Juego de niños (LOS JUEGOS DEL VERANO II)

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Cogió la muñeca y le arrancó la cabeza con los dientes. En su interior, el dinero que había estado ahorrando durante varias semanas de las pagas de sus abuelos: dos de diez y uno de cinco. Suficiente. Esconderlo había sido lo más complicado: no quería que su hermana se enterara de nada, y dado su historial de inspecciones de habitaciones ajenas, lo más sensato había sido esconderlo en una de sus propias muñecas. “Brillante”, se dijo mientras se guardaba el dinero en el calzoncillo.

Sabía que no tenía tiempo que perder así que se calzó las deportivas, se caló la gorra como si fuera un militar y bajó la escaleras, dejando atrás el lamento de la habitación contigua. En la planta baja, su padre roncaba como un demonio, tirado en el sofá con la tele por todo lo alto. La situación no se presentaba complicada y menos para un chaval como Marcos, ágil y espigado. Creyéndose Ethan Hunt, bajó los últimos escalones sin hacer ruido y rodó por el suelo hasta llegar a la cocina. Dirigió una nueva mirada a su padre: si no fuera por el tremendo ruido que emitía por la boca, diría que estaba en coma. Se levantó y cogió uno de los cuchillos, el más grande, el que utilizaba su padre para cortar jamón. Tomó una bolsa de supermercado y lo envolvió con ella. Después, lo metió en la mochila que llevaba a su espalda y salió a la calle.

Por la calzada no había un alma: el pueblo parecía estar desierto, lo que favorecía en gran parte a su plan. En la esquina lo esperaba ya su amigo Curro. Ambos formaban una estampa poco vista: dos niños que apenas llegaban al metro treinta, ataviados de ropa oscura, pasamontañas y mochilas. Nadie sabía de las armas que portaban pero al anterior cuchillo jamonero se sumaban dos navajas suizas, una en cada bolsillo, que llevaba Curro.
Se dieron la mano y luego un fuerte abrazo. Quince minutos más tarde, cogían un autobús al pueblo de al lado, donde se encontraba su destino.

Durante el viaje, Marcos no podía evitar martillear con el talón el suelo: su pierna delataba el palpitar salvaje de su corazón. Curro se la contuvo con la mano y, muy serio, le hizo ver que era lo correcto. Marcos asintió y miró al horizonte por la ventanilla: sabía que sí, que era lo correcto, pero como un cirujano que se pone nervioso antes de una operación ardua, no podía evitar sentirse así.

Al poco rato, el autobús se paraba y los dos amigos descendían decididos. Era casi la hora así que corrieron durante unos minutos para no llegar tarde. Apostados tras un coche, se cruzaron una mirada que, si bien duró escasos segundos, les había parecido un mundo: en ella, sin mediar palabra, se dijeron todo lo que en un momento así se puede decir. Asintieron, sacaron los cuchillos y se bajaron el pasamontañas: era la hora.

Lo vieron cruzando la calle. Con un golpe seco, certero, lo dejaron inmóvil en un callejón. Con el cuchillo en el cuello, Marcos le pregunto: “¿Quieres morir?”. Podía ver la incomprensión y el terror en los ojos de su víctima. Las lágrimas que le resbalaban casi le hacen dejarle marchar pero, recordando lo que había hecho, levantó el cuchillo y se dispuso a jugar tal y como las reglas del juego dictaban, un juego que había empezado un mes atrás cuando, navegando por Internet, le saltó un anuncio desconcertante que le invitaba a unirse a una nueva red. Cliqueó sin mucho interés pero, poco a poco, se vio inmerso: se trataba de una red social que consistía en trasladar su videojuego favorito, Street Killers, a las calles de la ciudad. La dinámica involucraba a decenas de adolescentes delimitados por situación geográfica que recibían un objetivo, que les era del todo desconocido, al que tenían que asesinar. No importaba el método pero sí la marca final: sobre los párpados de las víctimas debían aparecer las siglas del juego, una S y una K; en el pecho, el número ordinal que la víctima ocupaba en el ranking del jugador; y, finalmente, sobre las palmas de las manos, las iniciales del jugador que había realizado el crimen.

Aunque en un principio sintió miedo, aceptó su primer objetivo: un hombre de negocios que no llegaba a los cuarenta años, con sobrepeso y graves problemas respiratorios. La primera víctima siempre era pan comido para dar confianza a los jugadores y así atraerlos al juego. Aquella noche, Marcos esperó bajo el coche de la víctima un largo rato hasta que este apareció. Cuando abrió la puerta, le clavó el cuchillo en el muslo y lo giró para hundirlo. El hombre se revolcaba de dolor en el suelo y Marcos comenzó a sentirse mal: le sudaban las manos, las lágrimas le corrían por la cara y tenía unas fuertes ganas de vomitas; pero ya no había vuelta atrás. Rápido le arrancó el cuchillo de la pierna, se abalanzó sobre él y, mientras le tapaba la boca con la mano izquierda, le introducía el cuchillo en el gaznate con la mano derecha, repitiendo una y otra vez que lo sentía. Se limpió las manos llenas de sangre y realizó el ritual: S.K.  I  M.C.

