LOS JUEGOS DEL VERANO (II): Juego de niños (I)

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Sí, sé que con este calor no hay quien piense. Lo sé, pero fue tal la acogida a la primera entrega de Los juegos del verano, que no me he podido resistir a lanzar una nueva propuesta. La dinámica es la misma: una historia que necesita de un desenlace y vosotros debéis dárselo. Sin embargo, en esta ocasión, necesitaremos también de un recuerdo pero… No adelantemos acontecimientos. ¿Listos?
Cogió la muñeca y le arrancó la cabeza con los dientes. En su interior, el dinero que había estado ahorrando durante varias semanas de las pagas de sus abuelos: dos de diez y uno de cinco. Suficiente. Esconderlo había sido lo más complicado: no quería que su hermana se enterara de nada, y dado su historial de inspecciones de habitaciones ajenas, lo más sensato había sido esconderlo en una de sus propias muñecas. “Brillante”, se dijo mientras se guardaba el dinero en el calzoncillo.
Sabía que no tenía tiempo que perder así que se calzó las deportivas, se caló la gorra como si fuera un militar y bajó la escaleras, dejando atrás el lamento de la habitación contigua.
En la planta baja, su padre roncaba como un demonio, tirado en el sofá con la tele por todo lo alto. La situación no se presentaba complicada y menos para un chaval como Marcos, agil y espigado. Creyéndose Ethan Hunt, bajó los últimos escalones sin hacer un ruido y rodó por el suelo hasta llegar a la cocina. Dirigió una nueva mirada a su padre: si no fuera por el tremendo ruido que emitía por la boca, diría que estaba en coma. Se levantó y cogió uno de los cuchillos, el más grande, el que utilizaba su padre para cortar jamón. Tomó una bolsa de supermercado y lo envolvió con ella. Después, lo metió en la mochila que llevaba a su espalda y salió a la calle.
Por la calzada no había un alma: el pueblo parecía estar desierto, lo que favorecía en gran parte a su plan. En la esquina lo esperaba ya su amigo Curro. Ambos formaban una estampa poco vista: dos niños que apenas llegaban al metro treinta, ataviados de ropa oscura, pasamontañas y mochilas. Nadie sabía de las armas que portaban pero al anterior cuchillo jamonero se sumaban dos navajas suizas, una en cada bolsillo, que llevaba Curro.
Se dieron la mano y luego un fuerte abrazo. Quince minutos más tarde, cogían un autobús al pueblo de al lado, donde se encontraba su destino.
Durante el viaje, Marcos no podía evitar martillear con el talón el suelo: su pierna delataba el palpitar salvaje de su corazón. Curro se la contuvo con la mano y, muy serio, le hizo ver que era lo correcto. Marcos asintió y miró al horizonte por la ventanilla: sabía que sí, que era lo correcto, pero como un cirujano que se pone nervioso antes de una operación ardua, no podía evitar sentirse así.
Al poco rato, el autobus se paraba y los dos amigos descendían decididos. Era casi la hora así que corrieron durante unos minutos para no llegar tarde. Apostados tras un coche, se cruzaron una mirada que, si bien duró escasos segundos, les había parecido un mundo: en ella, sin mediar palabra, se dijeron todo lo que en un momento así se puede decir. Asintieron, sacaron los cuchillos y se bajaron el pasamontañas: era la hora.
Lo vieron cruzando la calle. Con un golpe seco, certero, lo dejaron inmóvil en un callejón. Con el cuchillo en el cuello, Marcos le pregunto: “¿Quieres morir?”. Podía ver la incomprensión y el terror en los ojos de su víctima. Las lágrimas que le resbalaban casi le hacen dejarle marchar pero, recordando lo que había hecho, levantó el cuchillo y se dispuso a jugar…

¿A quién ataca Marcos y cuál es el motivo? ¿Cómo acaba esta historia? Ya sabéis: tenéis una semana.

—Jonathan Espino—

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