LOS JUEGOS DEL VERANO (I): LA CITA (II).

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La semana pasada, abría la veda de Los juegos del verano, pasatiempo veraniego para vuestras mentes que no buscaba sino demostrarme que vosotros también tenéis la mente muy turbia. Y así ha sido. Hemos tenido de todo en los finales: transexuales, torturas, vampiros… Pero, no adelantemos acontecimientos y expongamos vuestros desenlaces.

El primero en llegar fue el de Maricarmen, continuando con el humor propuesto en la primera parte y regalando a nuestro protagonista su primer desengaño:

Al despertarme, mi primera decepción es no recordar mi aventura pero sin embargo tengo una sensación extraña (será por la bebida). Estoy solo en la cama pero no en la estancia ya que el sonido que sale del baño me resulta familiar. Con sigilo, sin hacer ruido voy despacio para comprobar que es lo que me resultaba extraño. Dios mío, cuánto daño han hecho las operaciones de estética (bueno y las hormonas bien administradas) ya entiendo que es lo que no me encajaba o quizás no quería recordar que había “encajado” perfectamente.

Mientras mi amiga/amigo terminaba yo salía a toda prisa para agradecer a mi hermana que a partir de ahora deje en paz mi reloj biológico y mi vida en general.

Yo pensaré en mi aventura de anoche. …. seguramente no estuvo tan mal.

Maricarmen.

El segundo, el de Laura, es, increíblemente, el más salvaje cuando ella siempre es la defensora de los finales felices… Suerte que no acabó matando a nuestro pobre protagonista:

Cuando desperté después de una semana estaba en la habitación de un hospital al que me llevaron tras encontrarme unos niños que jugaban en un callejón detrás de su casa. Aquella lunática sabe dios que me había inyectado y según contó la policía había tenido más suerte que los otros pobres chicos, al parecer buscaban a una chica con la misma descripción que la chica de mi cita……

Tras mi lenta recuperación me prometí a mi mismo conocer más a la gente con la que saldría y no tener aventuras esporádicas en las que me jugara la vida.

Laura.

El tercero, por parte de Álvaro, es un canto al amor y al verano que el mismo define como Serratiano:

Cuando desperté, diría que no mucho tiempo después, quizás solo unos segundos más tarde, ya no estaba en el mismo sitio. Una luz cegadora dificultaba la tarea a mis cansados párpados y un extraño balanceo me mareaba ligeramente. El rumor tranquilo de lo que parecía…Levanté la vista inmediatamente y lo comprendí todo: el Sol, la reconocible superficie de mi gigantesca barca hinchable, el suave oleaje del Mediterráneo, y más allá de una playa insólitamente desierta, el pequeño pueblo valenciano de mi infancia, mi adolescencia, y los fugaces, también gloriosos, veranos de mi última juventud. El paraíso íntimo al que tenía pensado huir en pocas semanas si lo compromisos laborales en Madrid lo permitían. Mi refugio, el lugar donde había saboreado la eternidad de los días y noches en libertad, el frescor dulce de los primeros amores, la imaginación traviesa de esos años en los que uno se cree capaz de todo. Ojalá durasen más. Sensaciones inolvidables, quizá también irrepetibles.

Conmigo en aquella barca que había vivido tantas travesías surcando los siete mares del puerto, aventurándose incluso más allá de las boyas y que yo creía pinchada, herida de muerte, estaba ella, más radiante que nunca, más hermosa de como la recordaba durante la cena, antes de que los Gin Tonis hicieran de las suyas. Llevaba puesto un sombrero mejicano idéntico al del camarero, pero que a ella le sentaba especialmente bien, subrayando aquella sonrisa que ahora conocía en toda su extensión. “Sabía que te gustaría”, me dijo algo misteriosa, para a continuación regalarme un beso de esos que perduran años en los labios y en la memoria. Su voz y su rostro comenzaron a resultarme extrañamente familiares, pero no hubo tiempo para indagaciones. Sin meditarlo siquiera, con una naturalidad que no había experimentado nunca, pero llevaba esperando siempre, nos fundimos en un abrazo largo e intenso, cómplice y eufórico, que parecía materializar todos los anhelos imposibles con los que uno juega en su imaginación desde la más temprana adolescencia.

