LOS JUEGOS DEL VERANO (I): LA CITA.

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Como todos sabemos, el verano es de sol, playa, mar, toalla y mojito, pero yo, que no paro de darle al coco (principalmente, porque aún no he pisado la arena), he tenido una genial idea con la que hacer que vuestras neuronas no se atrofien al calor de este periodo estival. He decidido iniciar LOS JUEGOS DEL VERANO. Durante las próximas semanas, y hasta que el calor y mi imaginación me lo permitan, voy a plantear una serie de juegos a partir de unos relatos que yo empezaré pero que vosotros me ayudaréis a completar/terminar/aderezar y ya iremos viendo qué cosas más.

Hoy, y por ser la primera semana, os voy a dejar escribir el desenlace (más que nada porque a mí siempre me tildan de pesimista y de dramático y quiero ver cómo sois vosotros cuando tenéis la batuta). A continuación, escribiré un relato al que le falta su último tramo. Os propongo que, vosotros tras leerlo, escribáis en la parte de abajo, en Comentarios, un párrafo o varios con vuestro desenlace, (siempre dentro de la seriedad propuesta en el relato). La semana que viene reuniré todos y cada uno de ellos en una entrada, añadiendo también el mío, para que veamos las distintas ideas que han podido surgir.

Bueno, espero que participéis y no me dejéis en la soledad, y que os guste la iniciativa. Dicho lo cual, ¡comienzan LOS JUEGOS DEL VERANO!

“¡No voy a ir!”, grité a mi hermana mientras me quitaba la camisa azul que me acababa de poner. Estaba empeñada en que debía encontrar “a alguien que ocupara mi corazón”, expresión que últimamente utilizaba en exceso y que a mí me sacaba de mis casillas. Comenzó a darme mil razones por las que debía ir a aquella cita… Aunque, en realidad, todas giraban en torno a mi edad y al reloj biológico que debía estar palpitando en mi interior y que yo únicamente identificaba como “ganas de ir al excusado”. Empezó a martillearme la cabeza con ideas sobre morir solo, rodeado de gatos y basura, y al final, como siempre, consiguió convencerme.

El restaurante era La cantina del mexicanito. Tras quedarme varios minutos mirando el cartel luminoso que adornaba la entrada, sin poder dar crédito al derroche de imaginación que el dueño había tenido, entré con las mismas esperanzas con las que un toro entra al ruedo. Miré entre las mesas, buscando una mirada cómplice, y recordé las características que me había dicho mi hermana: “llevará pelo recogido en una coleta, camiseta negra y vaqueros ajustados”. Comencé a pensar en los anteriores intentos de mi hermana por buscarme pareja y casi doy media vuelta cuando una mano me agarró por el hombro y supe que no tenía escapatoria.

“Señor, le están esperando”, me dijo un camarero mejicano que no debía superar el metro cincuenta pero que era capaz de llevar sobre la cabeza un sombrero de casi un metro de diámetro. Asombrado por la agilidad de aquel hombre, intenté descubrir a mi oponente… perdón, a mi acompañante entre los allí presentes. Pelo corto, no. Camisa blanca, no. Traje, no. Camiseta negra, sí. Era ella. Vale, primera impresión, buena. Superaba toda expectativa y a todos los anteriores intentos de mi hermana. Levantó la mirada y me miró. Me sonrió despreocupadamente, como si no esperara que yo fuera a quien estaba esperando. Me resultó entrañable y hasta hizo que alguna esperanza aflorara en mi… Esperanza que descarté de un plumazo porque no quería ilusionarme a la primera de cambio.

Me senté a la mesa y la chica volvió a levantar la mirada de la carta, sorprendida. Se disculpó ante el hecho de no haberme saludado cuando me había mirado pero esperaba que llevará una camisa azul. Me excusé objetando que había cambiado de opinión en el último momento y comenzamos a conversar afablemente. Comenzamos hablando de lo bonito que era el sitio para acabar riéndonos de que a ninguno nos gustará la comida mejicana. Mi hermana, esa gran casamentera… Ni cortos ni perezosos, decidimos levantarnos e irnos a otro lugar. Tras pasar tres sitios que ofrecían comida a cambio de un riñón, nos decantamos por el típico Burguer que, no era el súmmum  del romanticismo, pero nos ofrecía la posibilidad de irnos a casa, si bien no enamorados, al menos gordos y felices.

Hamburguesa en mano y boca, tuvimos una charla distendida sobre de todo un poco. En estos casos en los que no conoces de nada a la persona, cualquier tema es bueno: desde “esta carne seguro que es de gato” a “no me jodas que te gusta Garci”. Todo nos sacaba una carcajada, lo cual, era bueno. Empezaba a pensar que la idea de mi hermana no era del todo mala. Quizás había encontrado, por fin, a la chica que me sacara de ese huracán de soltería en el que me había visto envuelto. Con esta idea en mente y el estómago lleno, nos fuimos a un bar de copas. Yo no soy muy de beber pero, claro, la conversación seca la garganta y la hamburguesa da una sed del carajo, así que, tras el tercer Gin Tonic, tuve que ir al baño.

Cuando no bebes normalmente, tres Gin Tonics es mucho. Mucho, mucho. Y tu mente reflexiona que da gusto. Eso, acompañado de las voces de tu hermana resonando cual canto gregoriano, hacen que salgas del baño con una valentía desbordante y te dirijas a tu acompañante como… Como un troglodita. “Tu. Yo. Tu casa. Qué dices”. Suerte que ella también iba ebria y tras una sonrisa que denotaba querer tema, asintió y me agarró del brazo.

No entiendo por qué nos puede tanto el ansia cuando se trata de temas sexuales y acabamos casi desnudos antes de llegar al lugar pero, el caso, es que entré a su apartamento con los pantalones por los tobillos y sin saber dónde había perdido mi camisa. Todo estaba a oscuras y daba vueltas… pero creo que esto segundo era mi culpa: el alcohol comenzaba a hacer de las suyas y las piernas me flojeaban. De hecho, parecía que se me estuvieran durmiendo. De un empujón, me tiró contra la cama y se me abalanzó pero, no hizo nada. Se quedó así, mirándome, como esperando. Al cabo de un momento, los párpados comenzaron a pesarme. Me estaba quedando dormido. Había bebido otras veces y esto tampoco era normal, y menos después de tanto tiempo sin tener relaciones. Algo me estaba pasando. ¿Me… Me había drogado? Cuando me fui al baño, ¿¡me echó algo en la copa?! Intenté zafarme pero estaba demasiado cansado…

¿Por qué drogó la extraña a nuestro protagonista? ¿Qué quiere hacer con él? Ahora es vuestro turno. Dejad un comentario y la semana que viene reuniremos los distintos desenlaces. 

—Jonathan Espino—

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