La originalidad en los tiempos del cólera

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre al destino de los amores contrariados”.

Y el olor a aftersun le recordaba que el mundo estaba plagado de seres que se van a la playa sólo para colgar en las redes sociales fotos de sus pies en la arena, su cerveza en la arena, su libro en la toalla o su mojito en una terraza a pie de playa.

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Las redes sociales han contribuido a alimentar la creencia generalizada de la gente de que eso de colgar fotos de paraísos (ya ves tú, una piscina) va a generar en el resto del mundo una reacción de envidia que dará lugar a algo parecido a un holocausto. Esto se repite verano tras verano, es algo tan invariable como la ineptitud de nuestro Gobierno.

Mientras tanto, el resto nos preguntamos hasta qué punto son necesarios tales derroches de originalidad por parte de esta gente. Quiero decir, que la vida ya es maravillosa en verano, con sus 42º a la sombra, un calor que puede derretir los neumáticos de un Testarrosa y el agua de la playa o de la piscina mojándote los tobillos. Vale, que sí, que todo bien, como diría Rafa Pons. Pero YA.

El peligro de las redes sociales y de seguir a gente poco ávida en lo que a intelecto respecta es sólo comparable al peligro que tiene un iPhone 5 cerca del agua de la playa o de la piscina. Y  el concepto de desconexión tradicionalmente asociado a las vacaciones de verano deja de tener sentido cuando estás más pendiente de generar envidia en las redes sociales con ese tipo de fotos que de olvidarte del mundo y centrarte en lo que estás, que el mar ya es maravilloso de por sí.

Más que envidia, inspiráis compasión. A un nivel que ni os imagináis.

El verano no sólo saca el lado artístico de la gente, sino también saca su lado más locuaz. Las redes sociales, una vez más, dan fe de ello.

Mi momento preferido del día es el momento en que dan las 11 de la noche y el termómetro marca 30º. Entonces, en un arranque filosófico, el personal comienza poner de manifiesto lo inconcebible de que en pleno julio el termómetro marque esa temperatura a las 10 de la noche. Qué cosas.

ES QUE SOIS UNOS PUTOS LINCES, JODER. Menos mal que os tenemos a vosotros para recordarnos que en verano hace calor y en diciembre hace frío. Menos mal, porque de lo contrario estaríamos descolocadísimos todos. Me pregunto si no será necesario en estos casos recoger las veces que cada persona se queja del frío o del calor o de “este tiempo loco” según la época del año y entregar una especie de pressbook a finales de año, tal como se hace en las agencias de comunicación,  a cada una de las personas que durante los doce meses se ha estado quejando del clima.

En tercer lugar, tras el derroche de originalidad de las fotos en la playa o piscina  y las quejas por el tiempo, llega el mayor drama: enfermar un fin de semana de verano. El peligro de enfermar en verano, y más aún de enfermar un fin de semana, en un país como España es que, casi seguro, te va a coincidir con las fiestas de tu pueblo, con la verbena de las fiestas del segundo patrón de tu pueblo o con las fiestas del pueblo de algún amigo a las que pensases ir. Porque en verano todo es un mar de alcohol y de fiestas, y escapar de eso es difícil.

Pero cuán hondo es el dolor que invade a cada una de las personas que enferman en verano, cuán hondo es su pesar. Y más aún si la persona en cuestión no tiene más oficio que plasmar en Twitter cualquier cosa que se le pasa por la cabeza (muy común en pueblos como el mío, donde el aburrimiento es la madre del cordero y la biblioteca vive del eco de los pasos de tiempos mejores). Asistimos, asimismo, al streaming vía Twitter de todo el proceso de la enfermedad. El inicio del dolor de oídos, el dolor de oídos nivel parto, la sala de espera del médico, el niño que grita en la sala de espera del médico, la impaciencia del enfermo, la consulta con el médico, la puesta en común con el público del medicamento que le han recetado, la visita a la farmacia, el dolor de oídos que no se pasa el primer día, el amortiguamiento del dolor de oídos (ya estamos a lunes), y la desaparición del dolor de oídos. Después de todo esto, llega la queja profunda que viene a ser algo como “Joder, no podía habérseme pasado el viernes el dolor, no, tenía que joderme el finde”. La vida es cruel, asúmelo o suicídate.

El verano es, asimismo, esa época en la que, con un vaso de granizado de limón sobre la mesa, cualquier persona tiene la razón absoluta sobre todas las cosas; la misma época en la que los demás tenemos el gustaco de presenciar cuánto y cómo de bien han evolucionado los intelectos de nuestros semejantes. En definitiva, el verano es esa época donde a cualquier persona con un poco de sentido común le invade una inquietud horrible por conocer otros planetas (esto último se lo debo a mi amigo y esposo ficticio @Franchejo).

Estefanía Ramos

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