Bienvenido seas, Otoño

Vuelta-al-cole-

Señores y señoras, se acabó el verano. Y no me he vuelto loca, no: después del último fin de semana de agosto, el verano llega a su fin. En la mayoría de municipios (al menos en el mío y los de alrededor) las piscinas ya han cerrado y casi todos los forasteros ya han vuelto a sus grandes ciudades (porque por supuesto, ellos “no serían capaces” de pasar el invierno en el pueblo, por Dios!) y las calles de los que han sido sus hogares durante estos dos meses, se han quedado prácticamente vacías.

Las madres ya se vuelven locas pensando en que dentro de una semana los pequeñajos vuelven al colegio, y aún no tienen los libros. Hay que comprar chándal y deportivas nuevas, rogar que la mochila del año pasado no esté demasiado rota y ver si al niño o niña se le ocurrió la genial idea de empezar alguna libreta cuatro días antes de acabar el curso. Vuelve la rutina del invierno, y el pueblo ya casi está en su tranquilidad más absoluta.  Y digo casi, porque al menos aquí, aún nos queda un fin de semana de movimiento: las fiestas patronales. Es el último petardo antes de volver a la cruda realidad, a salir a la calle y ser capaz de no encontrarte a absolutamente nadie. Qué paz y qué tranquilidad. Y qué aburrimiento. Porque ya no tienes que esperar media hora para comprar el pan, ni hay que madrugar para comprar los mejores productos del hortelano, sí. Y por no hablar de visitar al médico de cabecera, esa visita que sabes que te llevará toda la mañana debido a ese gran método de coger cita de “¿quien es el último? -¿para el médico o para el practicante?”. Pero tampoco queda nadie con quien salir a correr, a ver cómo juegan al pádel, a tomar algo o lo que sea, la excusa es salir.

Y sin duda, lo peor no es quedarse. Lo peor es haber sido de los que se iban, y ahora tener que seguir aquí, sin fecha de salida. Porque si hay un sitio en donde el tiempo no avanza, son los pequeños pueblos (o al menos el mío). Todo sigue siempre igual, independientemente del tiempo que haya pasado desde la última vez que hayas estado: una semana, un mes o un año. No vas a notar cambio, ni en las paredes de las casas, ni en el asfaltado de las calles, ni en la señora que vende el pan, ni en los jubilados que se sientan todas las mañanas en el banco de la carretera a ver pasar coches.  Y es que por mucho que digan, los pueblos molan, sí, pero en agosto.  A partir del 1 de septiembre, todo adquiere otro color… más pueblerín.

Aun así, el otoño es mi estación favorita del año. Me encantan la mezcla de colores marrones, verdes y algún que otro rayo de sol de por medio. Ya no hace tanto calor, la chaqueta no estorba y va siendo necesario el paraguas de vez en cuando. El otoño y sus suelos llenos de hojas, también tienen un toque especial.

otoño

Y, al menos yo, a partir del verano es cuando me planteo nuevos objetivos: siempre que he emprendido un nuevo camino por mi propia decisión ha sido con esta estación. Por eso debería ser ahora cuando nos tomasemos las uvas, bridásemos con champán y el pie izquiero al aire y deseemos que todos nuestros objetivos se cumplan (o, que al menos, tengamos el camino libre para intentar conseguirlos). Yo quiero empezar ya un nuevo año, un nuevo objetivo. Así pues, ¡Feliz otoño para todos!

—María del Cid Toledo —

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