejarlo vacío. Vacío, sin rastro de nada humano. Nada ni nadie que pudiera haber proferido aquellos sonidos. Me resbalaban lágrimas que mezclaban terror y frustración cuando lo volví a escuchar, esta vez mucho más claro: alguien se encontraba tras el armario. Pero era imposible: estaba pegado a la pared.
Di un golpe sobre la superficie del mueble que más próxima se encontraba a la pared y posé la oreja sobre ella a la espera de una respuesta. Nada. Esperé pero sólo el silencio parecía llegar. Repetí la acción, esta vez más fuerte y repitiendo mi pregunta inicial: “¿Hay alguien ahí?”. Acto seguido, posé la oreja de nuevo. Esta vez, un leve murmuro, más cercano al tránsito de un hormiguero, sonó al otro lado. Me acerqué todo lo posible y contuve la respiración para que nada dificultara la recepción de cualquier sonido.
De repente, un golpe fuerte me tiró de espaldas: alguien aporreaba la superficie desde el otro lado, clamando ayuda. Su voz era infantil aunque, teniendo en cuenta el grosor de la madera y el estado de pánico de aquella persona, podría no ser un niño, sino alguien dejándose el alma en el intento de ser rescatado.
Tras unos segundos en los que el pánico me dejó bloqueado, salí disparado hacía el armario con la intención de romper la madera y sacar a aquella persona que se hallaba atrapada. Pero, cuando comencé a aporrear la superficie para romperla, al otro lado se hizo el silencio. Comprendí el temor que se habría apoderado de la otra persona así que no paré en mi intento de llegar al otro lado.
Era un mueble viejo por lo que, al quinto puñetazo, la madera comenzó a ceder. Unos golpes más y el agujero fue lo suficientemente grande para poder mirar al otro lado. Asomé la cabeza a una estancia oscura, no muy grande y en la que reinaba un fuerte olor a putrefacción. No veía nada así que agarré mi móvil y lo puse en modo linterna para comprobar el por qué de ese olor: en el suelo, tendidos en fila, varios cuerpos en descomposición se amontonaban. Frenéticamente, moví el móvil en todas direcciones hasta que pude contar ocho cuerpos. Sin embargo, no fueron ellos los que me quitaron la respiración: en el medio de la estancia, de pie y mirándome, un niño desnudo me miraba, quieto, inmóvil. Le miré a los ojos, grandes y negros, y él miro al suelo, casi temeroso.
En un parpadeo, el niño levantó la cabeza y comenzó a andar hacia mí. De repente, el resto de cuerpos comenzaron a temblar. Mirara donde mirase, todos los cuerpos se sacudían y proferían alaridos. Cuando volví a mirar al niño estaba justo delante mía. Casi podría haber rozado mi nariz con la suya cuando, muy rápidamente, agarró mi cara con sus manos y gritó tan fuerte que comencé a sentir un dolor en los oídos. De un empujón, me despegué y caí de espaldas de nuevo a la habitación mientras veía como las manos salían del agujero del armario. Desorientado, corrí escaleras abajo y salí de la casa. Mi coche humeaba estrellado contra el árbol del jardín ante lo que parecía un accidente que yo no recordaba. Desde la casa de en frente, me devolvía la mirada el casero que siempre parecía estar espiandonos a mi y a mi… ¿PAULA? ¿DÓNDE ESTABA PAULA? Dentro del coche, pude ver su cuerpo inerte, lleno de cristales.
No entendía nada y lloré, me dejé caer y me puse las manos sobre la cara… Y entonces es cuando vi la sangre en mis manos.

Ahora es vuestro turno. ¿De quiénes son los cadáveres? ¿Quién es el niño? ¿Cómo llegó el protagonista a la casa? ¿Qué le ha pasado a Paula? Tenéis toda la semana para jugar.

—Jonathan Espino—

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