Las cartas ya no necesitan sobres ni sellos (II)

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Postal desde una ciudad con mar a otra ciudad con mar.
Desde el Mediterráneo al Atlántico:

Iba a empezar diciéndote que te echo de menos, y me he sentido vulgar.
Ahora no sé cómo continuar, pero siempre me dijeron que tengo una facilidad espantosa de juntar palabras una detrás de otra que no terminan de decir nada. La suerte de no tener los cojones suficientes de escribir en papel (o la dirección correcta del edificio más gris de la ciudad) es que no tengo problema de espacio; pero voy a ser clara:
Aquí huele a mar, y aunque estás a mil doscientos kilómetros te dibujo con los dedos en el colchón. Y hueles a mar.
Y no me resultas tan lejano.
Más lo estabas cuando nací y no he vivido mis más de una veintena de años llorando.
Pero sí buscándote.
Solo para que me hicieras creer en el amor, otra vez. Para que me hicieras lo suficientemente valiente como para escribir esas cuatro letras sin temblar, con la certeza de haberlo visto en la forma que tenías de mirarme, como si me fueras a atravesar, bastante antes de que tus dedos de enredaran en el broche de mi sujetador.
Bien, me atravesaste. Y tus abrazos me duraron semanas. Y creo que en el autobús de vuelta dejé caer trocitos de mi por si quisieras volver a encontrarme alguna vez.
Supongo que será fácil, como para mí sería fácil encontrar aquel edificio gris, plantarme en tu puerta y olerte el mar.
Y robarte abrazos de los que me hacen temblar;
beber(té), y recoger los pedazos de mí que este verano he dejado tirados en la carretera.

Sólo espero que la vida sea lo suficientemente puta como para volvernos a encontrar
y decirte con las manos lo que con mi boca no puedo.

Podíamos quedar a mitad de camino. En el km 0, descontar los abrazos, y volver a empezar.


Postal desde las ciudades con mar a la capital.

Deberían poner contenedores rojos en los que tirar las historias de verano. O los pedazos que dejamos de nosotros por las carreteras como si en septiembre nos fueran a venir a buscar como los hacían nuestros padres a la salida de nuestro primer día de colegio. Todos los otoños, en todos los barrios: contenedores rojos para desquitarnos el olor de salitre que nos vuelve un poco gilipollas.
En Madrid está pintado en cada esquina que “un clavo saca otro clavo” y estoy cansada de corazones llenos de agujeros. Manos ensangrentadas.
Se empeñaron en hacernos creer que los recuerdos son una buena manta para el invierno,
pero no hay absolutamente nada como el dormir desnudos y abrazados.
Los pijamas de invierno son un invento de las almas solitarias.

Te echo de menos.
El verano no es más que un invento de los madrileños (entiéndase a todo aquel que haya vivido en sus calles) para irnos lejos, lo suficiente, como para echarlo de menos.
Leí que es mejor enamorarse de ciudades, porque ellas nunca te harán daño… y yo estoy enamorada hasta las trancas de ti.
Y de las almas solitarias que compran pijamas de invierno con las manos ensangrentadas en Otoño porque los abrazos del verano ya no sirven de nada.

Ya vuelvo.
Y vuelvo a llorar por los dedos.
Y por los dos.

— Paloma de la Fuente—

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