Cómo reconocer a un forastero en un pueblo en diez cómodos pasos

El verano en el pueblo es, sin duda, una de las mejores cosas del año. En esto coincidimos, especialmente, los que vivimos fuera y volvemos de vacaciones. Para los residentes fijos ya menos.

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Sacar el Ulises que todos llevamos dentro y volver a nuestra Ítaca particular implica no sólo un incremento considerable en la ingesta de alimentos sino también un modo de reconciliarse con lo que hemos dejado atrás. Por otro lado, poniéndome en la piel de mi yo de hace cuatro años, supone un incremento de la paciencia para soportar la acumulación de forasteros que se niegan a separarse del todo de un pueblo que cada vez es menos suyo en lo cotidiano y más suyo en lo utópico.

Siendo así, reconocer a un forastero hecho y derecho (entendemos forastero indistintamente como mujer u hombre) es una tarea que no lleva mucho más de diez pasos, y aquí voy. Lo único que le pido a la vida es que si algún día llego a reunir tan sólo tres de estas diez características me encierren y tiren la llave lejos:

1El forastero siempre habla en modo megáfono. El mejor despertador del mundo es un forastero desde la calle, invadiendo con su voz tu habitación, traspasando muros, desafiando las leyes de la física. Para este fenómeno, sólo hay dos explicaciones: la primera es que la gente en pueblos como el mío ya habla un tono por encima de lo normal y un forastero tiene que subir el nivel (porque él no puede ser menos); la segunda es que no desactivan el modo ciudad y se olvidan de que aquí, generalmente, ni tenemos ambulancias a todas horas, ni sirenas, ni tráfico enloquecido, ni coros de gospel circulando por las calles. Como mucho, tenemos al cani de turno con el reggaeton en el coche a 150 dB intentando cortejar a damas (también forasteras).

2En la ciudad de residencia de forastero esto no pasa. No ladran los perros por la calle, no te despiertan los gallos, no escuchas a un señor chasquear la lengua para que su burro camine más deprisa, no hay cubatas a 3€, no te quedas sin cobertura según en qué zona del pueblo estés, no te enteras de quién se muere porque doblan las campanas y no hay tomates que sepan a tomate. “Verás, es que esto es Extremadura, y si quieres un lugar sin ruido piérdete en una isla desierta llena de tarántulas y aquí déjanos con nuestros burros, nuestros bares y nuestros 42º de reglamento. No vaya usted a quejarse al ayuntamiento, que llevamos siglos así.”

3El forastero siempre preferirá el pueblo tal como estaba en su niñez. La verdad universal enmascarada en una estrofa de Karina se nos revela como ley innata. Si del forastero dependiese, el pueblo sería una especie de Pompeya. Asolado por la lava del volcán, el pueblo conservaría la iglesia tal como estaba en los 60 (inclusive párroco fosilizado), la plaza del pueblo compuesta por cuatro piedras y un banco de madera, las calles de piedra sin asfaltar y, si me apuras, la sección femenina haciendo de las suyas. Porque cualquiera sabe que es mucho más rápido ir en burro que ir en coche.

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4 El forastero es pariente de todo el pueblo. Incluidas, a menudo, ex parejas (esto explica muchas cosas) o gente que da nombre a una calle (aunque éstos no tengan nada que ver con el pueblo).

5El forastero tiene mucho mundo. Puede que no haya viajado más que de su ciudad al pueblo y del pueblo a su ciudad, pero el forastero conoce París mejor que tú aunque hayas vivido allí durante un año de Erasmus, conoce el frío de Polonia mejor que un polaco y hasta puede que haya estado en Villarrobledo. En todos estos años he deducido que la audiencia de La 2 la componen fundamentalmente forasteros, de lo contrario ese nivel de documentación es inexplicable.

6 El forastero siempre tiene la razón. Es probable que llegue un conductor de Seur al pueblo, te pregunte por una calle determinada y, mientras tú le explicas cómo llegar, el forastero ya se ha metido en medio de la conversación, te discute que esa calle no se llama así, y para corroborarlo te dice el nombre que tenía la calle en 1972. Entonces tú le explicas que la calle General Yagüe dejó de llamarse así con la afortunada llegada de la Democracia, y que ahora se llama Calle Guadiana, pero para cuando te quieres dar cuenta el conductor se ha ido y el forastero sigue irremediablemente empecinado en su teoría.

7Los descendientes del forastero saben hablar inglés mejor que tú. No importa tu expediente académico, si has estudiado un doctorado en Oxford o si tu padre es irlandés. No importa, da igual. Los hijos o los nietos de esos forasteros están inscritos en un colegio bilingüe de Fuenlabrada que le da mil vueltas a toda tu trayectoria académica. Y es indiscutible, porque siempre ha habido clases y tú eres de procesamiento mental lento por el simple hecho de ser de pueblo. La vida es así.

8El forastero echa de menos el pan de pueblo. Esto es demostrable por cualquier panadero que en época de vacaciones despache pan a turistas. El forastero manifiesta la nostalgia de comer pan de pueblo en la casa con sus seis hermanos, sus padres y sus quince primos, cuando un pan de kilo daba para todos, y no ese pan asqueroso francés que venden ahora (diciendo esto mientras mira fijamente al estante donde el panadero tiene colocadas sus baguettes). Entonces, el panadero asiente (qué remedio), le cobra y el forastero añade “Yo allí en Montmelló compro el pan en el chino de abajo, que bueno, a una mala lo tengo siempre a mano y siempre me sirve para recordar lo bueno que es el pan de pueblo”. POETA.

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9El forastero (hombre) se queja de que no haya un quiosco en el pueblo abierto un domingo pasadas las 11. ¿Dónde voy a comprar el Marca? ¿Qué son unas vacaciones sin un domingo leyendo el periódico? ¿Cómo puede ser que este pueblo haya roto mi rutina de las otras 51 semanas del año? ¿Cómo puede ser que en pleno siglo XXI esto suceda?

10El forastero siempre se queda hasta la feria de septiembre. Baila en las verbenas como el que más, te dice lo guapa que estás, lo alto que está tu hermano y lo gorda que está tu vecina desde que se separó. Te pellizca el carrillo, te sugiere, con poco ingenio, que tengas cuidáo con los chicos y te dice que espera que el próximo verano traigas novio al pueblo, no sea que te vayas a quedar para vestir santos. Esto es, en dos minutos de encuentro, el forastero te puede soltar todos los tópicos posibles y algunos más con la mera intención de resultar agradable y un único veredicto por parte del resto del mundo (probablemente no de sus vecinos): en sus Granollers queridos están mejor.

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En definitiva, los forasteros son esa casta a la que llamamos cretinos, pero a los que tenemos que sonreir año tras año si no queremos que nuestras familias queden mal. El honor y la familia por encima de todo, lo saben los Corleone (que como forasteros sólo se limitaban a casarse con las hijas de los taberneros y a volar coches, algo que, dadas las circunstancias, es de agradecer).

Estefanía Ramos

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