El tiempo se detuvo, pero también lamentablemente la memoria, porque solo recuerdo el sonar repentino, insistente, del despertador y un nuevo despertar, esta vez en la misma habitación en que había cerrado los ojos, enfrente de una puerta abierta al pasillo y el ascensor, invitándome a salir de lo que parecía haber sido una simple fantasía, la fuga de una realidad tan triste como lo son siempre los adormecimientos inoportunos. Recogí mis ropas, tiradas por el suelo, me vestí rápidamente, busqué en vano a la chica por un apartamento que ahora me parecía deshabitado, y me apresuré a llamar al ascensor, no sin antes reparar en el crujir de mis zapatos contra lo que era… un indudable rastro de arena. Suspiré profundamente, solo quedaban 8 días para el verano.

Álvaro Gómez Illarramendi.

Arturo, firma de los lunes, dio a La cita un final fantástico que más quisiera para sí la saga Crepúsculo:

Al despertar todo se notaba más intenso. El olor a lejía me saturaba el olfato y los ojos me escocían. Cuando traté de moverme note un intenso dolor en muchos de mis músculos, así que volví a relajarme sobre la cama durante un instante.

Entonces fue cuando me percaté del tubo enchufado a mi brazo. Rojo por la sangre que se movía en su interior. Rápidamente traté de quitármelo, pero ella me cogió la muñeca impidiéndolo.

Miré hacia arriba y encontré su rostro sobre el mío. Era curioso, pero parecía mucho más hermosa que lo que lo había sido el resto de la noche. Me besó y no pude sino arañar cada regalo que sus labios me hacían, sin comprender del todo por qué no estaba enfadado con ella, por qué no la golpeaba y trataba de huir del sinsentido que estaba sufriendo.

No lo hice.

Cuando nuestros labios se separaron, me percaté del porqué de su cercanía. El tubo que sacaba la sangre de mi cuerpo conectaba a una máquina de la que salía otro tubo cubierto de rojo que iba directo a su brazo.

Debió de ver mi cara de incomprensión porque comenzó a acariciarme el rostro.

– Descansa…- dijo mientras me miraba con una sonrisa en la cara.- Tu cuerpo aún lo está procesando. Tus músculos están cambiando. Tus ojos se adaptan para la falta de luz. Tu olfato te prepara para la caza. Ahora somos uno, tu sangre es mía y la mía es tuya. Pronto podrás acompañarme en el paraje de la noche y podremos estar unidos eternamente. Descansa. Pronto todo tendrá sentido.

Y lo intenté. Sin embargo, no podía dejar de percibir el olor de la sangre moviéndose por el tubo que estaba inyectado en mi brazo, mientras me relamía.

Arturo M. Antolín.

Chispi, que ya escribió para Duckspeaking una exitosa entrada sobre Celebrities, nos dejó un bello final incierto para nuestro protagonista:

Café.

Me encanta el olor a café recién hecho.

Intenté incorporarme pero un fuerte dolor de cabeza me lo impidió.

¿Dónde estoy?

Risas, besos, alcohol…mucho alcohol. Y mucho sueño.

Sentí que se abrió la puerta permitiendo que un rayo de luz iluminara el dormitorio obligándome a cerrar los ojos. Alguien se acercaba lentamente. Su mano acarició mi sudorosa cara. Una mano suave y reconfortante. El frescor del agua se deslizó por la comisura de mi boca y lentamente mis ojos se fueron acostumbrando a la tenue claridad que empezaba a inundar la habitación.

La miré.

¡Maldita sea, era tan bonita!

– No te preocupes. Ya pasó. Estabas soñando…

Esa voz me hipnotizaba. Y ella lo sabía.

Soñando…

Esa era siempre su explicación.

Pero mi cabeza daba vueltas y la incertidumbre me acechaba cada noche transportándome a ese día y a esa cama.

¿Por qué?

¿Realmente es sólo un sueño?

Puede ser. Vuelvo a la normalidad cada mañana. Y ella está conmigo. Somos felices. Mi vida gira en torno a ella. No tengo a nadie más. Ni familia, ni amigos, ni pasado…
No existe nadie más.

