Naces o te haces

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Hay ciertas condiciones en nuestra propia naturaleza que nos puede beneficiar uno u otro aspecto en nuestro futuro. Igual que un cirujano nunca (espero) será un hombre o una mujer con problemas graves de pulso, o que veo difícil que un disléxico sea capaz de enseñar con mucha exactitud clases de lengua a niños de siete años; cuestiones de nuestro carácter nos conducen hacía una u otra profesión (e intento de serlo).

David Muñoz, uno de los guionistas de El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001), nos dijo a un pequeño grupo de aspirantes a guionistas en un curso de DAMA que ha visto cierto comportamiento similar en muchos de los guionistas que ha conocido. Por su experiencia, los guionistas tendemos a ser seres introvertidos, con no mucha facilidad para las relaciones humanas (fuera de aquellas que estén muy ligadas en gustos con nuestros trabajos) y de carácter casi bipolar. El guionista, decía Muñoz, tiende a vivir en su vida constantes altibajos anímicos que le mueven a un día sentirse en la cima del mundo y al día siguiente dar vueltas por la casa al grito de: “¡soy un mierda! ¡No sirvo para esto! ¡No se escribir!”. Y todo sin que el guión que se esté trabajando haya tenido que cambiar una letra.

Y eso, según Muñoz, no puede ser una simple casualidad, sino que hay cierto tipo de personas que tienden a la profesión precisamente por su carácter. Así pues, ¿nacemos ya con vocación o nos podemos crear?

Y es una cuestión complicada, porque la realidad es que el proceso de escribir un guión (al igual que el de escribir una novela, por ejemplo) es largo, arduo y aunque reconfortante al final, difícil de terminar de ser placentero por la simple cuestión de que, en realidad, no se sabe si va a acabar por ser rodado. Posiblemente no.

A finales de la semana pasada acabé la primera versión de la escaleta de mi primer largometraje. La escaleta es un documento que marco paso a paso lo que sucede en la historia. Es un documento de unos cinco o seis folios sin el que es posible escribir un guión. En contra de la novela, que sí puede ir escribiéndose poco a poco dejándote llevar en su escritura, un guión es algo más medido, en el que cada pieza debe estar por algo y en el que hay que marcar muy bien cómo se va a ver la historia. Los personajes en las novelas pueden hablar y pensar indefinidamente, no en una película. Es imposible saber lo que piensa un personaje en una película (en la mayoría de los casos) por lo que el guionista debe aprender a, visualmente, manifestar estos pensamientos. No es sencillo. Pero, una vez tienes la escaleta, puedes seguir adelante y meterte, finalmente, en escribir el guión.

Para completar esta primera escaleta me senté durante cuatro jornadas, día y noche, con el único objetivo de pensar cómo iba a darle forma. Tenía en mi cabeza muchas ideas de cosas que quería hacer, cosas de las que quería hablar, el camino que mi personaje protagonista debía recorrer. Pero me faltaba, de inicio, una estructura clara. Tarde un día entero en sacar cómo podría crear la estructura para que tuviese lógica y funcionase narrativamente. A partir de ahí tuve que ver cómo desarrollar las subtramas para que ayudaran al personaje a llegar a los puntos que tenía que cruzar. Después, sentarse y escribir. Ver las escenas que puedan llevar a tal punto y que favorezcan tal subtrama. Cuatro días exclusivos a eso (a sabiendas de que todo estaba ya en la cabeza desde hacía semanas, pero había que sentarse y ordenar los pensamientos).

Y es que una de las cosas más difíciles es esa: sentarte a escribir. Quieres, pero da pereza. Saber que en cuanto lo hagas, a los cinco minutos estarás feliz, pero tratarás de evitarlo como sea. Te excusas a ti mismo, te dices que tienes que hacer tal o cual cosa. Pero debes hacerlo porque la idea de la inspiración como divinidad que baja y te toca con todo su esplendor es una falacia. La inspiración puede llegar así en alguna ocasión, pero en la mayor parte de las veces te llega si te sientas delante de la página en blanco. Y, además, la inspiración es una parte muy pequeña del proceso. Se suele decir que escribir un guión es un 10% talento y un 90% trabajo, pero Alberto López escribía la semana pasada en bloguionistas : “Escribir un guión consiste en un 5% de talento, un 5% de esfuerzo y un 90% de fuerza de voluntad para desconectar Internet”.  Y estoy de acuerdo, porque sí, lo que muchas veces más cuesta es entrar en la fase de trabajo. Porque es un proceso que disfrutas, pero que volverás a tratar de no hacer al día siguiente.

En estos días me encontré en la montaña rusa emocional que comentaba David Muñoz. Días de: qué bien, qué alegría. Días de: yo no sirvo para esto. Hasta que acabé esa primer versión. Y es un momento de felicidad absoluto porque no tienes nada palpable, no tienes nada totalmente especial, ni siquiera tienes un guión aún. Pero te da la sensación de haber terminado algo, de haber creado.

Y resulta un cambio personal porque por primera vez te ves a ti mismo como guionista. Y no te da miedo usar la palabra. Y no te da miedo hablar abiertamente de que estás escribiendo y catalogar ese proceso como trabajo.

¿Naces o te haces? Qué más dará. De una u otra forma, lo que me alegro es de estar en el camino de serlo.

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