¿Dar o no dar? He ahí la cuestión

¿Darla o no darla?

Lo primero que suele volver loco al turista nada más aterrizar en EEUU y acudir a un restaurante o cafetería es calcular cuánta propina dejar. Es más, este se volverá a su país de origen con la diatriba de si ha hecho lo correcto o no durante su periplo por este inmenso país. ¿Cuánto debería haber dejado? ¿Un cinco, un diez o un quince por ciento? En Norteamérica, el trato que ofrecen los camareros siempre es exquisito y muy agradable. Es muy raro que el servicio sea malo, por no decir que casi imposible (pecan más de empalagosos).  Cuando te sientas en una mesa, te saludan, te dicen su nombre, te traen la carta, siempre con una sonrisa en la cara, y acto seguido se van para traerte un vaso de agua. Siempre serás recibido más o menos de esta manera. Una vez encargada la comanda desaparecen, para regresar con un canastillo con pan y mantequilla, todo para que el cliente vaya picoteando y matando el hambre.

Una vez te traen lo que has pedido te preguntan si quieres o necesitas algo más. Ante la usual negativa del cliente que suele estar satisfecho, este comienza con la ingesta. Pero el camarero no se ha olvidado de su cliente, por ese motivo suelen estar muy pendientes de las mesas que tienen a su cargo, cual ave rapaz de su presa. Cuando, más o menos, vas por la mitad del plato regresarán solícitos para preguntarte (una vez más) si todo va bien o si quieres algo más. En el caso de que el local tenga como norma rellenar la bebida que has pedido (refill) con la comida, ellos sin preguntar te irán manteniendo siempre el vaso o la copa llena.

Este proceder obedece a que una parte del salario del camarero procede de  las propinas que deja el cliente. La palabra propina  proviene del latín propinare, “dar de beber”, que a su vez procede de la palabra griega, propināre, προ (antes) y πίνω (beber). Se dice que los creadores del concepto propina son los nuestros hermanos los griegos. Ellos tenían por costumbre beber solo una parte del contenido de la copa. La propina era el resto que se tomaba la persona a cuya salud se brindaba. Como recuerdo de esta práctica ha quedado la etimología de propina.  Esto cobra un especial sentido porque, como os decía, lo primero que hacen los camareros es traerte un vaso de agua (por lo general), al igual que ocurre en la Grecia actual. De esta manera tan sutil, el sistema altera el significado del concepto, y la recompensa que los clientes europeos otorgamos como agradecimiento por un buen servicio y por el producto consumido se convierte en un puro acontecimiento de marketing ante los ojos del cliente. Porque realmente no es que los camareros sean solícitos o amables, que haberlos haylos, el problema estriba en que uno, desde la óptica europea, no puede evitar sentir que lo único que buscan es que dejes una buena propina. Hace años, se estimaba que debías dejar como un 10% de la cuenta. Actualmente, eso es considerado una ridiculez y lo normal es dejar entre el 15 y el 20%, todo en función de tu satisfacción, porque dejarla es inevitable y se puede llegar a considerar una ofensa no darla.

En EEUU dejamos propinas tanto si vas a cortarte el pelo como si te pides una cerveza en la barra de un pub. Os contaré una anécdota que le ocurrió a un amigo (porque como bien sabéis estas cosas no le ocurren nunca a uno). Imaginad la escena. Todo acontece en un pub. Este amigo y su colega (llamémosles Jorge y Elisabeth a partir de ahora) van a ponerse al día de sus cosas a la cervecería de turno. Tras recibir la recomendación de la camarera sobre las cervezas de barril disponibles Jorge pide dos pintas. La camarera las tira (con toda la profesionalidad del mundo) y regresa con los vasos llenos y la cuenta. Jorge, que es todo un caballero, decide pagar con un billete. En este preciso instante es cuando comienza el verdadero problema. En su fuero interno empieza a debatirse si se merece o no una propina, porque no puede evitar comparar con los estándares españoles. Me explico. En España no solemos dejar una propina cuando alguien te tira una cerveza en la barra y punto, sin nada que mejore el servicio, así que nuestro Jorge, tras intensos momentos de indecisión, recoge todo el cambio que le trae. En ese momento, con toda la discreción del mundo, Elisabeth coge dos dólares de la mano de Jorge y los deja sobre la barra, que obviamente se lleva la camarera con una “eterna y perenne” sonrisa.

Lo que generó grandes risas en su momento fue el comentario de Pedro Solbes ¿Alguien se acuerda de quién era? En el año 2007, cuando desempeñaba el cargo de  Ministro de Economía de España, se le ocurrió afirmar que las propinas excesivas son un factor para el aumento de la inflación del país. Y os prometo que tranquilo se quedó.  Si esto fuera realidad, la inflación en EEUU sería un gravísimo problema. Desde nuestra óptica, el considerarla parte del salario es toda una perversión, porque el salario debe siempre salir del empleador, nunca del cliente. Máxime porque ese dinero queda fuera del sistema al no cotizar en las bases sociales ni en los tributos (IRPF). Si el servicio es bueno se puede dar una gratificación a título personal, porque así lo sientes y quieres. Desde la óptica norteamericana es absolutamente normal. Y la sorpresa final llega cuando el turista se da cuenta que el precio que le han puesto en la carta va sin impuestos, con lo que si sumamos los eternos impuestos más la propina, el precio de la carta acaba por encarecerse hasta un 30% más.

El asunto de la propina el ciudadano medio norteamericano lo tiene tan arraigado, que al convertirse en turista genera un problema muy serio, allá por donde vaya. Todo porque irá dejando una propina más que generosa, con o sin merecérsela (incrementando demasiado las expectativas), sin pararse a pensar primero, cómo funciona el tema de las propinas en el país que se visita y olvidándose que ellos exigen al turista que visita Norteamérica que observe este condicionante social.

-Alfredo Manteca-

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