Fin del sueño (Erasmus)

Cuando nacemos alguien nos debería decir que irremediablemente vamos a morir, porque a partir de ese mismo momentos sabremos que tenemos que exprimir la vida como si fueran los últimos instantes. El Erasmus, es algo parecido. Desde el día 9 de septiembre en el que desfilé con mis maletas por la lluviosa Estrasburgo buscando la 362 (mi habitación), hasta el día de hoy —día algo borrascoso también— sabía que llegaría el día maldito, ese 29 de julio en el que me iba a quedar solo y mi Erasmus llegaría a su fin.

El Erasmus es una juventud concentrada en un año. Un año en el que se vive todo con intensidad de culebrón colombiano, porque sabes que cada día que pasa, cada jornada de viaje, noche de fiesta o domingo de resaca acerca esa fecha fatídica en la que toca empaquetar todo y volver a ponerse en ruta de vuelta a casa. Y no puedes desperdiciar otro día, porque no quieres que termine; pero incluso en las más enfebrecidas noches de locura y ebriedad del más puro carpe diem, incluso esas noches en las que Dionisos se impone al sensato Apolo, en el fuero interno de cada uno, se sabe que ha pasado otro día y que no se repetirá.

Y comienzan a acechar los últimos días… al principios no se les ve, están ocultos en la maleza de la selva o entre espigas de centeno (dejo la imaginación al libre albedrío del lector); incluso a una semana de la despedida, todavía no se les puede ver, pero están presentes, porque se vive todo como si fuera el último día. Sólo hay tristeza y lloros el día de la vuelta a casa.

En el corazón de cualquier Erasmus —al igual que en el de cualquier joven— siempre existe el deseo de que esto no termine, de vivir en una suerte de Erasmus sempiterno, pero este hecho haría que el Erasmus perdiera su sustancia, su categoría primera del Ser, que le hace tan irrepetible. Rescato de entre los párrafos del genial Borges una sentencia que lo sustente:

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.

Jorge Luis Borges, El inmortal, cuento de El Aleph*.

Hacer del Erasmus eterno, sería convertir a todos y a cada uno de esos jóvenes en un Argos de este magnífico cuento de Borges. Seres que a fuerza de no sentir el hálito de la muerte, han perdido el gozo por la vida y por lo tanto se dejan llevar por la desgana, sin paladear ni siquiera las serpientes de las que se alimentan.

El Erasmus es auténtico como la juventud, porque de los cincuenta, sesenta o setenta años que vivirán cada uno de los que lo han experimentado, es uno, un año, nueve meses, a veces, cinco. Y seguramente no será el mejor año de su vida, pero sí de los mejores, y si tampoco se encuentra entre uno de ellos, sí se encontrará entre los más vívidos, esos que se sienten en la médula y en el corazón, nunca en la cabeza, porque como ya he dicho, Apolo queda relegado por Dionisos.

Esa intensidad ha hecho que personas diametralmente opuestas (país, clase, pensamiento) se declaren amistad eterna, porque este año ha servido para soldar y apuntalar relaciones que en situaciones normales necesitarían de años para hacerse tan sólidas. Puede resultar paradójico, pero tal vez si bien el Erasmus no sea inmortal, si lo sea su fruto, la simiente de una amistad imperecedera.

No sé qué será de todas y cada una de las personas con las que he compartido anécdotas, fiestas y momentos íntimos; que las recordaré siempre, eso sí que lo puedo afirmar.

Muchas gracias por este año.

—Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero—

*Toda mi gratitud a es

La Petit France, uno de mis lugares favoritos de Estrasburgo.

e gran amigo que me enseñó la prosa del maestro Borges.

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