Sólo ella.

¿O no?

Chispi.

Por último, Paloma nos dejaba el más romántico de todos, con canción de Nina Simone incluida:

Todo se tornó negro, y su precioso rostro desapareció en esa oscuridad de la que deseaba escapar.

Nina Simone. Es lo primero que recuerdo. Aún con los ojos cerrados, pegados por las legañas y temerosos de volver a enfrentarse a la luz, la cálida voz de Nina iluminó mi mañana. Descansé unos segundos, relajado por la compañía de una voz tan familiar, hasta que comprendí que la música no provenía del cuarto de Lucía, como cada mañana. Lucía me habría despertado con Danza Kuduro a todo volumen, acompañado de la histeria de algún locutor algo drogado…

Abrí los ojos rápidamente y me encontré en una habitación desconocida y terriblemente luminosa. Intenté hacer memoria, y ahí estaba. Era la misma habitación a la que había entrado desenfrenado la noche anterior en tan buena compañía. Pero… ¿Y mi compañía?
Me levanté tan desconcertado como avergonzado, intentando recopilar mi ropa, aunque con poco éxito. Me dirigí hacia la puerta, pero… ¿Qué debía hacer? ¿Qué había pasado la noche anterior? ¿Me dormí? ¿Pasó algo que no podía recordar?

Sea como fuere, no podía vivir en aquel cuarto para siempre, aunque me tentaba la idea. Era confortable, acogedor, lleno de detalles espectaculares… Pero no, tenía que salir de allí.
Abrí una de las dos puertas de la habitación. El baño, bien. Aunque me desviaba de mi ruta hacia la salida, lo necesitaba. No recordaba cuánto había bebido la noche anterior, pero desde luego era más de lo que mi vejiga podía soportar. Me preocupé en no hacer ruido al tirar de la cadena, con la absurda esperanza de poder salir de aquella casa sin ser visto.

Ahora era el turno de la otra puerta. Me planté frente a ella, temeroso, y me invadió la misma sensación de cuando esperaba frente a la puerta del director para recibir algún castigo. Ese mismo nudo en la garganta, esa misma inseguridad… Y esta vez, además, semidesnudo.
Abrí despacio, intentando no hacer ruido, y rápidamente algo rozó mi pierna. Mierda, un gato. ‘¿Había un gato aquí anoche?’. Seguí abriendo y encontré el salón. Yo no soy de la clase de personas que imagina su futuro, siempre me ha preocupado más el presente que el futuro, incluso más el pasado… Pero en ese momento descubrí que así es como debía ser mi casa. Cada cuadro, cada mueble, cada detalle… Simplemente era yo.

Recorrí la estancia con la mirada, buscando a la dueña de aquella casa, con la intención de decir un escueto ‘Adiós, gracias’ y salir despavorido. Y en la esquina, sentada en el cerco de la ventana, la encontré. Llevaba puesta mi camisa, tenía el pelo alborotado y sostenía una taza de café con las dos manos. Entre sorbo y sorbo sus labios acompañaban a Nina. Estaba preciosa… Rápidamente se percató de mi presencia y se detuvo, sonriente. Se levantó, cogió otra taza de la mesa y me la ofreció, ‘Toma, el café es lo mejor para la resaca’. Me quedé mudo, inmóvil, y ella sólo sonrió. No sabía qué había pasado la noche anterior, lo único que sabía es que era allí donde quería estar…

Paloma.

Y ahora sí, el mío…

Estaba levitando. O al menos esa era mi sensación al percibir mi cuerpo flotando y más cercano al techo que de costumbre. ¿He… He muerto? Una cosa era segura: muerto o no, estaba desnudo en mitad de un paraje sumido en la oscuridad. Comencé a ponerme más nervioso de la cuenta e intenté recordar lo que había sucedido la noche anterior: la chica, la cantina, el burguer, los gin tonics, su cama,… ¡LA DROGA! ¡LA MUY PUTA ME HABÍA DROGADO! Intenté moverme pero me encontraba atado de pies y manos. Comencé a mirar a todos lados, tratando de entender cuál era mi situación. Comprendí que esa sensación de no tocar el suelo era completamente cierta: estaba colgado de una especie de arnés de cuero, agarrado de pies y manos por correas sujetas a la pared y al techo. Mi posición no es que fuera del todo incómoda siempre y cuando no tengas problemas por tener el culo en pompa; problema que yo sí tenía. Comencé a tirar de las correas con fuerza pero era imposible: estaba atrapado y a merced de mi captora.

