Las cartas ya no necesitan sobres ni sellos.

Carta a todas mis catástrofes:

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Tengo la sensación de que llego tarde a todos los sitios. Incluso a las personas. Nunca me dio miedo dormir con la puerta del armario abierta de par en par pero si con las ventanas sin cerrar; y al final me voy a asfixiar, porque en verano el calor ahoga, empalaga como una tostada con doble de mantequilla de cacahuete. Y nunca medí las cosas con termómetro, ni sé a cuántos grados me pongo cuando estás cerca. No llamas, ni tampoco me escribes, pero sé que miras por los agujeros que conseguimos taladrar dejándonos las uñas y los dientes, y la boca, y las rodillas… Qué manía tengo de enumerar y de despedir a las personas con canciones, y cambiar los errores por huídas. Nunca he sabido decir “adiós”, a secas. Lo adorno como se adornan los árboles en Navidad; pero Papá Noel nunca me trajo ningún paquete que guardara sonrisas, y me valen más que todo el oro del mundo. Nunca he creído que pudiera hacer llover cuando escribo, y sin embargo, desde hace un tiempo, convierto las lágrimas en palabras, porque me enseñaron que la energía sólo se transforma; y las lágrimas, al final, no son más que tormentas que creamos para que llegue la calma. Pero no doy tregua. Te grito, te llamo, te escribo… Incluso después de decir adiós, porque nunca me creí que no fuéramos dos piezas de dos puzzles cualquiera que nos hemos empeñado en encajar. Ni tampoco he creído nunca a aquellos que te dicen “hasta siempre”; porque el mundo no es mucho más grande que un colchón, y hay pocas personas entre tanta gente. Y menos estrellas polares que brillan en un bar, y no porque vayan de blanco y las luces sean de neón. Es que hay corazones que brillan. Aunque están escondidos bajo corazas, disfraces y barras de labio baratas. Que nunca quise ser de nadie, pero pierdo las bragas por ser tu algo. Algo más de lo que soy, porque soy inconformista por naturaleza, y al crecer en los bosques, aprendí a echar raíces. Que no le pongo nombre a los hombres que pasan por mi vida, ni me engancho a las ruedas de un avión cuando parte; pero ya que estás aquí, y a veces tan cerca, podríamos quitarnos los miedos, y las ganas, y por supuesto, la ropa a bocados.

A veces dejo de respirar porque tiendo a olvidar que estoy viva; como cuando tiendes la ropa después de sacarla de la lavadora, y te olvidas de ella hasta que se pone a llover. Y no soy consciente de estar aquí hasta que me abofetea la cara la realidad con ese rostro descuidado de haber estado fuera todo el fin de semana. Con olor a tabaco, cerveza y sudor en la ropa. A veces me siento a esperar. A ver cómo los aviones se van. Estructuras mastodónticas de hierro que se llevan a personas que han sido algo mio, pero que, a veces, dejan de ser; y es que llego tarde incluso a las personas. Incluso a ti. Que me creo que vas a estar, porque nací ilusa, y nunca sabré por qué no me llamaron ilusión; o por qué no me llamaron de cualquier otra manera que no me suene extraña cuando me pronuncian. Que a veces somos poco más que palabras en boca de otros y  otras tantas, nos convertimos en la forma que tienen las estrellas polares de mirarnos como si nosotros no fuéramos más que satélites que giramos a su alrededor. A veces no sé quien soy; y tengo en el armario muchos disfraces y un sólo chandal porque solo a veces salgo a correr. 

Siempre dejo las puertas abiertas por  si los fantasmas del pasado vienen detrás de mi. Me olvido las llaves en las cerraduras y espero sentada las ráfagas de aire de los espíritus de ayer. Siempre me dejo el paraguas en casa y me pongo zapatillas de lona cuando más llueve; porque así, siempre me empapo los pies, las piernas, las costillas, las corazas, los disfraces… y porque alguien me dijo una vez que los paraguas no hacen que deje de llover; y siempre he creído que dar pan a un pobre no hace que deje de ser pobre, ni siquiera deje de tener hambre.

Siempre supe que la palabra “nunca” está triste, como “a veces” estoy yo: esperando, esperándote, desnudándome, desdudándote…

Carta a todas tus catástrofes:

Rompe los muros y aráñame la espalda.
Que ya no te quedan disfraces; y que ya que estás a veces tan cerca; podríamos quitarnos los miedos, y las ganas, y por supuesto, la ropa a bocados.

— Paloma de la Fuente —

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