Blue lips

No es algo que suela hacer, pero he rescatado esto de las catacumbas de mi disco duro. Recuerdo haberlo escrito hace dos años, cuando el mundo aún no era mundo y yo aún no había rasgado las cortinas. Y me he dado de que hay cosas que permanecen incomprensiblemente intactas. Es otro de mis textos en los que nunca pasa nada, os ahorro el mal trago.

447

Tenía los labios azules, la voz rota, tocaba la armónica y follaba de escándalo. 

Su sentido del humor era formidable, me llevaba a cenar a restaurantes elegantes y entrábamos en deportivas y cuñas de esparto cuando todos los comensales iban en traje de chaqueta y tacones imposibles. Le gustaban las escenas de las películas donde nunca pasaba nada y en realidad pasaba todo; me revolvía el pelo de la coronilla mientras me contaba que tenía un plan que iba a revolucionar el mundo, y luego me besaba como sólo besaban las estrellas de Hollywood. Antes de irse de mi habitación, mientras se vestía, se acercaba un poco a mi oído y me cantaba mis canciones preferidas mientras su barba acariciaba los huesos de mi mandíbula.

Y yo me estremecía cada vez que escuchaba su voz al otro lado del teléfono o leía alguno de los mensajes que me enviaba al móvil a primera hora de la mañana. Y permanecía siempre terriblemente rígida hasta que encajaba su barbilla en el hueco entre mi hombro y mi cuello, entonces me deshacía y tenía que recoger mis trocitos del suelo con unas pinzas que llevaba en el bolsillo. Después, me llevaba a la cama y me recomponía, y luego me abría en canal a base de orgasmos. 

Yo, que nunca creí en los domingos, lo encontré un domingo. En cambio, en lo que sí he creído siempre, es en el rumor de las cafeterías por la mañana, en el olor a café como una nube invisible y en el ruido de los cubiertos entre las conversaciones. En eso he creído siempre. Supongo que eso tiene algo que ver con esta felicidad, haberlo encontrado entre café, tostadas de tomate y un par de cubiertos plateados y brillantes. Yo había quedado para desayunar con mi mejor amigo y él había decidido acompañarlo. Supuse que los domingos uno nunca tiene nada mejor que hacer que ir a desayunar, aunque sea con desconocidos.

Poco después los desayunos se habían convertido en comidas, cenas y tardes de paseo. Noches de calor, pero abrazados, como si el tiempo no fuese con nosotros, y lecturas de sofá a sofá, cruzando miradas furtivas, como si de repente nos odiásemos. 

Nunca le he contado lo que pienso de todo esto, que el idealismo sólo entiende de aviones y de trenes, de mensajes febriles y de sábanas quemadas; que no entiende de finales concretos y que, por contra, todo siempre tiene un final. Nunca se lo he contado porque sé que lo sabe, y porque en el fondo prefiero que siga apareciendo y desapareciendo a su gusto, sin consumirme. Ya le he contado que prefiero que me sobresalte de repente, diciéndome que viene a buscarme y que me lleva a un sitio que ni él conoce. Y lo ha entendido, o eso he asimilado yo.

Para cuando me quise percatar de lo certeras que eran esas palabras que había pronunciado como automáticamente, ya estaba huyendo de nuevo. Iba en el coche, sonaba algo parecido a Dizzie Gillespie y el vacío en el asiento del copiloto me estaba dando vida. Entonces pensé en esos versos de Bukowski que decían que nuestro cometido es encontrar lo que amamos, y, una vez lo encontramos, dejar que nos mate. Me percaté de que lo único que quería en la vida era huir cuando me agobiaba y volver cuando las aguas volvían a su cauce. Que lo único que quería era tener mi cama entera para mí seis días a la semana, y que no quería controlar quién entraba y quién salía. Que quería que no fuese yo quien decidiese cuándo era el momento de cantar canciones suaves y cuándo era el momento de follar como animales. Que sólo quería algo que no me atase, un recuerdo bonito, el roce de una barba poblada debajo de mi ombligo y una libertad plena para retirarme en el momento que yo quisiese.

Bukowski

Decidí que todo eso era lo que más amaba, que Bukowski tenía razón. De repente había encontrado lo que me hacía feliz, y sólo estaba dejando que me matase. Era la única forma de morir feliz, pensé mientras me precipitaba en un terraplén de tierra, arbustos y algo de plenitud. Notaba cómo el coche daba vueltas sobre sí y cómo mi cabeza iba acompañando cada uno de esos golpes con sangre y con una especie de risa macabra. Ahora estoy en un lugar que no conozco, no debe de ser el cielo, pero parece confortable. Y el recuerdo de todo esto sigue dibujando sonrisas muy discretas en mi rostro.

Estefanía Ramos

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