Mi vista, acondicionándose a la oscuridad, fue recorriendo la habitación en busca de una salida, algo que facilitara mi huida de aquella habitación, cuando lo vi: reposaba sobre la mesilla, a medio leer y con varios post it saliendo de las páginas. Empecé a comprender todo cuando un elemento duro y alargado recorrió mi espalda, mi culo y mis pelotas y terminó propinándome un azote en la nalga. Tras gritar (seamos justos, más por el susto que por otro cosa), me incorporé y la vi situada entre mis piernas. Con la misma coleta que anoche pero con distinta indumentaria, la chica de mi cita sostenía una fusta en la mano y vestía traje de cuero, todo ello aderezado con una sonrisa de rojo carmín que no me gustaba nada.

– ¿Qué se siente ahora, Cristian? – me preguntó y acto seguido, me propino otro azote, esta vez con la mano.

¿¡Cristian?! ¿Quién cojones era Cristian? ¡Si yo me llamo Paco! Se lo pregunté pero no obtuve más que otro golpe, esta vez con la fusta, esta vez en una parte que, si bien fue más excitante, fue también más dolorosa. Me callé. Pensé que sería lo mejor viendo su comportamiento.. Se bajó de la cama y recorrió uno de los laterales hasta colocarse a mi lado. Sacó algo del cajón y me lo colocó en la boca. De verdad que intenté que no lo hiciera, pero fue imposible: atado de pies y manos, ahora tampoco podía gritar: estaba a su total merced (y eso… me excitaba con locura). La miré alejarse y colocarse en su posición inicial.

– Quiero que a partir de ahora me llames Anastasia pero sólo cuando yo te lo permita, ¿está claro?

Cristalino. “Yo te llamo Cleopatra si es necesario, siempre y cuando me sueltes”, pensé para mis adentros. De debajo de la cama, sacó una caja y la colocó sobre una mesita, fuera del alcance de mi vista. Se dirigió a la mesilla y tomó el libro de los post its, abriéndolo por el final. Sonrió y sacó de la caja unos auriculares. “¿¡Ahora quiere que escuche música?! ¿¡PERO QUÉ COJONES…?!” Una vez más se colocó a mi lado y me puso los auriculares, pulsando Play, dejando una melodía tranquilizante con la que yo perdí el sentido de mi mismo y me dejé llevar…

Veinte azotes, un tapón anal y tres orgasmos más tarde, soltaba las correas y me dejaba caer sobre la cama. Muy callado, comencé a vestirme mientras ella recogía todo. “Ya no hace falta que me llames Anastasia, ¿vale?”, me dijo al oído, dándome un suave beso en la mejilla.

La miré y me devolvió la mirada. Una mirada que hizo que mi yo interior se revolviera y se debatiera entre darla dos hostias y asestarla un beso en los labios que la quitara el sentido. Opté por lo segundo porque… porque no había estado tan mal… ¡Qué coño, había estado muy bien!

Sin embargo, ahora, aún estando vistiéndome para nuestra cuarta cita, y pensándolo detenidamente, sé que lo nuestro nunca tendrá futuro… Ella no vive su realidad sino una fantasía tomada de las distintas ficciones que va encontrando en su vida: en nuestra primera cita fue Cincuenta sombras de Grey, en la segunda Dirty Dancing y casi me mató cuando me saltó encima; y en la tercera, Downton Abbey que, estando fuera de la Inglaterra de un siglo pasado, no llegaba a tener mucho sentido. Sinceramente, no sé que esperar de esta próxima cita. Sólo espero que no haya descubierto Dexter o Mentes criminales… Rezo por ello.

Todos los anteriores son los posibles finales para La cita. Todos y cada uno de ellos son válidos y cada lector puede quedarse con el que más le haya gustado. Próximamente, una nueva entrega de LOS JUEGOS DEL VERANO.

—Jonathan Espino—

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