Recorrió diez kilómetros para volver a casa pues no podía coger el autobús nocturno sin llamar la atención. Aunque sabía que su hermana se habría percatado de su ausencia, también sabía que nadie más habría dado cuenta de ello: su padre estaría conduciendo el camión mientras que su madre estaría como siempre, inmóvil, enchufada, en la habitación contigua a la suya; por lo que, por un razonable pago, su secreto estaría a salvo… su alma era otro cantar. No pudo pegar ojo en todo lo que quedaba de noche. No comió. Sólo se tumbó en la cama y vio chorrear sangre por el techo y las paredes, por las sábanas, por sus manos, por todas partes. Cuando reunió fuerzas para levantarse de la cama, escuchó en las noticias que un importante empresario había sido asesinado en plena calle, al lado de su coche. Marcos tragó saliva pero, rápidamente, se sintió más tranquilo pues escuchó que aquel hombre estaba siendo investigado por haber estafado a centeneras de familias.

Quiso entender que el juego no le enviaría a la caza de gente inocente sino gente que escaparía de sus pecados si no fuera por él, por ellos, por todos los asesinos de la calle. Tres o cuatro días más tarde, recibió su premio: estaba dentro de la red y podía establecerse un perfil donde atribuirse el mérito de sus crímenes. Empezó a hablar con otros chavales que habían cometido asesinatos que había escuchado en la televisión y que la policía aún no había conseguido averiguar quién los había cometido. Marcos perdió la cabeza por el juego y, en esta situación de descontrol, recibió una nueva misión: esta vez un joven negro, de unos dieciocho años, que además conocía de vista. Sabía su nombre, conocía a sus padres y sabía dónde vivía, pero eso ya no era un problema para él: sólo quería ganar y ganar significaba matarlo. Y así fue: esperó en una esquina y cuando la dobló, le golpeó con un bate en la cabeza. Inconsciente, decidió clavarle varias veces el cuchillo en el pecho pero, ¿qué emoción había si la víctima no se enteraba? Decidido, le clavó el cuchillo en el hombro, esperando la respuesta de su objetivo y así fue: de un fuerte golpe, lo tiró de espaldas y se abalanzó sobre él. Marcos estaba debajo, recibiendo el peso del chico que, amodorrado por el golpe, no acertaba a asestar un buen puñetazo. Marcos atemorizado sólo podía dar patadas al aire hasta que consiguió agarrar el cuchillo y clavárselo en la sien. El chico cayó a un lado, inerte. Marcos no podía apenas respirar pero, llevado por la ira, se sentó a horcajadas sobre su víctima y hundió veinte veces el cuchillo en su pecho, gritando como un loco. Cuando se calmó, fue consciente de que, aún siendo de noche y una zona poco transitada, podría haber llamado la atención, así que, realizó su ritual rápidamente y volvió a su casa.

Excitado por su hazaña, entró en el foro y lo contó con todo lujo de detalles. Se sentía un Dios. Sin embargo, durante el forcejeo, había sentido debilidad y ese era un sentimiento que no se podía permitir. Así que, en su próxima víctima, necesitaría llevar un escolta: Curro.

Su objetivo llegó una semana después. Marcos propuso a Curro que le acompañara al pueblo de al lado a dar un susto al matón que les tenía aterrorizados en el instituto. Aunque pensaba que éste le daría una negativa, aceptó sin dudarlo, ofreciendo su ayuda. Sin embargo, no sería al matón a quien tendrían que dar caza sino a un anciano de sesenta años, dueño de una tienda de relojes. Sabía que el juego ya no le daba objetivos culpables de delitos como su primera víctima. Era consciente de ello. Pero el juego era el juego.

Apoyado en el coche y con el pasamontañas bajado, no sabía cómo reaccionaría Curro al ver que no era el matón del colegio sino un anciano sobre quien se abalanzaba y que no era un susto lo que pretendía darle sino acabar con su vida. Con el corazón palpitando, observó como el anciano cerraba la tienda y se dirigía al callejón contiguo. Una seña a Curro y ambos salieron corriendo. Cuando tuvo al anciano debajo, Marcos levantó la vista y vio la mirada de incomprensión de Curro. Sin embargo, no hizo nada, posiblemente por el pánico. Marcos devolvió la mirada a su víctima quien levantó los brazos antes de recibir la puñalada en el pecho. Curro, que no se esperaba esa acción, cayó de espaldas, lanzando un alarido. Tras realizar el ritual, Marcos se dirigió hacia él. Curro, atemorizado, retrocedió. Sabiendo que saldría corriendo en cualquier momento, Marcos se abalanzó sobre él y le agarró por los hombros. Curro le gritaba “Asesino” mientras pataleaba e intentaba asestarle un puñetazo.

Marcos no tuvo remedio. Con un rápido movimiento, corrió la hoja por el cuello de Curro y vio la sangre brotar. No estaba planeado. No habría querido hacerlo. No había tenido solución. Le dejó el cuchillo en la mano, dejándole como principal sospechoso del asesinato del anciano y huyó de la escena. Sabía que mañana en las noticias culparían a Curro de ese asesinato y, probablemente, de muchos otros y, entonces, se dio cuenta de que, había hecho algo por su camaradas: había creado un culpable, un cabeza de turco que desestabilizaría a la policía. Había hecho algo por el juego. Y es que el juego lo era todo. Ganar lo era todo.

Y este ha sido mi final para JUEGO DE NIÑOS, la segunda propuesta de Los juegos del verano pero, no es el único. Si hacéis click AQUÍ podréis leer los finales que han ido dejando durante la semana nuestros lectores. ¿Cuál os ha gustado más? ¿Se os ocurre algún otro que no hayamos añadido? Próximamente, otra entrega de LOS JUEGOS… y esa vez, a lo mejor ya no es verano.

—Jonathan Espino—

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